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Le sonó el móvil. Myron contestó:

– Son federales -dijo Win.

– Puaj.

– Sí.

– Entonces no vale la pena seguirlos.

– No.

Myron advirtió a dos hombres con traje y gafas de sol que se acercaban por detrás de él. Estudiaban los champús de fragancia frutal del escaparate de Garden Botánica un poco demasiado de cerca. Dos hombres con traje y gafas de sol; oh, como si eso fuera normal.

– Creo que también me siguen por aquí dentro.

– Si te detienen y llevas lencería encima -bromeó Win-, diles que es para tu esposa.

– ¿Eso es lo que haces tú?

– No cuelgues el teléfono -dijo Win.

Myron obedeció. Era uno de sus viejos trucos: Myron mantenía la línea abierta y así Win podía escuchar lo que ocurría. Bien, de acuerdo, y ahora, ¿qué? Siguió paseando. Más adelante había otros dos tipos trajeados mirando escaparates. Al acercarse Myron, se volvieron y lo miraron fijamente. Menuda manera de disimular. Miró hacia atrás. Los dos federales del principio estaban justo allí.

Los dos de delante le cortaron el paso. Los otros dos se colocaron justo detrás de él, acorralándolo.

Myron se detuvo, miró a los cuatro federales:

– ¿Habéis visto la oferta de hidratantes faciales de Aveda?

– ¿Señor Bolitar?

– Sí.

Uno de ellos, un tipo bajo con un corte de pelo estricto, le mostró una placa:

– Soy el Agente Especial Fleisher, del FBI. Nos gustaría hablar con usted.

– ¿Sobre qué?

– ¿Le importaría acompañarnos?

Tenían las expresiones pétreas de los asuntos rutinarios: Myron no les sacaría nada. Probablemente ni siquiera ellos sabían nada. Probablemente sólo fueran mensajeros. Se encogió de hombros y los siguió. Dos de ellos se metieron en un Oldsmobile Ciera blanco, los otros dos se quedaron con Myron. Uno de ellos abrió la puerta de detrás del Ciera negro y le hizo un gesto con la cabeza para que entrara. Obedeció. El interior estaba muy limpio. Butacas agradables, suaves. Myron pasó la mano por la superficie:

– ¿Piel de Corinto? -preguntó.

El agente especial Fleisher se volvió:

– No, señor, eso es en el Ford Granada.

Touché.

Nadie hablaba. La radio no sonaba. Myron se puso cómodo. Se planteó llamar a Emily y aplazar su cena sin salsa de soja, pero no quería que los federales lo oyeran. Se sentó tranquilo y mantuvo la boca cerrada. Era algo que no hacía a menudo y lo encontró un poco raro, pero, en cierta manera, agradable.

Al cabo de treinta minutos estaba en el sótano de un modesto rascacielos de Newark. Estaba sentado a una mesa con las manos encima, y estaba algo pegajosa. La habitación tenía una ventana con barrotes y las paredes eran de cemento, del color y la textura de la avena deshidratada. Los federales se excusaron y dejaron a Myron solo. Él suspiró y se echó hacia atrás. Se estaba imaginando que se trataba de la típica maniobra «hazlo esperar para que se ablande» cuando, de pronto, se abrió la puerta.

La mujer iba delante. Llevaba una chaqueta de color calabaza, vaqueros, zapatillas deportivas y unos pendientes de cadenita y bola. La palabra que le vino a la mente fue «tosca». Todo en ella era tosco, incluso el pelo, de una especie de rubio como de maíz de lata. El tipo que la seguía era flaco, tipo torpe, y con la cabeza puntiaguda y una pequeña mata de pelo negro engominado. Parecía un lápiz. Habló él primero.

– Buenas tardes, señor Bolitar -dijo el señor Lápiz.

– Buenas tardes.

– Soy el agente especial Rick Peck -dijo-, y ésta es la agente especial Kimberly Green.

