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– Lo sé -dije.

Santiago dio media vuelta.

Me puse de costado, apoyando la cabeza en un brazo, y cerré los ojos.

Acaricié el pelo de Justus. Sin despertarse, se arrimó más a mí. ¿Qué sabía yo?

– Jerusalén, en cuyo Templo mora el Señor -musité. Nadie me oyó.

Filo me había dicho que era el mayor templo del mundo. Visualicé los gorriones que había hecho con arcilla. Los vi cobrar vida, batir las alas, y oí la exclamación de mi madre y el grito de José: «¡No!», y luego cómo los pájaros se perdían de vista como puntitos en el cielo.

– Jerusalén…

Volví a ver a Eleazar levantándose de la estera.

El día que me recibió en su casa, Filo había dicho que el Templo era tan bello que la gente acudía a verlo por millares. Paganos y judíos de todas las ciudades del Imperio, hombres y mujeres iban allí a ofrecer sacrificios al Señor de Todos.

Mis ojos se abrieron de golpe. Todos dormían. ¿Qué significaba todo aquello? ¿De dónde me venía aquella fuerza? ¿Estaba todavía ahí? José no me había dicho una sola palabra al respecto. Mi madre tampoco me había preguntado qué había ocurrido con Eleazar. ¿Llegamos a hablar alguna vez de los gorriones? No. Nadie quería hablar de estos asuntos.

Y yo tampoco podía preguntar a nadie. Hablar de semejantes cosas fuera de la familia era imposible. Como también lo era que me quedara en la gran ciudad de Alejandría y estudiara con Filo en su casa de suelos de mármol.

A partir de ahora tendría que andar con mucho ojo, pues incluso en las cosas más nimias yo podía hacer mal uso de lo que había dentro de mí, esa fuerza capaz de causarle la muerte a Eleazar y devolverle luego la vida.

Oh, por supuesto había sido muy divertido ver sonreír a todos ante la rapidez con que yo aprendía: Filo, el maestro, los otros niños. Y yo me sabía muchas cosas del libro sagrado, en griego y en hebreo, gracias a José, tío Cleofás y tío Alfeo, pero esto era diferente.

Ahora sabía algo que escapaba a mi capacidad de definir con palabras.

Me entraron ganas de despertar a José, de pedirle que me ayudara a comprender. Pero él me diría que no hiciera más preguntas sobre esto ni sobre lo otro, lo que les había oído hablar. Porque esta fuerza que albergaba en mi interior se encontraba de algún modo ligada a lo que ellos hablaban en el patio, y a aquellas extrañas palabras del maestro que habían provocado un silencio general. Seguro que ambas cosas estaban relacionadas.

Eso me entristeció tanto que me dieron ganas de llorar. Era culpa mía que tuviéramos que irnos de allí. Era culpa mía, y, aunque todos parecían contentos, yo me sentía triste y culpable.

Tendría que guardarme todas estas reflexiones, pero estaba decidido a averiguar qué había pasado en Belén. Lo averiguaría como fuese, aun cuando tuviera que desobedecer a José.

Pero por ahora, ¿cuál era el mayor secreto en todo esto? ¿Cuál el meollo?

«No debo hacer mal uso de quien soy.» Sentí un escalofrío y me quedé inmóvil.

Me sentí muy pequeño y me envolví en la manta. El sueño me sobrevino como si un ángel me hubiera rozado.

Mejor dormir, ya que todos dormían. Mejor dejarse llevar, ya que todos lo hacían. Mejor confiar, ya que ellos confiaban… El sueño me vencía y no pude seguir pensando.

Cleofás tosía otra vez. Iba a enfermar como le sucedía a menudo. Y supe que ésa iba a ser una noche de sufrimiento. Oí los estertores que le brotaban del pecho.

3

A los pocos días llegó al puerto la noticia de la muerte de Herodes. Galileos y judíos no hablaban de otra cosa. ¿Cómo lo había sabido José? El maestro se presentó de nuevo, exigiendo una respuesta, pero José no reveló nada.

Nos costó mucho terminar las tareas que nos habían encomendado, acabando puertas, bancos y dinteles, y las piezas que aún quedaban por desbastar y pulir, antes de entregarlas a los pintores. Después hubo que recoger las cosas que ya estaban pintadas y colocarlas en las casas de sus propietarios, lo cual me gustaba porque me recreaba viendo diferentes clases de habitaciones y gente distinta, aunque siempre trabajábamos con la cabeza y la mirada gachas, por respeto, pero eso no me impedía ver y aprender cosas nuevas. Pero todo esto suponía volver a casa al anochecer, cansado y hambriento.

