Poesía era la criatura inocente, ingenua y juguetona, que se contentaba con mirar al mundo con perpetuo asombro y expresarse por medio de las canciones. En ciertos aspectos era el equivalente masculino de Kivara, con la diferencia de que carecía de su tozuda obstinación e instintos amorales. De todas las personalidades de Sorak, Poesía era la más cercana al Niño Interior, que dormía arrebujado en lo más profundo del subconsciente colectivo de la tribu.
La Sombra era la cara opuesta de esa moneda, la aterradora entidad animal, siniestra y amenazadora, común a todos los hombres, y que estaba sumergida casi siempre en lo más profundo del subconsciente del joven. Salía a la superficie únicamente cuando la tribu se veía seriamente amenazada. En ocasiones, Sorak podía controlarla, pero lo más normal era que no pudiera. Por si esto fuera poco, raras veces recordaba el elfling lo que había ocurrido mientras la Sombra tenía el control de su cuerpo; pero Ryana sí que había presenciado en varias ocasiones lo que la entidad podía hacer, y resultaba aterrador.
Chillido era aquella parte de Sorak más próxima al reino animal, una regresión evolutiva a un tiempo en que todos eran poco más que animales. Podía comunicarse con las bestias, hablar a todas las especies athasianas en su propia lengua, comprender sus instintos y su comportamiento, e imitar sus modelos de conducta.
Eyron era, en ciertos aspectos, la más humana de las diferentes personalidades del elfling, incluso a pesar de que Sorak no tenía sangre humana. «Al menos —pensó Ryana– que ella o él supieran.» Eyron era fríamente pragmático, el pensador y el planificador, pero su naturaleza resultaba a menudo cínica y pesimista. Representaba el lado cauteloso del muchacho, convertido en una identidad distinta. La mayor parte del tiempo, Eyron podía ser terriblemente irritante, en especial dada su inteligencia, pero era una parte vital del todo, sin lo cual Sorak habría sido una criatura incompleta.
Y luego existía el misterioso Kether, cuya identidad ninguno de los otros podía explicar. Kether era parte de ellos, y a la vez no lo era. Sorak insistía en que aquella entidad no brotaba de su interior, sino que provenía, de algún modo, del exterior; un ente sobrenatural, etéreo y poderoso, sereno y espiritual, que caía sobre él como un visitante de otro plano existencial. Pero Kivara...
Ryana sabía que nunca se podía predecir lo que Kivara era capaz de hacer. La Sombra resultaba, sin duda, la más estremecedora de las personalidades de Sorak, pero al menos la joven sabía qué esperar. Con Kivara nunca estaba segura y, por lo tanto, era esta entidad la que le producía mayor inquietud. No se manifestaba con frecuencia, pero cuando lo hacía, su comportamiento era por lo general obstinado e irresponsable. Y Ryana se dio cuenta de pronto que la frágil balsa de madera, unida tan sólo por fibras de plantas puñal y saliva de antloid, y elevada a una gran altura del suelo por los vórtices arremolinados de los espíritus aéreos, no era precisamente el mejor lugar para que Kivara hiciera de improviso su aparición y asumiera el control del cuerpo de Sorak.
—¡Mírame! —chilló Kivara poniéndose en pie de un salto y agitando los brazos como si fueran alas—. ¡Soy un pájaro!
La balsa dio un bandazo al desequilibrarse, y Ryana se asustó.
—¡Siéntate, estúpida! —gritó y agarró a Kivara por la pierna—. ¿Es que quieres volcar esto y hacer que nos estrellemos contra el suelo?
—¿Qué sucede? —inquirió ella burlona—. ¿Asustada? —Era la voz de Sorak, sólo que más aguda, y con un timbre del todo diferente: remilgada y traviesa, desafiante y obstinada. Era la voz de una criatura bailando al borde de un precipicio, inconsciente por completo del peligro que corría.
—¡Sí, estoy asustada, y también lo estarías tú si tuvieras un ápice de sentido común! Esta balsa es lo único que impide que nos precipitemos a una muerte segura. ¡Ahora siéntate y deja de comportarte como una criatura!