La señora Green de chaqueta calabaza hizo un paso de leona enjaulada. Myron la saludó con un gesto de la cabeza. Ella le respondió pero de mala gana, como si su maestra la acabara de obligar a disculparse por algo que no había hecho.

El señor Lápiz-Peck prosiguió:

– Señor Bolitar, nos gustaría hacerle unas cuantas preguntas.

– ¿Sobre qué?

Peck mantenía la mirada en sus notas y hablaba como si estuviera leyendo.

– Hoy ha visitado a un Stan Gibbs en el número 24 de Acre Drive, ¿es correcto?

– ¿Y cómo sabe que no he visitado a dos Stan Gibbs?

Peck y Green se miraron, luego Peck dijo:

– Por favor, señor Bolitar, agradeceríamos su colaboración. ¿Ha visitado usted al señor Gibbs?

– Ya sabe que lo he hecho -dijo Myron.

– De acuerdo, gracias. -Peck escribió algo lentamente, luego levantó la vista-. Nos gustaría mucho saber cuál ha sido la naturaleza de su visita.

– ¿Por qué?

– Es usted el primer visitante que ha recibido el señor Gibbs desde que se mudó a su actual domicilio.

– No, quiero decir, ¿por qué lo quieren saber?

Green cruzó los brazos. Ella y Peck se volvieron a mirar. Peck le explicó:

– El señor Gibbs forma parte de una investigación aún en curso.

Myron esperó. Nadie dijo nada.

– Bueno, eso lo explica bastante.

– Es lo único que puedo decirle, de momento.

– Yo también.

– ¿Disculpe?

– Si usted no puede decir nada más, yo tampoco.

Kimberly Green puso las manos sobre la mesa, hizo una mueca enseñando los dientes -¿dentadura tosca?- y se inclinó como si estuviera dispuesta a clavarle un mordisco. El pelo de color maíz de lata le olía a champú Pert Plus. Lo miró abriendo mucho los ojos (tal vez había recibido un memorándum sobre miradas intimidatorias) y luego habló por primera vez:

– Así es como lo haremos, gilipollas. Nosotros te hacemos preguntas, tú las escuchas y luego respondes, ¿ha quedado claro?

Myron asintió con la cabeza.

– Quiero asegurarme de que lo he entendido bien -le dijo a la mujer-. Usted hace de poli malo, ¿no?

Peck recogió la pelota:

– Señor Bolitar, aquí no hay nadie interesado en crear problemas, pero agradeceríamos mucho su colaboración en este asunto.

– ¿Estoy detenido? -preguntó Myron.

– No.

– Pues entonces, adiós.

Hizo ademán de levantarse, pero Kimberly Green le dio un empujón a media altura y Myron volvió a caer sobre la silla.

– Siéntate, gilipollas. -Miró a Peck-. Tal vez forme parte de la trama.

– ¿Eso crees?

– ¿Por qué, si no, es tan reticente a responder a las preguntas?

Peck asintió.

– Tiene lógica. Un cómplice.

– Probablemente lo podríamos arrestar ahora mismo -dijo Green-. Encerrarlo por una noche, tal vez filtrarlo a la prensa.

Myron la miró:

– Glups -dijo-. Ahora. Sí. Tengo. Mucho. Miedo. Glups.

La mujer entornó los ojos:

– ¿Qué has dicho?

– No me lo digas -añadió Myron-. A lo mejor soy culpable de complicidad e incitación. Es una de mis acusaciones favoritas. ¿Hay alguien que realmente haya sido acusado de eso?

– ¿Te crees que esto es un juego?

– Así es. Y, por cierto, ¿por qué sois todos agentes «especiales»? ¿No suena como si alguien se lo hubiera inventado? Como un juego de niños de esos que sirven para subir el ego. «Lo vamos a promocionar, de agente a agente especial, Barney.» Y luego, ¿qué? ¿Agente superespecial?