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Y él se había enamorado de ella. Apasionadamente. Mucho más apasionadamente de lo que un hombre debía enamorarse de una mujer.

Al final del verano, había vuelto a Minneapolis, donde lo estaba esperando Donna, dispuesta a ayudarlo a olvidar su obsesión por Sam. Donna era todo delicadeza y feminidad. Donna Smythe jamás le llevaba la contraria. Le reía las bromas, hacía lo que le pedía y le sonreía con adoración. Era todo lo contrario de Sam.

La vida entera de Donna tenía como único objetivo hacer feliz a Kyle. Y para cuando Kyle había decidido que no podía continuar con aquella farsa, para cuando estaba empezando a aburrirse de su atención y de sus sonrisas, los habían atrapado juntos en la cama. Como un estúpido, se había dejado arrastrar al matrimonio. Para sacar a Sam de su corazón y de su cabeza, se había casado con una mujer que supuestamente le convenía, una mujer de su misma clase… Y se había sentido miserable. Toda su familia estaba emocionada con aquella boda…Toda, excepto Kate.

Ella se había encargado de recordarle que era muy joven, que había muchas mujeres en el mundo y que aquella educada belleza podía no ser lo que realmente quería. Pero estaban en juego el orgullo de Kyle y la reputación de Donna. Además, él la quería, no con la pasión con la que había adorado a Sam, pero, a su manera, la quería.

El matrimonio estaba condenado al fracaso desde el principio. Kyle no podía soportar aquella sensación de estar prisionero. Asistían periódicamente al club de campo, estudiaba por las noches y trabajaba en el negocio de la familia, tal como su mujer quería. Donna estaba segura de que algún día tendría que dirigir el imperio financiero de su abuelo, cuando a él era lo último que le apetecía.

Poco después de la boda, cuando habían comenzado las peleas y se había hecho evidente que las ambiciones de Donna estaban muy lejos de las suyas, Kyle había llegado a la conclusión de que estaba atrapado para siempre con una mujer a la que no conocía, una mujer de sonrisa hipócrita que no lo veía como un hombre, sino como una suerte de trofeo. Donna intentaba decirle cómo tenía que vestir, qué coche debían tener y adonde debían ir para asegurarse de heredar lo que debía ser suyo. Le advertía que vigilara de cerca a sus hermanos y a sus primos para no poner en peligro su herencia.

Aquello le hacía sentirse enfermo. Donna también hablaba de tener hijos y enviarlos a los mejores internados del país. Ella recibía clases de baile y música y acudía a todas las fiestas del club de campo.

En menos de cuatro meses, Kyle ya estaba desesperado. Las discusiones se transformaron en violentas peleas y Donna llegó a convertirse en un auténtico dragón, decidida a moldearlo a su manera. Cuando Kyle se enfrentaba con ella, le recordaba que había renunciado a numerosos pretendientes, todos ellos de muy buenas familias, para casarse con él. Le reprochaba lo decepcionada que estaba. Le decía que había vuelto diferente de Wyoming y que, fuera lo que fuera lo que le había ocurrido allí, no había sido en absoluto bueno.

Kyle disentía con ella en silencio.

Peleaban, Donna lloraba y él la consolaba. Durante algún tiempo, hacían después del amor, hasta que al final Kyle terminó durmiendo en la habitación de invitados. Y todo acabó una noche en la que Kyle se negó a asistir a una cena benéfica. Se había pasado el día trabajando con su padre, tratando con abogados y contables. No soportaba tener que pasar la velada con los pomposos amigos de Donna.

Aquella noche, en la soledad de su dormitorio, contemplaba las luces de Minneapolis. Pero sus pensamientos estaban en Wyoming, en aquel cielo salpicado por millones de estrellas. Se recordaba haciendo el amor con Sam bajo la luz plateada de la luna y se preguntaba por qué no podía conjurar la imagen de su esposa con idéntico deseo.

