Santiago salió detrás de mí y yo trepé por la escala que daba al tejado, y luego a otra escala que subía al siguiente tejado. Nos arrimamos al borde y miramos hacia Séforis.
Estaba tan lejos que lo único que distinguí fueron las cruces, y era como Santiago había dicho. No pude contarlas. Había gente moviéndose entre ellas.
Gente también en el camino, así como carros y burros. El incendio estaba apagado aunque aún se veían columnas de humo, y buena parte de la ciudad no había sido pasto de las llamas. De todos modos, era difícil decirlo desde nuestra atalaya.
A mi derecha, las casas de Nazaret trepaban colina arriba pegadas unas a otras, y a mi izquierda descendían. No había nadie en los tejados, pero distinguimos esteras y mantas aquí y allá y, rodeando todo el pueblo, los verdes campos y los bosques frondosos. ¡Cuántos árboles!
José estaba esperándome cuando bajé. Nos agarró a los dos del hombro y dijo:
– ¿Quién os ha dicho que podíais hacer eso? No volváis a subir.
Asentimos cabizbajos. Santiago se sonrojó, pero vi que cruzaban una mirada rápida, Santiago avergonzado y José perdonándole.
– He sido yo -admití.
– No volverás a subir ahí -dijo José-. Los romanos pueden volver, no lo olvides.
Asentí con la cabeza.
– ¿Qué habéis visto? -preguntó.
– Se ve todo tranquilo -respondió Santiago-. La gente está recogiendo los cadáveres. Algunas aldeas han sido quemadas.
– Yo no he visto ninguna aldea -dije.
– Pues estaban ahí, muy pequeñas, cerca de la ciudad.
José meneó la cabeza y se llevó a Santiago para trabajar.
La vieja Sara estaba sentada al aire libre, toda encogida, bajo la vieja higuera. Las hojas eran grandes y verdes. Ella cosía, pero más que nada tiraba de los hilos.
Un viejo se acercó al portón, saludó con la cabeza y siguió su camino.
También pasaron mujeres con cestos, y oí voces de niños.
Me quedé escuchando y volví a oír las palomas, y me pareció percibir el sonido de la vegetación sacudida por la brisa. Una mujer cantaba.
– ¿Qué estás soñando? -preguntó la vieja Sara.
En Alejandría siempre había gente, gente por todas partes, y lo normal era estar con otras personas ya fuera charlando o comiendo o trabajando o jugando o durmiendo apretujados, nunca había habido tanta… tanta quietud.
Tuve ganas de cantar. Pensé en tío Cleofás y en cómo se ponía a cantar de repente. Quise cantar.
Un niño se asomó a la entrada del patio, y luego otro detrás de él.
– Entrad -les dije.
– Sí, Toda, entra, y tú también, Mattai -los animó la vieja Sara-. Este es mi sobrino, Jesús hijo de José.
Al momento, el pequeño Simeón salió de detrás de la cortina que tapaba el umbral, seguido por el pequeño Judas.
– Yo puedo llegar más rápido que nadie a la cima de la colina -dijo Mattai.
Toda le dijo que tenían que volver al trabajo.
– El mercado ha vuelto a abrir. ¿Has visto el mercado? -me preguntó.
– No, ¿dónde está?
– Vamos, id -dijo la vieja Sara.
El pueblo volvía a la vida.
13
El mercado no era más que una pequeña reunión de gente al pie de la colina. La gente montaba toldos y colocaba sus mercancías sobre mantas, y las mujeres vendían la verdura sobrante de sus huertos. También había un buhonero que ofrecía algunos artículos, incluida una vajilla de plata. Otro vendía ropa de cama y rollos de hilo teñido, así como toda suerte de chucherías y unos tazones de caliza, e incluso un par de pequeños libros encuadernados.
Encontré más niños, pero las madres no los dejaban alejarse. Y Santiago vino a buscarme enseguida.
El pueblo estaba cada vez más animado. Pasaban mujeres camino del mercado, había ancianos en los patios, y algunos hombres iban y venían de los campos.
