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– Por supuesto -dijo Win.

– Armado así con esta defensa bastante digna, es decir, la idea de que el secuestrador en serie imitó a la novela, ¿por qué no iba Stan a utilizarla para defenderse, aunque fuera culpable de plagio?

Win asintió:

– Me gusta tu manera de pensar.

– Cínica, sí.

Se oyó el zumbido del portero automático. Win pulsó el botón y el portero anunció a Esperanza. Al cabo de un minuto la vieron entrar en el despacho, coger una silla y servirse un cuenco de cereales Oreo.

– ¿Por qué dicen siempre que es «parte de este desayuno completo»? -preguntó Esperanza-. Siempre lo dicen, de todos los cereales. ¿De qué va?

Nadie contestó.

Esperanza se tomó una cucharada, miró a Win, hizo un gesto con la cabeza hacia Myron:

– Odio cuando tiene razón -le dijo a Win.

– Es un mal augurio -admitió Win.

Esperanza volvió la vista hacia Myron:

– He hecho las comprobaciones que me pediste sobre la escolarización de Dennis Lex. He repasado todos y cada uno de los centros escolares a los que habían asistido sus hermanos y sus padres. Nada. Universidad, instituto, secundaria, incluso primaria. Ni rastro de Dennis Lex.

– ¿Pero? -dijo Myron -El parvulario.

– Me tomas el pelo.

– No.

– ¿Encontraste el lugar donde hizo el parvulario?

– Soy algo más que un culo fabuloso -dijo Esperanza.

Win dijo:

– No para mí, querida.

– Eres un encanto, Win.

Win inclinó la cabeza levemente.

– La señorita Peggy Joyce -dijo Esperanza-. Sigue enseñando y dirige la Escuela Montessori Shaddy Wells de East Hampton.

– ¿Y se acuerda de Dennis Lex? -preguntó Myron-. ¿De hace treinta años?

– Eso parece. -Esperanza tomó otra cucharada de cereales y le dio a Myron una hoja de papel-. Ésta es su dirección. Te espera esta mañana. Conduce con cuidado, ¿vale?

22

Sonó el teléfono del coche.

– El viejo es un mentiroso de mierda. -Era Greg Downing.

– ¿Cómo?

– Que el viejete miente.

– ¿Hablas de Nathan Mostoni?

– Por Dios, ¿a qué otro viejo hemos estado vigilando tú y yo?

Myron se cambió el teléfono de lado:

– ¿Qué te hace pensar que miente, Greg?

– Muchas cosas.

– ¿Como qué?

– Como que dijo que no había oído hablar nunca del centro de médula ósea. ¿Te suena lógico?

Pensó en Karen Singh y en su dedicación y en las posibilidades:

– No -dijo Myron-, pero es lo que dijimos antes…, puede que esté confundido.

– No lo creo.

– ¿Por qué no?

– Por un lado, Nathan Mostoni sale solo muy a menudo. A veces se hace el loco pero, otras veces, parece estar perfectamente. Hace su propia compra, habla con la gente, se viste como una persona normal.

– Eso no significa nada -dijo Myron.

– ¿No? Hace una hora salió de casa, ¿vale? Así que me acerqué a la vivienda, me puse junto a la ventana de la parte trasera y marqué ese número, el que tú tenías del donante.

– ¿Y?

– Y oí que sonaba el teléfono del interior de la casa.

Eso hizo que Myron se quedara en silencio.

– Y entonces, ¿cómo crees que debemos actuar? -le preguntó Greg.

– No lo sé. ¿Has visto a alguien más en la casa?

– A nadie. Mostoni sale, pero aquí no ha venido nadie. Y te diré otra cosa: ahora parece más joven. No sé cómo explicarlo, es extraño. ¿Has descubierto algo?

– No estoy seguro.

– Menuda respuesta, Myron.

– Es la única que tengo.

– ¿Qué crees que tenemos que hacer con Mostoni?

