Entretanto, llegamos a mi hotel, frente a cuya puerta nos detuvimos y nos miramos a la cara. Ella peinaba la cola de caballo de toda la vida, quizá sujeta con la misma goma. Por lo demás, llevaba unos pantalones vaqueros y una chaqueta del mismo tejido sobre una camiseta roja. Las cejas, tan anchas y tan negras, parecían ocultar a alguien que no era ella y que sin embargo me miraba desde sus ojos. Continuaba habitada, pero no parecía ser consciente de ello. Tuve la fantasía de que todavía podía ocurrir algo entre nosotros (entre quien la ocupaba y yo, quiero decir), de modo que la invité a tomar una copa en el bar del hotel. Eran casi las dos de la mañana. El bar, tal como yo había previsto, estaba cerrado, por lo que sugerí que subiéramos a mi habitación. Dudó unos instantes, pero al fin me siguió hasta el ascensor.
Me habían dado una habitación doble, de modo que ella se sentó en el borde de una de las camas y yo, tras sacar las bebidas de la nevera y servirlas en un par de vasos, en el de la otra. Me pareció que la situación, violenta como todas las nuestras, resultaba por primera vez más difícil para ella que para mí. Entonces sacó del bolso una caja de metal de la que tomó un canuto de hierba que encendió con naturalidad, pasándomelo tras un par de caladas. Yo tenía una relación complicada con la hierba. Me hacía un efecto exagerado, no siempre en la misma dirección. Cuando me caía bien, volaba. Cuando no, me provocaba ataques de pánico que se prolongaban tanto como duraban sus efectos (he relatado, en parte, mis relaciones con esta droga en La soledad era esto). Di una calada cautelosa y otra un poco más decidida, evitando beber del whisky que me había servido, para no mezclar. Me cayeron bien, muy bien incluso, relajándome de la tensión de todo el día (de toda la vida para hablar con exactitud). Me eché hacia atrás, apoyando los codos sobre el colchón, y observé a María José con una sonrisa.
– ¿De qué te ríes? -dijo ella.
– No me río. Es la cara que pongo cuando me sale bien una frase. Esta frase me ha salido bien. Llevo horas imaginando que acabaríamos así, en mi habitación, solos.
– ¿Llevas horas imaginando esto?
– En realidad -respondí-, llevo toda la vida imaginando esto.
– ¿Y cuál es el siguiente paso, la siguiente frase?
Con la seguridad que me proporcionaba la hierba me incorporé como si me encontrara en el interior de un sueño y acerqué mi rostro al de ella, buscando sus labios. Pero me detuve unos centímetros antes de alcanzarlos, sin dejar de observarla, y en ese instante descubrí que quien me miraba desde sus ojos era el Vitaminas, que estaba dentro de ella.
– ¿Qué pasa? -preguntó.
– Me he acordado de tu hermano -dije regresando a mi posición inicial-. Fui muy amigo suyo. A veces me he preguntado -añadí como si se tratara de una idea antigua, aunque se me acababa de ocurrir en ese instante- si le buscaba a él en ti.
– Pues lo puedes buscar en otra parte -dijo con frialdad pasándome el canuto de nuevo-, porque apenas tuvimos relación. Seguramente lo conociste tú mejor que yo.
Sería por los efectos de la hierba, pero lo cierto es que al otro lado de los ojos de María José se encontraba mi amigo de la infancia. Se asomaba a ellos como a un balcón, haciéndome guiños, buscando mi complicidad, quizá invitándome de nuevo a ver la Calle, esta vez desde la cabeza de su hermana, que tenía también algo de sótano. Intenté, tras dar otra calada, entrar en ella, en la cabeza, con idénticas precauciones con las que en otra época bajaba al sótano. La cabeza de María José era más oscura que la bodega de su padre, pero imaginé que llevaba una vela con la que me iba alumbrando a través de las galerías que componían su pensamiento, sus contradicciones, sus miedos, sus convicciones de manual marxista de autoayuda. Y de este modo, paso a paso, llegué a la zona de los ojos y me coloqué junto al Vitaminas, para ver qué había al otro lado. Y al otro lado estaba yo, recostado sobre la cama de enfrente, coqueteando con mi historia. Observado desde los ojos de María José, veía en mí a un novelista joven que se encontraba en un hotel de la calle 42, en Nueva York, en Manhattan, en el centro del mundo como el que dice. Quizá un novelista equivocado, un tipo que acertaba en las cuestiones periféricas, pero al que se le escapaba la médula. Un tipo bien intencionado, de izquierdas desde luego, pero de una izquierda floja, uno de esos compañeros de viaje, un tonto útil, aprovechable en los estadios anteriores a la Revolución, pero a los que convenía fusilar al día siguiente de tomar el poder. Un tipo, por qué no, con el que se podía follar, incluso al que se podía leer para hacer tiempo, mientras las condiciones objetivas hacían su trabajo y las contradicciones internas del sistema aceleraban la llegada de la Historia.