—¡Oh, buuuu! —replicó Kivara, malhumorada, pero volvió a sentarse, o más bien se desplomó pesadamente, dejándose caer al igual que hacen los niños a menudo, y la balsa volvió a bambolearse violentamente. Ryana se aferró a ella con fuerza mientras la embarcación se balanceaba peligrosamente sobre las corrientes aéreas, y Kivara lanzó una risita ahogada.
—¡Debería bajarte los pantalones y darte una azotaina! —la reprendió Ryana, furiosa.
—¡Ooooh, eso suena muy divertido! —replicó la otra lanzándole una gazmoña mirada de soslayo—. ¿Por qué no lo haces?
Ryana le dirigió una mirada asesina.
—Porque te conozco demasiado bien, ése es el motivo. Tú no la sentirías. En cuanto empezara a calentarte las posaderas, te replegarías rápidamente al interior y yo me encontraría en la embarazosa situación de estar azotando a Sorak.
—Nunca se sabe, a lo mejor le gustaría —contestó Kivara—. Y puede ser que también a ti, bien mirado. Tal vez, sea lo que realmente quieres.
—¡Ohhh, eres insoportable!
—Y tú no sabes cómo divertirte.
—¿Divertirme? —dijo Ryana—. ¿Tienes alguna idea de lo que estamos haciendo? ¿De adónde vamos?
—¿Eso qué importa? —inquirió Kivara mientras paseaba la mirada por el espectacular panorama que se extendía bajo sus pies—. ¡Mira esto! ¿No es increíble?
—Kivara, nos dirigimos a Bodach, la ciudad de los no muertos —repuso Ryana con firmeza.
—¿No muertos? —repitió ella mirándola indecisa.
—Sí, no muertos. Toda una ciudad de ellos. Habrá cientos, es posible que miles.
—Vaya, ¿y para qué vamos allí? ¡Es una estupidez!
—Hemos de ir allí a buscar un talismán llamado el Peto de Argentum que luego hemos de llevar al Sabio.
Kivara hizo una mueca.
—Él otra vez. Todo lo que hacemos es ir de aquí para allá, corriendo por todo este aburrido desierto como un erdlu idiota, y ¿para qué? ¿Qué ha hecho nunca el Sabio por nosotros?
La sacerdotisa intentó contener su creciente irritación. En el pasado, siempre que Kivara aparecía, los otros le concedían una cierta libertad, pero su naturaleza imprevisible y obstinada acababa requiriendo que la Guardiana ejerciera el control y la obligara a replegarse otra vez. Últimamente, no obstante, las diferentes veces que el ente había salido a la superficie, había resistido los esfuerzos de la Guardiana para controlarlo, lo que resultaba una evolución inquietante. Y Ryana no deseaba contrariar a Kivara en este momento llamando a la Guardiana. Éste no era desde luego el lugar apropiado para que Kivara respondiera con uno de sus violentos berrinches.
—El Sabio trabaja para todos nosotros —explicó Ryana pacientemente—. Es el único poder que se interpone entre nosotros y los reyes dragones, la única esperanza para el futuro de nuestro mundo. Y es el único que quizá pueda ayudar a Sorak a averiguar la verdad sobre sí mismo.
—Pues no veo por qué ha de ser eso importante —insistió Kivara con tozudez.
—Es importante para Sorak —replicó Ryana esforzándose por controlar su cólera. Kivara podía resultar del todo exasperante.
—No cambiaría nada, sabes —respondió el ente. Y acto seguido dedicó a Ryana una inquieta mirada de reojo—. ¿Lo haría?
—No lo sé. Ésa es una pregunta que la tribu tendrá que contestar por sí misma cuando estemos ante el Sabio. ¿No te gustaría averiguar de dónde saliste?
—¿Por qué? Ya estoy aquí.
Aquello era, desde luego, característico de Kivara, se dijo la joven.
Vivir sólo el presente.
—A lo mejor, no significa nada para ti —dijo—, pero es importante para Sorak saber y comprender sus orígenes. Y tal vez también para algunos de los otros.
—¿Tan importante como para arriesgarse a ir a un lugar lleno de no muertos? —inquirió Kivara sacudiendo la cabeza. Resultaba raro ver a Sorak actuar con los gestos amanerados de aquella entidad, y, a pesar de que Ryana había crecido con él, era algo a lo que no había conseguido acostumbrarse por completo y siempre la aturullaba un poco.