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Su madre dormía ya cuando regresó a la tienda, pero aunque intentó no hacer ruido la despertó igualmente cuando entró.

—¿Myra?

—Sí, madre. Perdona, no era mi intención despertarte.

—¿Dónde has estado?

—Sentada junto al fuego, pensando.

—Pasas mucho tiempo sola últimamente, con tan sólo tus pensamientos por toda compañía —suspiró su madre—. Sé que ha sido duro para ti, criatura. Desde que tu padre marchó, he intentado criarte por mí misma del mejor modo posible, pero comprendo que te has sentido sola al serte negado el amor de un padre. Perdóname.

—No es culpa tuya, madre.

Garda volvió a suspirar mientras se tumbaba sobre su saco de dormir.

—Sí, lo es —dijo—. Tal vez debiera haberlo sabido. Tu padre no pertenecía a nuestra tribu, y yo sabía cuando lo conocí que no permanecería con nosotros. Era muy parecido a Kether: también él se sentía empujado a vagar, a ir en busca de un significado para su vida. Jamás me dijo que se quedaría, y yo nunca se lo pedí. El tiempo que estuvimos juntos fue muy corto, pero al menos siempre te tendré a ti para recordar el amor que compartimos.

—¿Crees que volverá algún día? —inquirió Myra.

—Eso acostumbraba a preguntármelo yo misma todo el tiempo.

—¿Y ahora?

Durante unos instantes, su madre permaneció en silencio. Luego, en voz baja, respondió:

—Y ahora, ya no me lo pregunto. Ve a dormir, hija.

Myra se quedó callada un buen rato después de la conversación, pero cuando la respiración pausada de su madre le indicó que ésta estaba dormida volvió a levantarse y salió al exterior. El sueño se negaba a venir. Por alguna razón, se sentía inquieta, y no sabía el motivo. Se encaminó hasta el borde del precipicio junto al que habían acampado y contempló el desierto que se extendía al oeste, iluminado por la luz de las lunas gemelas. A lo lejos, distinguió la montaña humeante, y a sus pies, vio la luz de las lunas reflejándose en el Lago de los Sueños Dorados. Era aquí donde Alaron había disputado su última batalla, y no muy lejos de allí había muerto.

El lago no parecía estar muy lejos, no para un elfo. Aunque era menuda, seguía siendo una Corredora de la Luna y se dijo que podría llegar en unas pocas horas. Era consciente de que no debía abandonar el campamento, ya que se encontraban en territorio desconocido, pero sintió que una fuerza la atraía hacia el lejano lago. Suponía un lugar importante en la historia de su pueblo. ¿Por qué no verlo de cerca? Y sus aguas parecían tan acogedoras... Hacía mucho que no se bañaba. Humedeciéndose los labios, Myra miró subrepticiamente por encima del hombro. El campamento estaba en silencio, y el fuego se apagaba. Dio media vuelta y se dirigió hacia el antiguo sendero que descendía por las laderas y echó a correr.

Se encontraron en el Lago de los Sueños Dorados, en la orilla opuesta al poblado minero de Makla, con la montaña humeante al alcance de la vista. Era de noche, y Ral y Guthay estaban las dos en luna llena, iluminando las estribaciones con un resplandor plateado. Era una cálida noche de verano, y la luz lunar danzaba sobre la plácida superficie del lago y arrancaba destellos a las aguas.

Ella pertenecía a los Corredores de la Luna, una tribu nómada que vagaba por las Regiones Interiores y que había viajado muy lejos para llegar hasta las Montañas Resonantes. Él era un joven halfling, y se llamaba Ogar. Era el séptimo hijo del caudillo de su tribu, nacido de su séptima esposa, y más alto que la mayoría de los miembros de su tribu, con el cuerpo musculoso, el rostro cincelado, la melena negra y los tempestuosos ojos negros de su fiero padre.