– Le pediré a Esperanza que haga indagaciones sobre su historial. Mientras tanto, sigue controlándolo.

– El tiempo se nos acaba, Myron.

– Soy consciente. Me mantendré en contacto.

Desconectó la llamada y puso la radio. Chaka Khan cantaba «Aint Nobody Love You Better». Si podéis escucharla sin mover los pies es que tenéis un serio problema de ritmo. Se metió por la autovía de Long Island en dirección este, hoy sorprendentemente despejada: normalmente era como un aparcamiento enorme que avanzaba al unísono cada par de minutos.

La gente siempre dice que los Hamptons, una zona pija de Long Island a la que van los manhattanitas a perderse para rodearse de otros manhattanitas, son mucho mejores fuera de temporada. Siempre te dicen eso de los lugares de vacaciones. La gente, casi toda formada por veraneantes, se pasa los meses de temporada alta quejándose, a la espera de alcanzar ese hito en forma de nirvana aparentemente despojado de aglomeraciones. Pero, y ésa era la parte que Myron no llegó a entender nunca, en temporada baja no hay nadie que vaya a los Hamptons. Nadie. El centro está tan muerto que desearía que de vez en cuando pasara alguna bola de polvo; los propietarios de comercios suspiran y no ponen nada de oferta; los restaurantes están menos llenos, claro, pero es que, además, están cerrados. Y, ya puestos a ser sinceros, sucede que el buen tiempo, las playas y la profusión de gente son las grandes atracciones del lugar. ¿Quién va a las playas de Long Island en invierno?

La escuela estaba en un barrio residencial con casas más viejas y modestas, un lugar en el que residen los habitantes de verdad de Long Island, ninguno de los cuales comparte mesa con Alec Baldwin y Kim Bassinger en Nick and Toni's. Myron dejó el coche en el recinto de una iglesia y siguió las indicaciones hasta el sótano de la rectoría. Una mujer joven, una especie de monitora de patio, recibió a Myron en el descansillo. Él le dio el nombre y le dijo que venía a ver a la señorita Joyce. La mujer asintió con la cabeza y le pidió que la siguiera.

El pasillo estaba en silencio, algo raro si se tiene en cuenta que se trataba de un centro de preescolar. Preescolar, otro término nuevo. En los tiempos de Myron, todo eran parvularios. Myron se preguntó cuándo había empezado a usarse el nuevo término y quién había decidido considerar que el término «parvulario» estaba anticuado. ¿Las enfermeras profesionales? ¿Las madres que dan el pecho? ¿Tal vez los bebés alimentados a base de biberón?

El silencio continuaba. Tal vez estaban de vacaciones, o era la hora de la siesta. Myron estaba a punto de preguntárselo a la monitora cuando la joven abrió una puerta. Miró dentro. Se había equivocado: la sala estaba a rebosar de niños, probablemente había unos veinte, y todos ellos trabajaban a solas y en silencio absoluto. La maestra mayor le miró y sonrió. Le susurró algo al niño con el que estaba trabajando -estaban haciendo algo con cubos y letras- y se levantó.

– Hola -le dijo en voz baja.

– Hola -le susurró también Myron.

La maestra se inclinó hacia la monitora joven:

– Señorita Simmons, ¿quiere ayudar a la señora McLaughlin?

– Claro.

Peggy Joyce llevaba un jersey amarillo desabrochado encima de una blusa con botones hasta arriba, con volantes en el cuello. Sobre el pecho le colgaban unas gafas de media luna con una cadenita.

– Podemos hablar en mi despacho.

– De acuerdo. -La siguió. El lugar era tan silencioso como, bueno, como un lugar sin niños. Myron le preguntó:

– ¿Les da usted Valium a los niños?

La mujer sonrió:

– Sólo un poco de Montessori.

– ¿Un poco de qué?

– No tiene usted hijos, ¿no?

La pregunta le provocó una punzada, pero respondió negativamente.

– Es una filosofía educativa creada por la doctora Maria Montessori, la primera mujer médico de Italia.