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A lo largo y ancho de la cuenca del Pacífico, se repitieron en todos los países escenas similares, algunas protagonizadas por olas de hasta ochocientos cincuenta metros en el momento de alcanzar el litoral. La Armada china y la japonesa quedaron reducidas a poco más que media docena de embarcaciones cada una. Miles de cargueros procedentes de y con destino a Japón, China y otros países e islas de la cuenca del Pacífico; más de cien superpetroleros con los tanques repletos y otros que regresaban de vacío; millones de barcos pesqueros comerciales, y un número incalculable de pequeñas embarcaciones, y sus tripulantes, fueron presa de las inclementes olas.

Una hora después, el frente de olas alcanzó Nueva Guinea, cuya situación en plena trayectoria entre el punto de impacto y Australia hizo que recibiera de lleno el embate de las olas reduciendo considerablemente su efecto devastador en la isla continente situada al sur.

Dado su origen volcánico, las islas de Hawai contaban con no pocas zonas elevadas, y con ocho horas de aviso para escapar de las olas gigantes, la mayoría de isleños cargaron sus coches, camiones, camionetas o carros con tantos enseres como pudieron y partieron hacia el cono volcánico inactivo más cercano en busca de refugio. Al no estar las islas rodeadas por una plataforma, como ocurre en los continentes, las olas no alcanzaron la increíble altura de las de la costa asiática. Pero no por ello dejaron de ofrecer un espectáculo aterrador a los isleños, que desde lo alto de las montañas pudieron contemplar cómo una sucesión de paredes de agua de noventa metros de alto, que se desplazaban a seiscientos cuarenta kilómetros por hora, arrasaban el paisaje, dejando atrás extensiones de roca desnuda.

Al borde de la caldera del Kilauea, los investigadores del Observatorio Vulcanológico de Hawai estaban inmersos en un problema muy diferente. Entre el alud de datos sismológicos y de telemetrías de satélite, el grupo de científicos dirigido por el doctor Jules Lewis supervisaba los tremendos efectos que el asteroide 2031 KE había producido al fracturar el manto terrestre. En la región conocida como el «Cinturón de Fuego», que rodea al océano Pacífico y abarca Japón, Filipinas, Indonesia, Nueva Zelanda, Chile, Bolivia, Centroamérica, México, la costa oeste de Estados Unidos, Canadá y Alaska, los diferentes medidores detectaban nuevos focos de actividad volcánica y un incremento en la ya existente. No era inminente, pero cada vez resultaba más evidente que en las semanas o meses posteriores entrarían en erupción docenas o más de volcanes, como consecuencia directa del impacto del asteroide.

Al otro lado del Pacífico, en la costa oeste del continente americano, dispusieron de mucho más tiempo para prepararse. La cadena de olas gigantes tardó dieciséis horas en recorrer las seis mil cuatrocientas millas que la separaba de cabo Mendocino, en California; el primer punto de la costa americana que sufrió el azote de las olas. Pasaron otras nueve horas más antes de que llegaran a Iquique, en Chile, el punto más alejado del litoral pacífico americano. Tras ser advertidos de la fuerza de las olas gigantes, los habitantes tuvieron tiempo más que suficiente para resguardarse en las zonas elevadas, y la mayoría de los barcos pudo adentrarse en aguas profundas. Los que estaban en dique seco y las embarcaciones pequeñas fueron abandonados.

En todos los países hubo un colectivo, el de los saqueadores, que desafió la llegada inminente de las olas confiando en poder huir a terreno elevado con el mayor botín posible justo antes de la llegada de las olas. Algunos murieron tiroteados por propietarios que defendían sus pertenencias. La mayoría de los saqueadores más conservadores sobrevivió. Los que esperaron demasiado o fueron tan incautos de buscar refugio en las plantas altas de los rascacielos murieron ahogados o aplastados bajo los escombros a que quedaron reducidas las construcciones tras el embate de las olas.

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Las aguas no empezaron a calmarse hasta algo más de una semana después, porque los grandes tsunamis no golpean y desaparecen, sino que rebotan como la señal de un radar en las masas de tierra que encuentran en su camino, y vuelven una y otra vez a través del mar repitiendo su destrucción. La envergadura de la catástrofe no permitió realizar un recuento exacto del número de víctimas. La mayoría de estimaciones calculaba un total de doscientos millones de fallecidos. Entre el cinco y el seis por ciento murió, probablemente, a bordo de los millones de embarcaciones que continuamente surcan las aguas del Pacífico y navegan entre sus miles de islas.

Tras la magnitud del desastre acaecido en la superficie, otro cataclismo empezaba a fraguarse bajo las olas. Una semana entera estuvieron las olas gigantes surcando el Pacífico de un extremo a otro, no sólo entre Asia y América, también entre Siberia y Alaska y el Antártico, ocasionando con su movimiento drásticos cambios en la temperatura del océano, provocando estragos en el frágil ecosistema oceánico y matando a miles de millones de peces y otras formas de vida marina. Aún peores fueron los daños causados por los billones de toneladas de desechos, arrastrados a través del océano desde el punto de impacto, que enturbiaron las aguas y tiñeron la superficie del Pacífico de rojo encarnado, como resultado de la oxidación de setecientas veinte mil millones de toneladas de partículas de hierro procedentes del asteroide. La suciedad bloqueó casi por completo el paso de la luz solar hacia las profundidades, interrumpiendo con ello los procesos de fotosíntesis en el fitoplancton -las delicadas plantas marinas que además de constituir la base de la cadena alimentaria proporcionan el oxígeno tan vital para las todas las formas de vida marina-. Al morir el fitoplancton, lo hicieron también las criaturas marinas que dependían de él para su alimento, seguidas rápidamente por las de los niveles superiores de la cadena alimentaria. Enseguida descendió también el nivel de oxígeno del océano. Y dos semanas después, la vida marina del Pacífico se había extinguido casi por completo.

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Y así, como ocurrió con la primera, se cumplió la segunda e inclemente profecía de Juan y Cohen. Quedaban dos más.

7

AJENJO

Cuatro semanas después

En la inmensidad del espacio, a ciento ochenta y seis millones de kilómetros del Sol, tres grupos de cabezas nucleares impulsadas por la inercia surcaban el vacío a más de cuarenta mil kilómetros por hora rumbo al asteroide designado 2031 KE A treinta y siete millones de kilómetros de su posición, los aterrados habitantes de un planeta devastado aguardaban ansiosos cualquier novedad sobre el intento de destruir la amenaza. Su fracaso traería consigo la muerte casi segura de lo que quedaba de vida en el planeta.

A las 7h 27m 32s GMT, el primer grupo de cuarenta cabezas nucleares cónicas de veinte megatones comenzó a desplegarse según lo planeado, disponiéndose a interceptar el asteroide de cuarenta y ocho kilómetros de diámetro, que avanzaba hacia la Tierra a más de ciento cuatro mil kilómetros por hora. Por el momento todo se desarrollaba según lo programado, pero todavía quedaba por superar la prueba de fuego. En diez minutos, cuando se situaran a cien metros del asteroide, se produciría la detonación de las cabezas nucleares en un primer intento por destruir el objetivo. Con una velocidad frontal combinada superior a ciento cuarenta y cuatro mil kilómetros por hora, el margen de acierto para que la detonación se produjera a cien metros del blanco era inferior a 0,002 segundos.