Caitlyn sacudió la cabeza.
– No, solo hay que esforzarse en encontrarlo.
– Quizá tenga razón -terció Kyle-.A lo mejor no nos esforzamos lo suficiente.
Sam tragó saliva y se metió las manos en los bolsillos.
– Eso fue hace mucho tiempo.
– Lo sé, pero…
– No funcionó y fin de la historia -su voz sonaba firme, como si quisiera cerrar cualquier discusión-. Y por hoy creo que ya es suficiente, ¿no os parece?
Kyle miró el reloj y frunció el ceño.
– Creo que tu madre vuelve a tener razón -le palmeó a Caitlyn la rodilla-. Ahora tengo que marcharme porque estoy esperando una llamada, pero volveré y pronto empezaremos a conocernos el uno al otro, ¿de acuerdo?
Caitlyn asintió y se quedó mirándolo con los ojos abiertos como platos.
– ¿Hay algo que quieras preguntarme? -quiso saber Kyle.
– ¿Puedo montar a Joker?
Kyle soltó una carcajada.
– Como ya te dije en otra ocasión, eres una mujer de ideas fijas.
– En eso estamos completamente de acuerdo -comentó Sam.
– Hablaré con Grant -le prometió Kyle-, y veremos lo que dice tu madre. Buenas noches -afortunadamente, no intentó besar a su hija ni nada parecido. Salió por la puerta de la cocina y Sam dejó escapar un suspiro de alivio mientras la camioneta desaparecía en la noche.
Caitlyn se retorció entonces en sus brazos.
– No me lo dijiste -le reprochó-, ¿por qué?
– Porque pensaba que era lo mejor. Pero es evidente que cometí un error.
– Insisto, Kyle, hay algo que no encaja -la voz de Rebecca le retumbaba en los oídos. En aquel momento era incapaz de enfrentarse a sus rocambolescas teorías sobre si su abuela estaba o no muerta-. Mi madre era una magnífica piloto.
– Pero el aparato tuvo un fallo.
– ¿Por qué? Mi madre revisaba todos los aparatos mecánicos antes de cada vuelo. Yo hablé con el encargado del mantenimiento del avión y me dijo que estaba en perfecto estado el día que ella voló.
– Era un avión, Rebecca. Y los aviones a veces se estrellan.
– No sin una razón determinada.
Kyle casi podía oír el movimiento de los engranajes de su cerebro. En su opinión, Rebecca estaba un poco descentrada y, siendo escritora de novelas de misterio, a veces tenía dificultades para distinguir la realidad de la ficción.
– ¿Entonces estás insinuando que el avión no tuvo ningún fallo?
– No, todavía no sé lo que estoy diciendo, salvo que hay algo que me huele a chamusquina. Mi madre era demasiado prudente para tener un accidente de ese tipo.
– ¿Kate prudente? ¿Estamos hablando de la misma persona? La abuela se tomaba los desafíos como si fueran un vaso de agua helada.
– Pero no era imprudente -insistió Rebecca-. Mira, quiero contratar a un detective privado para que investigue los restos del avión.
– Sí, ya me he enterado. Pero no entiendo por qué. Eso no nos va a devolver a Kate.
– Simplemente lo tengo que hacer, ¿de acuerdo? Y he pensado que toda la familia debería saberlo.
– Me cuesta creer que estés haciendo una cosa así.
– Pues créelo, Kyle, y confía en mí. Algo ocurrió en la selva amazónica y pretendo averiguar lo que fue.
Kyle colgó el teléfono desesperado. Diablos, no tenía tiempo de ocuparse del último misterio de Rebecca, aunque en ese misterio estuviera implicada Kate. No, él ya tenía demasiados problemas a los que enfrentarse, el menor de los cuales era aprender a dirigir aquel rancho.
Después de haberle confesado a Caitlyn que era su padre, no sabía qué hacer con ella. Por supuesto, tenía que empezar a conocerla mejor, ¿pero qué haría después, cuando vendiera aquel pedazo de tierra y regresara a Minneapolis, o a donde quisiera que terminase? ¿Qué ocurriría entonces? ¿O debería quedarse?
Salió fuera y miró hacia el horizonte. Los pastos y los arbustos de artemisa se extendían hasta las montañas. A partir de allí, los pinos y los abetos trepaban hasta las cotas más altas.
Kyle agarró con la mano una de las vigas del porche y soltó una maldición. Si quería ser fiel a la verdad, tenía que reconocer que Caitlyn solo era parte del problema. El resto de su problema era Sam.
