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Poupardin estaba totalmente fuera de sí, superado por el ansia de matar. Había apuntado con su revólver a Tom porque, en su locura, quien había disparado a Christopher se había convertido en el nuevo objeto de su odio. La bala de Poupardin atravesó el cerebro de Tom y fue a impactar contra la placa metálica que le habían implantado en el cráneo después del accidente de tráfico que sufrió cuando era niño. La fuerza del proyectil sacó los tornillos de su sitio y abrió un enorme boquete en un lateral de la cabeza. Tom había muerto antes incluso de que su cuerpo comenzara a desplomarse.

La sangre, que salía a borbotones de la enorme herida, empezó a formar un gran charco de color rojo a los pies de Decker. Los gritos de una mujer que había junto a Decker apenas lograron traspasar el zumbido que le martilleaba los oídos. Entonces se oyeron tres descargas más, disparadas sin apenas intervalo de tiempo entre una y otra contra el pecho de Poupardin por un guarda de seguridad, que al ver a Poupardin con un revólver creyó que era éste quien había disparado contra Christopher.

En la enorme pantalla de televisión que ocupaba la parte frontal de la sala apareció un primer plano del rostro exánime y salpicado de sangre de Christopher Goodman, que yacía encogido en el suelo. De la cavidad de su ojo derecho salieron varios borbotones de sangre antes de detenerse por completo, junto con los latidos de su corazón. Otro reguero de sangre emanaba de una herida abierta en el antebrazo izquierdo.

Decker sintió como una pared humana se abalanzaba contra él y lo derribaba al suelo boca abajo. Apenas habían transcurrido unos pocos segundos, pero mientras era arrasado por la estampida de dignatarios, se le antojó que en ese tiempo había perdido toda una vida.

En la caída se golpeó el pecho y se torció una rodilla, rompiéndose los ligamentos y luxándose la articulación. Sin embargo, no había razón para alarmarse. Ya no quedaba nadie en la sala que corriera peligro. Tom había cumplido su odiosa e inexplicable misión, y no había intentado huir, ni siquiera defenderse.

* * *

Luego, cuando ya sólo quedaban él y su dolor, Decker encontró la nota de Tom en el bolsillo de su chaqueta. «No llores por mí -decía-. Lo que haga no me será imputado como falta. Soy el Vengador de Sangre.»

14

OSCURA LEGIÓN

Noroeste de Irak

En las entrañas de la tierra, bajo el lecho del río Éufrates, entre las ciudades iraquíes de Ana y Hit, donde lo bordean las antiguas ciudades fortaleza de Baia Malcha, Auzura, Jibb Jibba y Olabu, una oscura asamblea se arrastraba ansiosa hacia la superficie; sus integrantes se abrían paso a empellones y arañazos en el agitado enjambre, para poder estar entre las primeras filas en emerger. Su momento estaba próximo. Lo sabían. Éstos eran la hora y el día y el mes y el año que aguardaban desde antes del albor de la historia de la humanidad. Pero su manumisión no duraría demasiado, y cada cual esperaba poder aprovecharla al máximo mientras fuera posible. Luego, sin que oído humano los oyera, sonó una trompeta y bramaron los truenos, y las cadenas fueron soltadas y cayeron al suelo.

La profecía más reciente de Juan y Cohen estaba a punto de cumplirse y abatirse sobre las gentes de la Tierra.

