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Hacia el norte, en la línea del horizonte, imagina que puede divisar el resplandor de las fogatas de una comuna. Como el destello de un diamante a la luz del sol. Los campesinos danzando. Sus grotescos ritos. Pidiendo fertilidad para sus tierras. ¡Dios bendiga! Todo sea para lo mejor. Siegmund sonríe. Abre sus brazos al máximo. Si pudiera tan sólo abrazar las estrellas, quizá descubriría a dios. Avanza hasta el borde de la plataforma de aterrizaje. Una alambrada y un campo de fuerza le protegen de las ráfagas de viento que a aquella altura le arrastraría ululando hacia la muerte. Son muy fuertes aquí. Al fin y al cabo, son tres kilómetros de altitud. Una aguja apuntando al ojo de dios. Si tan sólo pudiera brincar hacia el cielo. Desde lo alto su mirada podría dominarlo todo, ver la constelación Chipitts bajo él, las alineaciones de torres, las tierras cultivadas rodeándolas, el milagroso ritmo urbano de la verticalidad uniéndose al milagroso ritmo comunal de la horizontalidad. Qué hermoso es el mundo esta noche. Siegmund echa hacia atrás la cabeza. Sus ojos brillan. Y aquí está dios. El santificador tenía razón. ¡Aquí está! ¡Aquí! ¡Espera, estoy llegando! Siegmund sube a la alambrada. Vacila un poco. Las ráfagas de viento le abofetean. Ahora se halla por encima del campo de fuerza. Tiene la impresión de que es el edificio el que se está moviendo bajo él. Piensa en el calor corporal generado por 888.904 seres humanos viviendo bajo el mismo techo. Piensa en la gran cantidad de productos que diariamente van a parar a las tolvas. Y todas esas vidas encadenadas. El tablero de distribución. Y dios velando sobre todo nosotros. ¡Estoy llegando! Estoy llegando. Siegmund flexiona sus rodillas, tensa sus músculos, inspira profundamente. Y se lanza hacia dios en un salto espléndido.

Ahora el sol matutino está ya lo suficientemente alto como para iluminar las cincuenta últimas plantas de la Monada Urbana 116. Muy pronto toda la fachada oriental del edificio brillará como la superficie del mar al amanecer. Miles de ventanas, activadas por los primeros fotones del alba, se desopacifican. Los durmientes se desperezan. La vida prosigue. ¡Dios bendiga! Está empezando otro nuevo día.

Fin