Abrió la boca, se detuvo, movió la cabeza.
– El silencio le hace parecer culpable.
– A usted no tengo por qué explicarle nada.
– Sí tiene que hacerlo. Estoy intentando salvar la vida de un menor. No es usted tan egocéntrico, Stan, ¿no?
Stan volvió a meterse en la cocina. Myron se levantó y lo siguió.
– Hable conmigo -insistió Myron-. Tal vez yo pueda ayudarle.
– No -dijo-, no puede.
– ¿Cómo explica las semejanzas, Stan? Sólo le pregunto esto, ¿vale? Lo debe de haber pensado.
– No necesito pensarlo.
– ¿Qué quiere decir?
Abrió la nevera y cogió otra lata de Sprite.
– ¿Cree que todos los psicópatas son originales?
– No le sigo.
– Usted recibió la llamada de un tío que le dijo que sembrara las semillas.
– Cierto.
– Hay dos posibilidades que explicarían por qué lo hizo -dijo Stan-. Una, que fuera el mismo asesino sobre el que escribí. ¿Y dos? -Stan miró a Myron.
– Que estuviera repitiendo lo que leyó en el artículo -dijo Myron.
Stan chascó los dedos y señaló a Myron.
– O sea, que lo que usted dice es que el secuestrador al que entrevistó había leído esa novela y que eso, ¿qué? ¿Le influyó de alguna manera? ¿Lo copió?
Stan tomó un sorbo directamente de la lata.
– Es una teoría -dijo.
Y rematadamente buena, pensó Myron.
– Entonces, ¿por qué no se lo dijo a la prensa? ¿Por qué no se defendió?
– ¡Y a usted qué le importa!
– Hay gente que dice que es porque le da miedo que entonces analicen con detalle todos sus trabajos, que puedan encontrar otras invenciones.
– Y hay gente que es idiota -concluyó.
– Entonces, ¿por qué no luchó?
– Me he pasado toda la vida trabajando de periodista -dijo Stan-. ¿Sabe lo que significa para un periodista que lo tachen de haber plagiado? Es como llamar pederasta a alguien que trabaja en una guardería. Estoy acabado. No hay palabras que puedan cambiar lo que ha ocurrido. Con este escándalo he perdido todo lo que tenía: la mujer, los hijos, el trabajo, el prestigio…
– ¿Y la amante?
De pronto cerró los ojos con fuerza, como un niño que trata de alejar al coco.
– La policía cree que mató a Melina -dijo Myron.
– Lo sé perfectamente.
– Dígame qué está pasando, Stan.
Abrió los ojos y movió la cabeza:
– Tengo que hacer unas cuantas llamadas, comprobar algunas pistas.
– No puede dejarme colgado.
– Tengo que hacerlo -dijo.
– Déjeme ayudarle.
– No necesito su ayuda.
– Pero yo sí la suya.
– No es un buen momento -dijo Stan-. Tiene que creerme.
– La confianza no se me da muy bien -dijo Myron.
Stan sonrió:
– A mí tampoco -dijo-. A mí tampoco.
19
Myron sacó el coche de donde lo tenía aparcado. Y lo mismo hicieron, advirtió, un par de hombres con un Oldsmobile Ciera de color negro. Hum.
Sonó el móvil.
– ¿Sabes algo? -Era Emily.
– De hecho, no.
– ¿Dónde estás?
– En Englewood.
– ¿Tienes algún plan para la cena? -preguntó Emily.
Myron vaciló:
– No.
– ¿Sabes que soy buena cocinera? Tú y yo fuimos pareja en la universidad, así que no tuve demasiado tiempo para demostrarte mis habilidades culinarias.
– Recuerdo una vez que cocinaste para mí -dijo Myron.
– ¿Sí?
– Con mi wok.
Emily se rió:
– Es cierto, en tu habitación tenías un wok eléctrico, ¿verdad?
– Eso.
– Casi se me había olvidado -dijo Emily-. ¿Por qué lo tenías?
– Para impresionar a las chatis.
– ¿De veras?
– Claro. Pensé que invitaría a una tía a mi habitación, cortaría unas cuantas verduras, les echaría un poco de salsa de soja…
– ¿A las verduras? -preguntó ella.