Por fin había llegado el momento. La tierra se convulsionó y las aguas del Éufrates se agitaron y rompieron a hervir. Entonces se produjo una erupción violenta, que liberó una exudación de bestias salvajes, sombrías y repulsivas al mundo de los hombres. Como la lava de un volcán o el pus de un absceso inflamado, la horda vil, invisible al ojo humano, se desparramó en todas direcciones sobre la faz de la Tierra, buscando vidas humanas que cobrarse. El fétido hedor a azufre se elevó hasta el cielo y saturó la atmósfera en miles de kilómetros a la redonda, al tiempo que las infames columnas del inmundo ejército espectral emergían una a una sobre la tierra. Ataviados con fantasmales armaduras -el pellejo, gris, oculto bajo corazas de rojo intenso, azul oscuro y amarillo-, cada integrante de la siniestra muchedumbre montaba una aberrante cabalgadura, que podría haberse parecido a un caballo, aunque con la cabeza y la melena de un león, y una nariz por la que exhalaban una respiración pútrida de humo y llamas amarillentas. La cola de cada bestia se levantaba y sacudía como con vida propia, y contemplada de cerca parecía más una serpiente venenosa que hubiese sido injertada al cuarto trasero de la bestia. La perversa legión alzó el vuelo en número ingente sobre la tierra, con sus alas de piel desnuda, y rasgó el cielo con revulsivos gritos de júbilo, liderando vehemente el lúgubre ejército de doscientos millones de huestes, resueltas a precipitar la destrucción del hombre.

Al nordeste de la ciudad de Ar-Ramadi, dormía en el fresco amanecer de marzo un pueblecito de beduinos iraquíes procedentes de las orillas pantanosas de los ríos Éufrates y Tigris. Ajeno al peligro acechante, el anciano se levantó de la cama y se echó el abrigo encima para cumplir con la oración ritual en dirección a La Meca. Fuera, las legiones invisibles avanzaban a increíble velocidad, y se cernían ya sobre el pueblecito, ávidas de cobrarse su primera sangre. Sin ser visto ni oído, uno de los jinetes fantasma atravesó sin esfuerzo la pared de la casa; la saliva chorreaba de las comisuras de sus fauces grotescas ante la visión de su primera víctima. Después de detectar un ligero olor a azufre, el anciano sintió un escalofrío, como cuando se saborea un fruto amargo, al tiempo que el demonio invisible penetraba en su interior y se hacía con el control de su cuerpo y su mente.

Sigilosamente, para no despertar a nadie en la casa, el hombre entró en la cocina, cogió un cuchillo grande y regresó con él hasta su cama. Luego, la tocó suavemente para que despertara y lo viera venir y, sin vacilar, clavó el cuchillo en el corazón de su esposa de cuarenta años. El terror que leyó en sus ojos fue tan escalofriante que tuvo que llevarse la mano a la boca rápidamente, para que su risa no despertara a los demás. Entonces fue repitiendo la operación hasta que hubo acabado con la vida de sus dos hijos y sus esposas, y la de todos sus nietos. Contemplando el baño de sangre, se relajó por fin, dio con una silla, se sentó y rompió a reír sin control.

Después de dedicar unos momentos a regodearse en su hazaña, el anciano corrió al exterior aullando de alegría como poseso y blandiendo en su mano el cuchillo ensangrentado, en busca de alguien con que saciar su sed de sangre. El ejército invisible había encontrado otras víctimas en el pueblecito, y el asesinato regía triunfante por doquier.

En la cocina de una casa vecina, una joven preparaba el desayuno para su marido, todavía dormido. De pronto se irguió toda rígida y dejó caer al suelo los utensilios de cocina. Echó un vistazo a su alrededor, cogió una sartén grande y pesada, abandonó lo que estaba haciendo, y se fue hasta el dormitorio. Una vez allí, se acercó al borde de la cama, levantó la sartén sobre su cabeza y desde arriba la descargó con toda su fuerza sobre la cabeza de su marido. Los ojos de él se abrieron por un instante y miraron hacia ella asombrados y agonizantes, al tiempo que ella soltaba una carcajada, levantaba la sartén y volvía a descargarla sobre él. Ya sin conocimiento, su vida se le fue escapando poco a poco, mientras ella le golpeaba una y otra vez hasta que su cráneo quedó aplastado e irreconocible.

Con el vestido salpicado de sangre de arriba abajo, soltó la sartén y, riendo todavía, retornó a la cocina, donde el desayuno se había quemado. Muy excitada, se levantó el borde de la falda ensangrentada y lo acercó a la lumbre del fogón hasta que prendió. El vestido ardía en llamas y ella reía nerviosamente, balanceándose de un lado a otro hasta que el fuego la engulló.