A la mañana siguiente, encontró a Donna en la cocina. El maquillaje no conseguía ocultar la irritación de sus ojos y un cigarro ardía entre sus dedos. No se había molestado en vestirse y una bata rosa mostraba sus hombros mientras permanecía sentada en la mesa, frente a las puertas de la terraza, en la que se amontonaba la nieve.

– Todo ha terminado -dijo, mordiéndose el labio.

– ¿Qué?

– No te hagas el tonto, no te va. Estoy hablando de nosotros, de ti y de mí y de este maldito matrimonio que has odiado desde el principio.

Kyle no podía mentir y Donna se deshizo en lágrimas, pero cuando él intentó abrazarla para consolarla, lo apartó violentamente. Ya había llamado a un abogado, le había preguntado por las posibilidades de anular su matrimonio y había puesto en funcionamiento todo el proceso.

– Pronto serás libre otra vez -le dijo por fin-. Eso es lo que quieres, ¿no?

– Creo que deberíamos hablar.

– ¿Por qué? No serviría de nada. No me quieres. En realidad nunca me has querido. Y ese verano… Parecías diferente cuando volviste de Wyoming, más vivo, más interesado -entrecerró los ojos un instante y se encogió de hombros-. Oh, diablos, eso ya no importa. Pensaba que podría hacer que me amaras, pero no lo he conseguido -se le quebró la voz y pestañeó con fuerza mientras apagaba el cigarro.

– Lo siento.

– No lo sientas -sorbió con fuerza y buscó un pañuelo en el bolsillo de la bata-. Sabía que no eras un hombre capaz de sentar cabeza, así que es normal lo que ha pasado. Lo único que me importa ahora es mi orgullo. Quiero poder decir que fui yo la que decidió que nos separáramos.

Kyle se marchó de casa esa misma noche. Se mudó a un apartamento amueblado y puso fin a ese matrimonio que en realidad nunca había empezado. Y una vez deshechas las ataduras legales, se juró olvidarse del matrimonió para siempre.

Pero entonces no contaba con que era padre. ¡Padre! Estuvo a punto de cortarse con la cuchilla.

Sin haber sido siquiera marido. Se empapó la cara de agua fría y se secó. Jamás se habría imaginado que tendría un hijo, y mucho menos que volvería a ver a Samantha Rawlings otra vez. Pero en aquel momento, gracias a su condenada herencia, le gustara o no, iba a tener que enfrentarse a esa mujer tan cabezota.

El problema era que Sam continuaba intrigándolo tanto como antes. Más incluso. Ya no era una niña, sino una mujer adulta con sus propias opiniones, un rancho y una hija que era también suya. Tan salvaje como el viento y tan seductora como las montañas que se elevaban hacia el oeste, Samantha Rawlings era demasiada mujer para Kyle.

Pero iba a tener que enfrentarse a ella.

Capítulo 7

– ¿Diga? -Samantha contestó el teléfono mientras Caitlyn, sentada en una de las sillas de la cocina, saboreaba un pedazo de tarta.

No hubo respuesta. Y no se oía el tono de la línea.

– ¿Diga? -el corazón le latía violentamente mientras esperaba-. ¿Hay alguien ahí?

Clic.

Quienquiera que fuera, había colgado. Sam se aferró con fuerza al teléfono. Seguramente, si alguien se hubiera equivocado, se habría identificado. Aquello tenía que tratarse de una broma, ¿pero quién podía ser?

– ¿No han contestado? -preguntó Caitlyn con la boca llena.

– Supongo que se habrán equivocado de número.

– Ya ha pasado otras veces.

– ¿Sí? ¿Cuándo? -Sam se dejó caer en una silla, sintiendo cómo le daba vueltas el estómago.

– Hace unos días.

– ¿Y has vuelto a tener la sensación de que alguien te estaba mirando? -preguntó Sam, sacando un tema que la aterraba mientras tomaba un vaso de té helado. Probablemente aquella sensación solo fuera producto de la imaginación de su hija, pero no podía ignorarla.