– ¡Pero tú siempre dices que no está bien mentir! -exclamó Caitlyn mientras trabajaba con su madre en el jardín.
– Y está mal, lo sé. Pero yo era joven y, oh, Caitlyn -miró hacia el cielo, donde las nubes surcaban el cielo empujadas por la brisa-. Cometí un error, ¿qué puedo decirte? Lo siento.
– ¿De verdad lo sientes?
– ¡Sí, lo siento! ¿Por qué no me crees?
– Porque eres una mentirosa -Caitlyn, que estaba de un humor pésimo desde que se había levantado aquella mañana, dejó caer la manguera con la que estaba regando y se cruzó de brazos-. Podría haberlo conocido, haberle hablado a otros niños de él y no me habrían llamado todas esas cosas si me lo hubieras dicho.
– Ya te he dicho que lo siento.
– ¿Y ahora pasaré los fines de semana con él, como Nora Petrelli con su padre?
– ¡No! Oh, sinceramente, no sé lo que va a pasar. Tendremos que ir viendo poco a poco lo que pasa.
– Voy a llamar a Tommy, y a Sarah y a…
– Todavía no, ¿de acuerdo, cariño? No hasta que se lo contemos a la familia. Hoy iremos a ver a la abuela y dejaremos que Kyle se lo cuente a sus hermanos -no se atrevía a imaginar siquiera lo que diría el resto de los Fortune.
– ¿Tengo primos? -Caitlyn recuperó la manguera y continuó regando.
– Probablemente decenas.
– ¡Genial! ¿Y cuándo voy a conocerlos? -estaba encantada de saber que formaba parte de una familia tan grande.
– En cuanto Kyle se lo diga a todo el mundo -a Sam se le encogió el corazón al pensar que, desde aquel día, no podría tomar ninguna decisión concerniente al futuro de su hija sin consultar antes con Kyle.
El sol se ocultaba en el horizonte mientras Kyle se limpiaba la grasa de las manos. Después de haber revisado los postes por la mañana, había dedicado la tarde a hacer una especie de inventario, revisando la maquinaria, los cobertizos e intentando averiguar lo que debería vender, lo que había que reparar y el dinero que tendría que invertir en aquel lugar antes de poder venderlo a un precio que mereciera la pena.
Como si alguien fuera a comprar aquel remoto lugar. Kate podría haber dejado estipulado que tendría que vivir seis meses en el rancho antes de venderlo, pero, siendo realista, probablemente tendría que quedarse cerca de un año para sacarle algún provecho.
Durante la semana anterior, había conocido a los tres trabajadores del rancho. Randy Herdstrom con dos hijos y una pequeña casa de su propiedad, parecía más que capaz de encargarse del ganado, controlar el equipo y tratar con posibles compradores. Los otros dos, Carson y Russ, eran más jóvenes y fuertes, capaces de pasarse el día haciendo zanjas, marcando y castrando el caballo y pasar las noches nadando en cerveza y jugando con las mujeres de la taberna de Lona Elder. En realidad, a Kyle no le importaba lo que hicieran los trabajadores durante su tiempo libre. Lo único que él quería era que desempeñaran bien su labor.
Mientras continuaba limpiándose la grasa, fijó la mirada en las cabezas de ganado. Parecían satisfechas, tranquilas. Sentimientos que Kyle no había experimentado prácticamente jamás.
Él siempre había sido una persona inquieta, pero si tenía que ser fiel a la verdad, tenía que reconocer que sus días más plácidos los había pasado en aquel rancho, recorriendo aquellas vastas hectáreas de tierra, montando a caballo o haciendo el amor con Sam. Siempre Sam. La madre de su hija.
Se había obligado a no acercarse a su casa porque imaginaba que madre e hija necesitaban tiempo para acostumbrarse a la nueva situación.
Y porque todavía no había sido capaz de olvidar la sencilla pregunta de su hija: «¿por qué no podéis casaros?». Tanto Sam como él habían esquivado la pregunta, pero había una parte de él, probablemente la que se sentía más culpable, que consideraba la sugerencia de Caitlyn con interés. Sam y él no estaban enamorados, ¿pero y qué? La mayoría de la gente se casaba por razones que tenían muy poco que ver con el amor. Ni siquiera tendrían que vivir juntos. Él podría ayudarlas económicamente, quedarse con ellas cuando estuviera en Wyoming… No, no funcionaría. Él quería estar cerca de su hija y no podía imaginarse a Sam yéndose a vivir a Minneapolis.