– Así que llegas allí, Simkov te deja pasar. ¿Entonces qué?
– Al principio todo iba bien. Normalmente íbamos a alguno de los apartamentos de más abajo, pero ese día era el ático. Estaba lleno de gente guapa y había buen materiaclass="underline" coca, algo de caballo. El crack apareció un par de días más tarde. Luego la meta. Y a partir de ahí fue todo cuesta abajo.
Will recordó el lamentable estado en el que se encontraba el apartamento.
– Debió de ser muy rápido.
– Sí, bueno. Los drogadictos no son gente muy comedida. -Se rio al recordarlo-. Hubo un par de broncas, y algunas putas se metieron por en medio. Luego llegaron los travelos y… -Lola se encogió de hombros, como diciendo «¿Qué esperabas?»
– ¿Y el niño?
– El niño estaba en su habitación cuando yo llegué. ¿Tienes hijos?
Will dijo que no con la cabeza.
– Chico listo. Angie no es lo que se dice muy maternal.
Will no se molestó en darle la razón, porque ambos sabían que era la pura verdad.
– ¿Qué hiciste cuando encontraste al bebé?
– El apartamento no era un lugar muy adecuado para él. Lo veía venir. Aquello empezaba a llenarse de gente muy poco recomendable. Simkov estaba dejando pasar a todo el mundo. Me llevé al niño al pasillo.
– Al cuarto de la basura.
Lola sonrió.
– En aquella fiesta nadie se molestaba en tirar las cosas al cubo.
– ¿Le diste de comer?
– Sí -dijo Lola-. Utilicé lo que había en los armarios de la cocina y le cambié el pañal. También lo hacía con mis niños, ¿sabes? Como te decía, te los dejan durante un tiempo antes de quitártelos. Aprendí a darles de comer y todo ese rollo. Cuidé muy bien de él.
– ¿Por qué lo dejaste allí? -le preguntó Will-. Te detuvieron en la calle.
– Mi chulo no sabía nada de aquel rollo… No estaba de servicio, solo me divertía un poco. Pero se enteró y me dijo que volviera al tajo, y eso fue lo que hice.
– ¿Y cómo volviste arriba a cuidar del bebé?
Ella agitó un puño arriba y abajo.
– Le hice una paja a Simkov y me dejó pasar.
– ¿Por qué no me dijiste que había un niño involucrado en todo eso cuando me llamaste la primera vez?
– Pensaba que podría seguir cuidando de él cuando saliera -admitió-. Estaba haciendo un buen trabajo, ¿no? Estaba haciendo algo bueno por él, le daba de comer y le cambiaba los pañales. Es un niño precioso. Tú le has visto, ¿eh? Sabes que es una monada.
Aquel precioso niño estaba deshidratado y al borde de la muerte cuando lo vio Will.
– ¿De qué conocías a Simkov?
Lola se encogió de hombros.
– Otik es un buen cliente, ¿entiendes? -Señaló hacia la calle-. Lo conocí aquí en la Milla de Oro.
– A mí no me parece lo que se dice un buen tipo.
– Me hizo un favor dejándome subir. Me saqué una buena pasta. Cuidé del niño. ¿Qué más quieres de mí?
– ¿Sabía Angie lo del crío?
Lola tosió desde lo más profundo del pecho. Cuando escupió en la acera Will notó que se le revolvía el estómago.
– Eso vas a tener que preguntárselo a ella.
Se echó el bolso al hombro y fue a reunirse con su grupo.
Will sacó su móvil mientras se dirigía hacia el coche. El aparato estaba en las últimas, pero aun así consiguió hacer la llamada.
– ¿Sí? -dijo Faith.
Will no quería hablar de lo que había sucedido esa tarde, así que no le dio ocasión de pronunciar palabra.
– Acabo de hablar con Lola. -Will le contó lo que le había dicho la prostituta-. Simkov la llamó para que se ganara unos pavos extra. Y de paso se quedó con un buen pellizco, seguro.
– Quizá podamos usar eso en su contra -respondió Faith-. Amanda quiere que hable mañana con Simkov. Veremos si su versión coincide con la de Lola.
– ¿Qué has podido averiguar de él?
