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Entonces oí que nos gritaban que mirásemos el Gran Faro, como si fuésemos tan tontos que no lo advirtiésemos erguido a nuestra izquierda.

Desde tierra firme yo había contemplado muchas veces el mar y el Gran Faro, pero ¿qué era eso comparado con verlo ahora frente a mí?

La gente lo señalaba y Salomé y yo lo apreciamos en toda su grandeza. Se levantaba sobre su islote como una enorme antorcha apuntando al cielo.

Pasamos frente a él como si se tratara de una especie de templo sagrado, profiriendo murmullos de admiración.

El barco siguió adentrándose en el mar, y lo que al principio parecía un lento avance se convirtió en una apreciable velocidad. El mar empezó a agitarse y se oyeron gritos entre las mujeres.

La gente se puso a entonar himnos. La tierra quedaba cada vez más distante. El faro se hizo muy pequeño y finalmente se perdió de vista.

La multitud se dispersó, y por primera vez me volví y contemplé la enorme vela cuadrada henchida por el viento y a la tripulación afanándose con los cabos, los hombres junto a la caña del timón y todas las familias arracimadas alrededor de sus bultos. Era hora de regresar a nuestro grupo, pues sin duda nos echarían de menos.

La gente cantaba cada vez más fuerte y pronto un himno en concreto se propagó entre la multitud, y la pequeña Salomé y yo cantamos también, aunque el viento se llevaba la letra de la canción.

Tuvimos que abrirnos paso para dar con nuestros familiares, pero al fin lo logramos. Mi madre y mis tías trataban de coser como si estuviesen en casa, y mi tía María decía que tío Cleofás tenía fiebre mientras dormía acurrucado bajo una manta, perdiéndose aquel inusual espectáculo.

José estaba un poco aparte, aposentado en uno de los pocos baúles que teníamos, callado como siempre, contemplando el cielo azul y la parte superior del mástil, donde ahora había una gavia. Tío Alfeo estaba en plena conversación con otros pasajeros acerca de los problemas que nos aguardaban en Jerusalén.

Santiago no perdía detalle, y pronto me sumé yo también al grupo, aunque no quise acercarme demasiado por temor a que se dispersaran al verme.

Vociferaban para hacerse oír por encima del rugido del viento, apiñados en un reducido espacio, pugnando por evitar que las ráfagas los despojaran de sus capas y por mantener el equilibrio a causa de los vaivenes del barco.

Decidí escuchar lo que decían y me acerqué a ellos. La pequeña Salomé quiso acompañarme, pero su madre la retuvo y yo le indiqué que después volvería por ella.

– Os digo que es peligroso -decía en griego uno de los hombres. Era alto, de piel muy oscura, e iba ricamente vestido-. Yo en vuestro lugar no iría a Jerusalén. Yo tengo mi casa allí, mi esposa y mis hijos me esperan. Debo ir por fuerza. Pero os aseguro que no es un buen momento para todos estos barcos de peregrinos.

– Yo quiero ir -repuso otro, igualmente en griego, aunque su habla era más tosca-. Quiero ver qué está pasando. Estuve allí cuando Herodes hizo quemar vivos a Matías y Judas, dos de los mejores eruditos que hemos tenido nunca. Quiero exigir justicia a Herodes Arquelao. Quiero que los hombres que sirvieron a su padre sean castigados. Habrá que ver cómo maneja Arquelao esta situación.

Me quedé pasmado. Había oído contar muchas cosas malas del rey Herodes, pero no sabía nada de un nuevo Herodes, hijo del anterior.

– Bien, ¿y qué le dice Arquelao al pueblo? -Replicó tío Alfeo-. Algo tendrá que decir, ¿no?

Mi tío Cleofás, que por fin se había levantado, se acercó al grupo.

– Probablemente mentiras -dijo, como si él supiera algo-. Tiene que esperar a que el César diga si va a ser rey. No puede gobernar sin que el César lo confirme en su corona. Nada de lo que diga tiene la menor importancia. -Y se rió de aquella manera burlona.

Me pregunté qué pensarían de él los demás.

– Arquelao reclama paciencia, claro está -dijo el primero de los hombres, hablando en un griego tan fluido como el del maestro, o el de Filo-. Y espera la confirmación del César, en efecto, y le dice al pueblo que espere. Pero el pueblo no escucha a sus mensajeros. No quieren saber nada de paciencia.

