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Conocía perfectamente sus horarios, sus hábitos, sus rutinas, de modo que un día, haciéndome el encontradizo, la abordé cuando salía del colegio. Puesto que los dos nos dirigíamos a casa, fingí que me parecía normal acompañarla, así que me coloqué a su lado intentando ajustar mis pasos a su ritmo y empecé a hablar de cualquier cosa. Como ella, más que andar, se deslizaba, mi trote, a su lado, resultaba algo grotesco. Yo era consciente de esto, también de que mis zapatos estaban torcidos, que mis calcetines no se sostenían sobre las piernas, que mis pantalones cortos eran demasiado largos (un gracioso de mi clase decía que resultaba imposible saber si eran largos que me estaban cortos o cortos que me estaban largos), que mi camisa era un desastre. De todos modos, balbuceé, creo, alguna frase inconexa a la que ella no respondió. En un par de ocasiones, dada nuestra proximidad (la acera era muy estrecha), el envés de mi mano derecha rozó el de su mano izquierda, de la que sostenía la cartera, provocando en mis extremidades una serie de desórdenes motores que intenté ocultar con palabras atropelladas sobre esto o aquello. Poco antes de alcanzar nuestra calle, María José se detuvo y sacó de la cartera un lápiz y un pedazo de papel en el que escribió con la mano izquierda (¡con la mano izquierda!): «No puedo hablar, estoy de ejercicios espirituales.»

Se trataba de una salida completamente inesperada para mí, por lo que me limité a asentir firmemente con la cabeza, dando a entender que me hacía cargo de la gravedad de la situación y que solicitaba sus disculpas, no había estado en mi ánimo interrumpir su recogimiento espiritual. Por otra parte, María José daba siempre la impresión de estar de ejercicios espirituales, lo que convenía mucho a sus formas físicas, incluso a su fondo inmaterial. La acompañé, pues, sin pronunciar una sola palabra, hasta la tienda, donde hice con las cejas un gesto de despedida.

Dios aparecía cuando menos lo esperabas, ya fuera en forma de hombre que te preguntaba por qué rompías un farol, ya en forma de chica realizando ejercicios espirituales. Desde que era agente de la Interpol me había olvidado de Él, como si la religión ya no formara parte de mi proyecto existencial. Eso no quiere decir que hubiera dejado la confesión, la comunión o la misa (habría sido imposible: eran obligatorias), sino que las practicaba también como tapadera de mi actividad clandestina. En alguna ocasión, por cierto, estuve tentado de incluir en mis informes semanales los movimientos llevados a cabo por los curas del colegio, pero el instinto me señalaba acertadamente que no debía hacerlo. Llegué a escribir un par de borradores sobre el prefecto de disciplina, al que le gustaba pegar a los niños; no hacía otra cosa a lo largo de la jornada. Pegaba en horario de jornada partida, de nueve a catorce y de quince treinta a diecinueve. Por fortuna, el colegio era muy grande y, de no ser que le atrajeras mucho, podías pasar sin que te pegara quince o veinte días. Yo no era uno de sus preferidos, por lo que apenas abusaba de mí.

Me había olvidado de Dios, decía, pero Él había regresado a mí utilizando a María José como vehículo. El misticismo de aquella chica fantasmal me señaló una dirección hacia la que dirigir (o con la que sublimar) los primeros ataques de la testosterona. Creo que comprendí oscuramente la relación entre las expresiones de dolor de las estatuas de la Virgen y aquellos desórdenes biológicos que ponían todo patas arriba. María José pertenecía a ese mundo de vírgenes dolorosas en el que todo estaba patas arriba y controlado al mismo tiempo.

No puedo hablar, estoy de ejercicios espirituales.