Pero la gente estaba preocupada, los oías hablar en voz queda de los sucesos de Séforis, y nadie parecía tranquilo salvo aquellos que éramos pequeños y podíamos olvidarnos un rato de los problemas.
Cuando volví a casa me encontré con que otros niños habían ido a jugar con la pequeña Salomé y los demás, pero la mayoría de la familia estaba trabajando.
Había que evaluar las reparaciones más necesarias. Primero subimos al tejado de adobe y vimos los agujeros que era preciso arreglar, y luego fuimos de habitación en habitación para comprobar el enlucido y si los suelos de los pisos superiores estaban en buen estado. Había mucho que pintar de blanco allí donde el yeso se había vuelto gris o negro. En las habitaciones inferiores había vestigios de zócalos bien pintados y con dibujos que sin duda habían sido muy bonitos.
José y Cleofás hablaron de repintarlo todo; en Alejandría solían hacerlo con eficiencia y rapidez. Yo era demasiado pequeño para esa tarea, y nunca una larga tira de zócalo me saldría perfectamente recta.
Pero había muchas cosas que sí podía hacer.
Había que reparar los pesebres del establo, y las celosías de las enredaderas de la parte delantera del patio tenían que ser cambiadas.
Lo que más me sorprendió fue descubrir las grandes cisternas de que disponía la casa, ambas bastante llenas gracias a las intensas lluvias, aunque habría que remendarlas.
Y el último descubrimiento fue el gran mikvah, labrado en la piedra debajo de la casa hacía muchos, muchos años.
El mikvah era una honda alberca para la purificación de las mujeres, algo que nunca había visto en Egipto. Tenía escalones que bajaban hasta el fondo, de manera que uno podía andar bajo la superficie del agua y volver a salir por el otro extremo sin necesidad de agachar la cabeza. En ese momento tenía sólo la mitad de agua de la necesaria, y en muchos puntos sus paredes estaban desportilladas o renegridas. José dijo que achicaríamos el agua y enyesaríamos de nuevo aquella gran bañera. El agua le venía de una de las cisternas.
Nos contaron que el abuelo de la vieja Sara había construido la alberca a poco de instalarse en Nazaret. Aquélla había sido su casa y la de sus siete hijos. José conocía los nombres de todos ellos, pero yo no me acordaba, como tampoco de los de todos sus descendientes; sólo recordaba que el padre de mi madre descendía de ellos, lo mismo que el padre de la madre de José.
Tenía ganas de que nos pusiéramos a trabajar. A media tarde, un ejército de escobas procedió a barrer la casa. Las mujeres sacudían las alfombras y Cleofás acompañó a algunas de ellas al mercado para comprar comida. El horno que había en el patio no dejó de funcionar en ningún momento.
Bruria lloraba por el hijo que se había ido con los sublevados a Séforis.
Estaba casi convencida de que habría muerto. Todos sabíamos que eso podía suponer que lo hubieran clavado a una de aquellas cruces del camino, pero no dijimos nada. Nadie iba a ir hasta Séforis, por el momento. Seguimos trabajando en silencio.
Para la noche, la casa quedó dividida entre las familias: Alfeo, su mujer y sus dos hijos a unas habitaciones; Cleofás y tía María a otras con sus hijos pequeños; y José, mi madre, Santiago y yo a otras, aunque las nuestras daban a la de tía María, y Sara y Justus dormían también con nosotros. Tío Simón y tía Esther y la recién nacida Esther estaban cerca del establo, en la parte central de la casa.
Bruria y su esclava Riba tenían una habitación propia.
Había una vieja sirvienta, una mujer flaca y silenciosa, de nombre Ide, a quien yo no había visto el día anterior. Cuidaba de la vieja Sara y el viejo Justus y dormía en el suelo del cuarto de ellos. No me quedó claro si la mujer podía hablar.
La cena volvió a ser exquisita gracias al cocido de la noche anterior, el pan calentado en el horno y más dátiles e higos. Todo el mundo hablaba a la vez sobre las cosas que había que hacer en la casa y el patio, y de las ganas que tenían de ir al huerto más allá del pueblo, y de ver a toda la gente que no habían visto todavía.