Quieren acción. Quieren venganza. Y seguramente la tendrán.

Esto me dejó perplejo.

– Tenéis que comprender -dijo el más tosco, y también más airado- que el César no conocía las atrocidades que cometió Herodes. ¿Cómo va a saber todo lo que sucede en el Imperio? Yo os digo que es preciso un ajuste de cuentas.

– Sí -dijo el más alto-, pero no en Jerusalén durante la Pascua, cuando acuden peregrinos de todas partes del Imperio.

– ¿Por qué no? -preguntó el otro-. ¿Por qué no cuando está todo el mundo allí?, ¿cuando al César le llegue la noticia de que Herodes Arquelao no controla a quienes claman justicia por la sangre de los asesinados?

– Pero ¿por qué Herodes quemó vivos a los dos maestros de la Ley de Moisés? -pregunté de improviso. Yo mismo me sorprendí.

José abandonó sus cavilaciones, pese a que estaba lejos, y miró hacia mí y luego a los hombres.

Pero el alto, el más sosegado, ya estaba respondiendo a mi pregunta.

– Porque descolgaron el águila de oro que Herodes había hecho colocar a la entrada del Templo, por eso. La Ley de Moisés establece claramente que dentro de nuestro Templo no puede haber imágenes de seres vivos. Tú ya eres lo bastante mayor para saberlo. ¿O no lo sabías? Que Herodes construyera el Templo no le autorizaba a poner la imagen de un ser vivo. ¿Qué sentido tenía llevar a cabo la reconstrucción de un templo majestuoso si lo que pretendía era transgredir la Ley de Moisés y profanarlo con esa imagen?

Entendí lo que decía aunque sus palabras no eran fáciles de entender. Me estremecí.

– Esos hombres eran fariseos, maestros de la Ley de Moisés -prosiguió el alto, mirándome fijamente-. Fueron con sus alumnos a retirar el águila. ¡Y Herodes los mató por ello!

José estaba ahora a mi lado.

El tosco le dijo:

– No te lo lleves. Deja que aprenda. Así conocerá los nombres de Matías y Judas. Estos dos chicos deberían conocerlos -añadió señalándonos a Santiago y a mí-. Hicieron lo que era justo, aun sabiendo la clase de monstruo que era Herodes. Todo el mundo lo sabía. A vosotros, que estabais en Alejandría, ¿qué más os daba? -Miró a mis tíos-. Pero nosotros vivíamos allí, teníamos que sufrir sus atrocidades. Las hubo de todas clases. Una vez, por un mero capricho de loco, temiendo que hubiera nacido un nuevo rey, un hijo de David, envió a sus soldados desde Jerusalén hasta el pueblo de Belén y…

– ¡Basta! -ordenó José, aunque levantó la mano sonriendo gentilmente.

Me apartó de allí y me llevó con las mujeres. Dejó que Santiago se quedara con los demás.

El viento se llevaba sus palabras.

– Pero ¿qué pasó en Belén? -pregunté.

– Oirás hablar de Herodes toda tu vida -respondió José con voz queda-. Recuerda lo que te dije: hay ciertas preguntas que no quiero que hagas.

– ¿Iremos a Jerusalén a pesar de todo?

José no respondió.

– Ve a sentarte con tu madre y los niños -dijo.

Obedecí.

El viento soplaba con fuerza y el barco se mecía. Me sentí mareado y tenía frío.

La pequeña Salomé me esperaba con muchas preguntas. Me acurruqué entre ella y mi madre. Allí se estaba calentito, y enseguida me encontré mejor.

Josías y Simeón estaban ya dormidos en su cama improvisada entre los fardos. Silas y Leví se habían ovillado con Eli, un sobrino de tía María y tío Cleofás que había venido a vivir con nosotros. Señalaban hacia la vela y el aparejo.

– ¿Qué decían? -quiso saber Salomé.

– En Jerusalén están pasando cosas -respondí-. Espero que vayamos. Tengo ganas de conocer la ciudad. -Pensé en todo lo que había oído decir y añadí-: Imagínate, Salomé, gente de todo el Imperio está yendo a Jerusalén.