Guardé la nota entre las páginas del álbum de cromos sobre el FBI y la Interpol. Y cada vez que volvía a ella para saborear cada letra, cada palabra, evocaba el gesto de María José al escribirla. El hecho de que fuera zurda me pareció una señal. Significaba que también ella se encontraba en un mundo al que no pertenecía. Durante las siguientes semanas intenté actuar a ratos, por identificación, como un zurdo, descubriendo de este modo mi lado izquierdo. Quedé admirado de la poca atención que le prestamos. En casa, la única persona que advirtió que cogía la cuchara con la mano izquierda fue mi madre, que, sin decirme nada, me observaba con preocupación, quizá con curiosidad. Durante estos días remotos de mi infancia se fraguó, sin que yo lo supiera entonces, el argumento de Dos mujeres en Praga, una novela que publiqué en 2002 y que constituyó mi último homenaje a María José. En ella hay un personaje homónimo que pretende, siendo diestro, escribir una novela con la mano izquierda. Lo que persigue, en realidad, es escribir un relato zurdo, de izquierdas. A veces nos preguntan cómo surge el argumento de una novela y tenemos que callar o mentir porque la justificación real es demasiado inverosímil. ¿Cómo explicar que el de Dos mujeres en Praga comenzó a nacer entonces, cuando ni siquiera sabía que iba a ser novelista? Curiosamente, nadie me preguntó por qué aquel personaje se llamaba María José, cuando resulta evidente que no es un nombre de personaje de novela. A veces, en las novelas se filtran fragmentos de realidad que dejan manchas de humedad, como una gotera en la pared de una habitación.

Al día siguiente volví a hacerme el encontradizo con María José y le pasé una nota en la que le preguntaba cuándo terminaría los ejercicios espirituales.

Ella dejó la cartera en el suelo, entre las piernas, y sacó del bolsillo de la falda una pluma estilográfica con la que escribió «Mañana» en la palma de su mano derecha. Hice un gesto de asentimiento y la acompañé de nuevo hasta su casa en silencio absoluto, maravillado en esta ocasión por la pluma estilográfica. Podría contar con los dedos de una mano los compañeros que tenían pluma estilográfica. Mateo no sólo era espía, era rico también. Si algo faltaba para que me enamorara perdidamente de aquella chica, aquí estaba este dato económico que añadía un ingrediente de lucha de clases a una historia de amor.

María José terminó los ejercicios espirituales el viernes. Durante el fin de semana siguiente aceché la tienda de ultramarinos y sus alrededores, pero no salió o yo no la vi salir. Tenía, de la época en la que me relacionaba con su hermano, la experiencia de que podía disgregarse como una columna de humo ante tus propios ojos. Pero en esta ocasión ni siquiera llegó a manifestarse. Tuve, pues, que esperar al lunes, y hacerme una vez más el encontradizo.

– ¿Eres zurda? -le pregunté nada más abordarla, pues no se me ocurrió de qué otra cosa hablar.

– Sí -dijo deslizándose un poco más de prisa de lo normal, lo que me obligó a acelerar el paso.

Luego, mirando a un lado y a otro, como si estuviéramos vigilados, me explicó que al principio, en el colegio, habían intentado obligarla a escribir con la derecha, pero que su padre, tras consultar a un médico, fue al colegio y organizó un escándalo para que la dejaran trabajar con la izquierda. Eso era un padre, pensé yo suspirando por convertirme en su hijo. Le confesé que llevaba varios días intentando hacer las cosas con la izquierda (vivía con el lado izquierdo en realidad), pero que resultaba muy difícil.

– Tiene mucho mérito -añadí- hacerlo todo con ese lado del cuerpo.

– Si eres zurdo -respondió ella con una lógica aplastante-, no.

– Aun así -insistí yo.

Ella reconoció entonces parte de su mérito explicándome que el mundo estaba pensado «por un diestro y para un diestro». Me señaló, por ejemplo, que las tijeras no se podían utilizar con la mano izquierda, porque no cortaban, que los interruptores de la luz estaban situados en lugares donde la mano derecha llegaba antes que la izquierda, lo mismo que los pomos de las puertas, los utensilios de cocina y la cadena del retrete (alusión que no me gustó). Me lo explicó de tal modo que comprendí que vivía realmente en otro mundo, en otra dimensión a la que yo quería pertenecer también, a la que quizá pertenecía sin saberlo, pues me pregunté entonces si no sería un zurdo al que habían obligado desde la cuna a hacer las cosas con la mano derecha, de tal modo que había olvidado su verdadera condición. Si no pertenecía al mundo en el que me encontraba, y eso era evidente, tenía que pertenecer a otro, y ese otro podía ser el de los zurdos.