– No mucho. Vive en el edificio, en el bajo. Se supone que tiene que estar en su puesto desde las ocho hasta las seis, pero últimamente han tenido algunos problemas con eso.
– Supongo que por eso le dijeron que tenía quince días para marcharse.
– No tiene antecedentes. Y su cuenta corriente está saneada, como no paga alquiler… -Faith hizo una pausa y Will la oyó pasar las páginas de su libreta-. Encontramos algo de porno en su apartamento, pero nada de pedofilia ni perversiones. Y su registro telefónico está limpio.
– Me pareció entender que dejaba pasar a cualquiera siempre y cuando soltara la pasta suficiente. ¿Te ha dado algo Anna Lindsey?
Faith le contó su infructuosa conversación con la mujer.
– No sé por qué no quiere hablar. Puede que esté asustada.
– O puede que piense que si lo aparta de su mente, si no habla de ello, desaparecerá.
– Supongo que eso funciona si uno tiene la madurez emocional de un niño de seis años. -Will prefirió no tomarse aquello como algo personal-. Revisamos el libro de visitas del edificio. Había un técnico del cable y un par de repartidores. He hablado con todos ellos, y con los que se encargan del mantenimiento del edificio. Lo están verificando. No tienen antecedentes y sus coartadas son muy sólidas.
Will se subió al coche.
– ¿Qué hay de los vecinos?
– Por lo visto nadie sabe nada, y esa gente es demasiado rica para rebajarse a hablar con la policía.
Will ya había tropezado antes con ese tipo de gente. No querían verse involucrados, ni tampoco que sus nombres figuraran en los archivos.
– ¿Alguno conocía a Anna?
– Lo mismo que con las demás: los que la conocían no la tenían en gran estima.
– ¿Y qué han dicho los de la científica?
– Los resultados deberían estar mañana por la mañana.
– ¿Y los ordenadores?
– Nada, y todavía no tenemos las órdenes para el banco, así que no hay acceso al móvil de Olivia Tanner, ni a su BlackBerry, ni a su ordenador del trabajo.
– Nuestro asesino es más listo que nosotros.
– Sí -admitió Faith-. Parece que volvemos a estar en un callejón sin salida.
Hicieron un alto en la conversación. Will buscó algo que decir, pero Faith le ganó por la mano.
– Amanda y yo interrogaremos al portero a las ocho de la mañana, luego tengo una cita a la que no puedo faltar. Es en Snellville.
Will no era capaz de imaginar para qué podía necesitar alguien ir a Snellville.
– Imagino que tardaré una hora, más o menos. Con un poco de suerte ya tendremos identificado a Jake Berman para entonces. También tenemos que hablar con Rick Sigler. Es más escurridizo que una anguila.
– Es blanco y tiene cuarenta y tantos.
– Amanda me dijo lo mismo. Envió a alguien a hablar con él esta mañana. Estaba en casa con su mujer.
– ¿Negó haber estado en la escena del crimen? -gruñó Will.
– Al parecer lo intentó. Ni siquiera reconoció que estaba con Jake Berman, lo cual me confirma que era un rollo de una noche. -Faith suspiró-. Amanda ha ordenado que sigan a Sigler, pero está limpio. No tiene ningún alias, ni múltiples direcciones, nació y se crio en Georgia. Tiene sus expedientes académicos desde el parvulario hasta el instituto en Conyers. No hay indicios de que haya estado alguna vez en Michigan, y por descontado nunca ha vivido allí.
– La única razón por la que seguimos atascados con esto del hermano es que Pauline McGhee le advirtió a su hijo de que tuviera cuidado con su tío.
– Es cierto, pero ¿qué otra pista tenemos? Si seguimos dándonos contra el muro se nos va a llenar la cabeza de chichones.
Will esperó unos segundos.
– ¿Qué clase de cita tienes mañana?
– Es un asunto personal.
– Vale.
Después de aquello ninguno de los dos tenía nada más que decir. ¿Por qué le resultaba tan fácil a Will sincerarse con Sara Linton pero apenas lograba mantener una conversación normal con todas las demás mujeres de su vida, y especialmente con su compañera?