Había viajado desde las tierras altas hasta el lago para cumplir con su Ritual de la Promesa, que señalaba el paso de la adolescencia a la madurez. Debía cazar un gato montés él solo, únicamente con su lanza; derrotar a un enemigo en combate cuerpo a cuerpo, y regresar con un trofeo obtenido en la contienda. Luego tenía que hacer un juramento a las lunas gemelas y entonar el Canto de la Promesa. El gato montés ya lo había cazado, y se había dado un banquete con su carne. El enemigo que había elegido era uno digno del hijo de un caudillo guerrero: mataría a un humano. Se había encaminado a la orilla del lago para mirar al otro lado, al rudo poblado minero de Makla, y buscar la mejor forma de acercarse, y fue entonces cuando la descubrió, allí sola, bañándose en las aguas.

Se había acercado sigilosamente a la orilla, donde ella había dejado sus ropas. Estuvo observándola en silencio desde su escondite mientras ella se lavaba los cabellos en las aguas del lago iluminadas por la luz de las lunas. Nunca antes había visto a una elfa, y lo impresionó lo bella que estaba con el agua reluciendo sobre su esbelto y curvilíneo cuerpo. No era tan alta como habría esperado, aunque le sobrepasaba al menos en una cabeza. No conseguía apartar los ojos de ella. Permaneció agazapado junto a la orilla, apoyado en su lanza, contemplándola mientras ella se bañaba. Había algo maravillosamente lánguido, elegante e irresistible en sus movimientos; la joven canturreaba para sí en voz baja mientras el agua resbalaba por su cuerpo y daba a la piel una reluciente suavidad bajo las primeras luces del alba. Y, en ese instante, una rama crujió, y ella se quedó totalmente inmóvil, mirando asustada en dirección a la orilla.

Ogar había estado tan fascinado con ella que ni los había oído acercarse; ni tampoco Myra. Se habían movido a hurtadillas, hasta que un paso dado con torpeza en el último instante los había delatado, y entonces se abalanzaron sobre la muchacha.

Era una pequeña partida de caza, formada por humanos, procedente del poblado minero del otro lado del lago. Sumaban cuatro en total, y se lanzaron al agua como locos, chapoteando y aullando, dos por cada lado, para cortar cualquier posibilidad de huida. Ella podría haber dado la vuelta y nadado al interior del lago, pero, o bien estaba paralizada por el sobresalto y el miedo, se dijo Ogar, o no sabía nadar. Gritó cuando la rodearon y sujetaron, maltratándola sin miramientos, y por sus acciones y las expresiones de sus rostros, no había la menor duda sobre lo que pretendían.

Ogar abandonó de un salto el escondite y corrió al agua con la lanza extendida ante él. Los cuatro humanos estaban tan absortos en su intento de satisfacer sus más bajos instintos y armaban tanto ruido que no lo oyeron acercarse, ni siquiera cuando penetró con un fuerte chapoteo en el agua en dirección a ellos. Atravesó a uno con la lanza y, cuando éste lanzó su grito de muerte, los otros se dieron cuenta repentinamente de que los atacaban, y se volvieron para defenderse. Al primero, Ogar le golpeó violentamente el rostro con el extremo posterior de la lanza, luego utilizó la punta para asestar una violenta cuchillada en la cara de otro. El hombre lanzó un alarido y se llevó las manos a los pómulos mientras la sangre manaba con fuerza de la profunda herida abierta en su rostro desde la sien derecha hasta la mejilla izquierda, que atravesaba el ojo derecho.

Sin detenerse, el halfling hundió la lanza en el estómago del tercer atacante y la retorció. El humano lanzó un grito e, instintivamente, se aferró al palo del arma. En tanto que Ogar intentaba extraerla, el cuarto hombre sacó su espada de obsidiana, y entonces el muchacho sintió cómo el segundo hombre, recuperado del golpe recibido al principio, lo sujetaba por detrás. Soltó la lanza y se escurrió de las manos que lo atenazaban, pero había perdido el arma durante el proceso y ahora no le quedaba más que su daga. En cuanto se hundió en el agua, libre de las manos de su enemigo, tendió los brazos hacia atrás con rapidez para atrapar los tobillos del adversario, y tiró con fuerza. El hombre cayó de espaldas al agua, y mientras Ogar salía a la superficie con un reniego, el cuarto hombre lo atacó con la espada.