Pero al tipo se le habían acabado de repente las ganas de follar. El tonto útil sólo quería continuar asomado a los ojos de María José, dándole algún que otro codazo cómplice al Vitaminas. Fíjate adonde he llegado, amigo, casi al cuartel general de la Interpol, que debe de andar por una de estas calles. Mírame en el centro mismo del universo, teniendo al alcance de la mano, de los labios, quizá de la polla, a la chica que nunca me hizo caso. Entonces comprendí de súbito que uno se enamora del habitante secreto de la persona amada, que la persona amada es el vehículo de otras presencias de las que ella ni siquiera es consciente. ¿Por quién tendría que haber estado habitado yo para despertar el deseo de María José?
– ¿Por quién tendría que haber estado habitado yo -dije en voz alta- para despertar tu deseo?
– ¿Qué dices?
– Te lo preguntaré de otro modo: ¿Por quién estoy habitado desde que nos conocemos para haber provocado tu rechazo? ¿A quién ves en mí que tanto te disgusta?
María José se tomó su tiempo. Apuró el canuto hasta el filtro, se tragó el humo, lo mantuvo en los pulmones, expulsó los restos de la combustión y mató la colilla sobre el cristal de la mesilla de noche (el cenicero le caía lejos). Después me observó largamente y dijo:
– Estabas habitado por mi hermano, todavía lo estás. Por eso te tenía aversión, pero también amor. Si no te hubiera tenido aversión, no te habría rechazado como lo he hecho a lo largo de todos estos años. Pero si no te hubiera tenido amor no estaría, a las tres de la madrugada, en la habitación de tu hotel, no habría ido a verte a la universidad, no habría leído tus novelas, no te habría seguido desde tu primera aparición pública, no habría recortado las noticias, por pequeñas que fueran, que leía en los suplementos literarios o en las revistas especializadas, no habría conspirado para que la universidad te invitara a dar una conferencia, que vaya mierda de conferencia, por cierto, que nos has dado.
– Pues ha gustado mucho -dije yo sonriendo.
– Y qué esperabas. El hispanismo es un consumidor voraz de sentimentalismo barato y tú has estado barato; eficaz, no lo niego, pero barato y vagamente zen, por eso les has gustado tanto.
Le pregunté si no le había conmovido ni poco ni mucho la historia del ferretero y me confesó que no la había entendido.
– El ferretero -añadí- era en realidad un tendero de ultramarinos, un tal Mateo, o sea, tu padre.
– ¿Y qué tenía que ver mi padre con la Interpol?
Entonces le conté que el Vitaminas, su hermano, me había revelado un día que su padre pertenecía a la Interpol. Le hablé de los informes que sobre la gente del barrio escribía para él. Le relaté cómo tras la muerte del Vitaminas yo me había ofrecido a Mateo para continuar aquella labor de información. Le narré cómo le pasaba de forma clandestina un informe semanal y cómo, a cambio de él, su padre me entregaba diez céntimos. Le describí cómo esa fantasía se había hecho añicos al poco de que ella me rechazara. Y mientras la ponía al corriente de aquella infancia miserable, me veía desde los ojos de ella y juro que el tipo que contaba aquellas historias era un treintañero atractivo, al menos aquel día exacto y a aquellas horas de la madrugada en la que estaba llevando a cabo, sin saberlo, un arqueo de mi vida, un inventario de existencias. Siempre me había producido asombro la expresión «Cerrado por inventario» que las tiendas colgaban una vez al año sobre su entrada. Yo, aquella noche histórica, estaba cerrado por inventario.