– Para empezar.
– ¿Y cómo es que nunca utilizaste ese truco conmigo?
– No me hizo falta.
– ¿Me estás llamando facilona, Myron?
– No sé cómo responder a eso -bromeó Myron- y mantener los testículos en su lugar.
– Ven a cenar -dijo Emily-. Cocinaré algo. Sin salsa de soja.
Volvió a vacilar.
– Venga, no me hagas volver a pedírtelo -insistió Emily.
Él tenía muchas ganas de decir que no.
– Está bien.
– Tienes que coger la carretera 4 y…
– Ya sé el camino, Emily.
Colgó el teléfono y miró por el retrovisor. El Oldsmobile negro todavía lo seguía. Era mejor protegerse que lamentarse. Myron marcó un número preprogramado de su móvil. Después de un tono, Win descolgó:
– Articula -dijo Win.
– Creo que me siguen.
– ¿Matrícula?
Myron se la leyó.
– ¿Dónde nos coordinamos?
– Centro comercial Garden State Plaza -dijo Myron.
– Ahí voy, damisela.
Myron permaneció en la carretera 4 hasta que vio la salida del Garden State Plaza. Se metió por un bucle en forma de trébol un poco complicado y se desvió hacia el aparcamiento del centro comercial. El Oldsmobile negro lo siguió a una distancia prudente. Maniobra de distracción. Myron dio unas cuantas vueltas antes de encontrar un sitio disponible. El Oldsmobile guardó la distancia. Apagó el motor y se dirigió hasta la «Entrada Noreste».
El Garden State Plaza contaba con todos los elementos artificiales endémicos de los centros comerciales -los oídos que se tapan al entrar, el aire seco, la acústica hueca como si todo el sonido circulara por un distorsionador de alto volumen-, el equivalente auditivo a la puerta de una ducha, con las voces que, de alguna manera, se vuelven a la vez más altas e incomprensibles. Demasiado, con los techos tan altos y el mármol falso, con nada suave para amortiguar el sonido.
Paseó por la sección de nuevos ricos del recinto, pasó por delante de varias zapaterías inhóspitas, de esas que tienen tres pares de zapatos colocados en las puntas de lo que parecen unos cuernos de ciervo. Llegó a una tienda llamada Aveda, en la que vendían cosméticos y lociones a precios exorbitantes. La vendedora de Aveda, una joven con cara de hambrienta embutida en un vestido negro ajustadísimo, le informó que tenían una oferta en hidratantes para el rostro. Myron se reprimió de gritar ¡Yupiiii! y siguió su camino. La siguiente tienda era Victoria's Secret, y Myron hizo esa mirada disimulada tan masculina al escaparate en el que se exponía la lencería. La mayoría de los machos heterosexuales más sofisticados de nuestros tiempos están bien entrenados en dicho arte y conceden a las supermodelos en ropa subida de tono una mirada desenfadada, fingiendo desinterés por las imágenes recauchutadas de Stéphanie y de Fréderique enfundadas en sujetadores modelo Miracle. Myron, por supuesto, hizo lo mismo, y luego pensó, ¿por qué fingir? Se detuvo, puso la espalda bien recta, las observó con pasión. Sinceramente. ¿No debería una mujer respetar también esta actitud en un hombre?
Miró el reloj. Todavía no. Más maniobras de distracción. El plan, tal como estaba trazado, era bastante sencillo. Win se acerca en coche hasta el Carden State Plaza. Cuando llega, llama a Myron por el móvil. Él vuelve a su coche. Win busca el Oldsmobile negro y sigue al perseguidor. Superastuto, ¿no?
Myron llegó al Sharper Image, uno de los pocos establecimientos del mundo en el que puedes decir las palabras shiatsu e iónico y nadie se ríe. Probó una butaca de masaje (configuración: amasar) y consideró la compra de una estatua de un soldado de La Guerra de las Galaxias de tamaño natural de 5.500 dólares, rebajada a sólo 3.499. ¡Hablando de redefinir el término nuevo rico! He aquí un consejo: si te has comprado una estatua de tamaño natural de un soldado de La Guerra de las Galaxias, coge la tarjeta de crédito más platino que tengas, métela en el cajero más cercano y cómprate una vida nueva.