Habían pasado dos días desde que Andreu, fugitivo de Talilit, se había acogido a la protección de Sidi Dris, de donde había partido tan sólo unas semanas atrás. Las consideraciones tácticas que en su día habían determinado el establecimiento de Talilit no podían haberse revelado más desatinadas. Aquella posición intermedia, en la hora decisiva, no sólo no había servido para proteger y enlazar Sidi Dris con el campamento general, sino que tras derrumbarse le había hecho cargar con la masa aterrada y maltrecha de sus supervivientes, que poco podían contribuir a su defensa y mucho la comprometían. El comandante de Sidi Dris, con aquellos teóricos tres centenares de combatientes, que en la práctica eran bastantes menos, se las veía y se las deseaba para aguantar las furiosas embestidas de la harka. Durante los dos días los habían atacado a todas horas, siempre con el mismo ímpetu, mientras que a la tropa europea cada vez le costaba más seguir en pie. Los moros, amos y señores de los contornos, se relevaban y podían dormir y comer en condiciones, aunque apenas tenían necesidad de ello. Los europeos, recluidos en la posición y sometidos a un tiroteo constante, no podían hacer otra cosa que mantenerse agarrados al fusil. Desprovistos de la resistencia de los harqueños, se les borraba la vista y ya ni sabían adónde tiraban. Después de tantas horas de tensión, muchos caían rendidos. Otros enloquecían de terror y los sargentos tenían que aplacarlos a bofetada limpia y hasta a puñetazos.
Los que mejor se desempeñaban, pese a la desconfianza que todos habían experimentado hacia ellos cuando habían empezado los tiros, eran los miembros de la policía indígena. Sin protestar habían ido a cubrir el repliegue de Talilit, durante el que habían caído en gran número, y los que habían vuelto llevaban dos días al pie del cañón, casi sin dormir y sin aflojar en ningún momento. En cada nuevo asalto de la harka, eran ellos los que respondían con mayor firmeza, y los soldados europeos, contagiados de su espíritu de sacrificio y también picados, sacaban fuerzas de flaqueza para no ser menos que aquellos moros que estaban peleando por su causa. A los oficiales les impresionaba la lealtad de los soldados indígenas, pero más aún llamaba la atención su gesto a los elementos menos entusiastas de la tropa. En realidad, se decían los soldados europeos, los policías no tenían más que esperar a la noche para deslizarse fuera del parapeto y unirse a la harka, donde los harían sargentos, como mínimo, y donde les esperaba una victoria segura. En cambio, preferían aguantar en el parapeto de Sidi Dris, abocados a la derrota y muy posiblemente a la muerte que aguardaba a sus defensores. Los soldados, que en su mayor parte pensaban que ya habrían huido si hubieran tenido a donde ir, se hacían cruces sobre aquella actitud.
Uno de los que más fervientemente deseaba estar lejos de allí era Amador, para quien haber ido a parar a la ratonera de Sidi Dris era la culminación del infortunio que había comenzado a rondarle el día que le habían obligado a colgarse el uniforme caqui del ejército de África. Sin embargo, y aunque le había costado al principio, había llegado a comprender hasta cierto punto el comportamiento de los policías indígenas. Se lo había explicado así Haddú, el sargento moro amigo de Molina:
– Si yo elegir allí, en montaña y contra vosotros, mejor que tú esconder para que yo no hacerte agujero en cabeza con fusila. Pero yo elegir aquí, con vosotros, y yo ser hombre para cumplir palabra y aguantar cuando la cosa ponerse fea. Si yo morir aquí por elegir con vosotros, no pasar nada, morir contento y en paz. Pero si yo marchar ahora, equivocarme seguro. Hombre poder estar aquí o allí, pero no aquí y allí según venir el aire.
Era probable que los demás tuvieran otras razones menos escrupulosas, como por ejemplo que temieran que los harqueños les represaliaran por haber servido con tanto ahínco a los europeos, aunque eso no fuera frecuente. Hasta debía haber quienes no estuvieran del todo seguros de la inconveniencia de la deserción. Pero el ascendiente que Haddú tenía sobre todos ellos los mantenía en sus puestos. Amador, movido por la recomendación de Molina, procuró quedarse cerca del sargento moro. Su ánimo le daba fuerzas para resistir, pese a que la situación era cada vez más angustiosa.