Era más trabajo del que José había pensado, pero él no quería marcharse sin dejar todos los pedidos completados, todas las promesas cumplidas. Mientras tanto, mi madre se ocupó de informar de nuestro regreso a la vieja Sara y sus primos. Santiago se encargó de escribir el texto y juntos fuimos a llevar las cartas al mensajero. Los preparativos tenían a todo el mundo muy agitado.

Las calles volvían a sernos propicias ahora que todo el mundo sabía que nos marchábamos. Otras familias nos hacían regalos, cosas como pequeñas lámparas de cerámica, una vasija de barro, ropa de buen lino.

Ya se había decidido viajar por tierra (y prevista la compra de burros) cuando una noche tío Cleofás se levantó tosiendo y dijo:

– Yo no quiero morir en el desierto. -Últimamente estaba pálido y flaco y ya no trabajaba mucho con nosotros. Eso fue todo lo que dijo. Nadie respondió.

De modo que hubo cambio de planes: viajaríamos en barco. Nos saldría caro, pero José dijo que no importaba. Iríamos al viejo puerto de Jamnia y arribaríamos a Jerusalén a tiempo para la Pascua. A partir de entonces, Cleofás durmió mejor.

Llegó el momento de la partida. Vestidos con nuestra mejor ropa y calzado, salimos cargados de paquetes y dio la impresión de que la calle entera salía a despedirnos.

Hubo lágrimas, y hasta Eleazar vino a saludarme; yo lo correspondí.

Tuvimos que abrirnos paso entre la mayor multitud que jamás había visto en el puerto, mi madre preocupada de que no nos desperdigáramos y yo llevando a Salomé bien agarrada de la mano, mientras Santiago nos decía una y otra vez que nos mantuviésemos juntos. Los heraldos hacían sonar sus trompetas anunciando la partida de los barcos, hasta que llegó la hora del que zarpaba para Jamnia, y luego otro, y otro más. Por todas partes la gente gritaba y agitaba las manos.

– Peregrinos -dijo tío Cleofás, riendo otra vez como antes de enfermar-. El mundo entero va a Jerusalén.

– ¡El mundo entero! -Exclamó la pequeña Salomé-. ¿Has oído eso? -me dijo. Reí con ella.

Avanzamos a empujones y codazos, aferrados a nuestros fardos, con los hombres mayores gesticulando y las mujeres vigilando que nadie del grupo se extraviase. Por fin, enfilamos la pasarela del barco, por encima de aquella agua turbia.

En mi vida había conocido una experiencia como la de pisar la cubierta de un barco, y en cuanto nuestras cosas fueron apiladas y las mujeres se hubieron sentado encima, mirándose las unas a las otras con el velo puesto, y Santiago nos hubo mirado con una expresión de seria advertencia, Salomé y yo corrimos hacia la borda y a duras penas nos metimos entre las piernas de la gente para contemplar el puerto y la gente que atiborraba el muelle, vociferando, empujándose y agitando los brazos.

Vimos cómo recogían la pasarela y las amarras. El último tripulante saltó a bordo, y el agua se ensanchó entre el barco y el muelle hasta que, de pronto, notamos una sacudida y todos los pasajeros lanzaron un grito mientras poníamos proa a mar abierto. Yo estreché a la pequeña Salomé y nos reímos del puro placer de notar el barco moviéndose bajo nuestros pies.

Saludamos y gritamos a personas que ni siquiera conocíamos, y la gente nos saludó a su vez. El buen humor de todos era palpable.

Por un momento pensé que la ciudad desaparecería tras los barcos y sus mástiles, pero cuanto más nos alejábamos, más se apreciaba Alejandría, la veía como jamás la había visto. Una sombra cruzó mi ánimo y, de no ser por la felicidad de la pequeña Salomé, quizá no me habría sentido tan dichoso.

El olor del mar se volvió limpio y maravilloso y el viento arreció, agitando nuestros cabellos y refrescando nuestros rostros. Estábamos alejándonos de Egipto y me entraron ganas de llorar como un crío.