Amador había asumido el mando de un pelotón constituido con restos de las más diversas procedencias. Cada día sufría tres o cuatro bajas y tenía otras tantas incorporaciones provenientes de algún otro pelotón disuelto por falta de efectivos. Pero en realidad, reflexionaba Amador, mantener aquella nomenclatura era un formalismo ridículo. Lo que había era un hatajo de fantasmas pegados al parapeto, y cada tanto un cabo o un sargento que se ocupaba más o menos de varios de ellos. Los de Amador estaban agotados, contaban sólo con treinta cartuchos por barba y habían acabado sus raciones de agua. Tenían el hombro en carne viva, de tanto encajar el retroceso del fusil, y a algunos casi no les quedaban fuerzas para sujetarlo, lo que no resultaba muy extraño si se tenía en cuenta que la mitad estaban enfermos de insolación o descomposición intestinal y la otra mitad heridos en diversos grados. Los policías de Haddú, que cubrían el sector contiguo del parapeto, los observaban con cierta conmiseración. A ellos no les afectaba el sol, ni la falta de agua, ni se les soltaba la tripa. Hasta los heridos parecían no sentir nada. De vez en cuando se dirigían a los europeos, con sorna:
– Soldadito estar amarillo. De miedo, ¿eh?
Y alguno, aunque estuviera en las últimas, no se callaba: -No de miedo, sino de cagarme a chorros en tus muertos.
Haddú y Amador tenían que intervenir para evitar que esos incidentes acabaran de mala manera, porque los nervios andaban a flor de piel y no faltaba quien tenía ganas de mandarlo todo a paseo sin importarle gran cosa que alguien fuera por delante. A aquellos hombres ya ni siquiera les imponían los muertos. Llevaban tres días apartándoselos de encima, y el aroma macabro de su corrupción era el aire mismo que respiraban. De pronto caía un hombre, y cuando sus compañeros comprobaban que había dejado de alentar, miraban primero si había agua en su cantimplora y después le quitaban el fusil y los cartuchos que le quedaban. Alguien lo arrastraba bajo el fuego hasta el depósito improvisado al otro extremo del parapeto y allí se quedaba olvidado. Con inconfesable crueldad, todos preferían eso, que el que cayera lo hiciera muerto y no herido grave. Un herido grave, como un muerto, significaba un fusil silenciado y un defensor menos, pero tenía sobre el muerto el inconveniente de exigir cuidados y estorbar a los combatientes, que debían contenerle la hemorragia y llevarle a la enfermería. Allí le tumbaban donde cupiera y le hacían lo que podían, en pésimas condiciones. Ya no quedaban vendas, ni desinfectantes, ni anestésicos.
Lo único que todavía les sobraba era comida, pero nadie tenía mucha hambre y hasta había quien evitaba comer, para que no le entrara más sed. Desde el primer día había sido imposible hacer la aguada, y las reservas de que disponía el campamento se limitaban a la poca cantidad que quedaba de lo traído el día anterior. En seguida se había impuesto un férreo racionamiento, pero para colmo habían llegado los de Talilit, un buen puñado de bocas sedientas. Cuando empezó a acabarse el agua, los soldados se aplicaron a buscar cualquier sucedáneo. Primero alguien descubrió el jugo de las latas de pimientos y de tomates. Pronto se corrió la voz y todas las latas disponibles fueron velozmente ordeñadas, con lo que quedó agotado aquel recurso. Después les tocó el turno a las conservas de pescado, aunque su líquido casi daba más sed de la que quitaba. De ahí pasaron a machacar patatas, incluida la piel, y no faltó algún oficial que probara su agua de colonia ni tampoco algún furriel que le echara un tiento al frasco de la tinta. Consumido eso ya no quedaba nada que pudiera beberse, salvo el aceite de engrasar las máquinas, que era un veneno bastante dañino. En tales circunstancias, fue natural que alguno, cuando le vinieron las ganas, decidiera orinar en la cantimplora. A otro se le ocurrió dejarla enfriar, y a otro echarle azúcar. Con este último refinamiento, hasta los más escrupulosos aceptaron sin dificultad beber orines, los suyos o incluso los ajenos, si alguien convidaba. Terminaba el tercer día del asedio de Sidi Dris y ya sólo los heridos más graves, para quienes habían sido reservadas en el último momento algunas latas de tomates, estaban libres de tener que echarse al coleto sus propios desechos.