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—¿El olvido dices? Hubo un tiempo en que creí en eso. Hubo un tiempo en que temía la oscuridad, y por ello seguía teniéndome atrapado. Ahora sé a qué atenerme. La muerte no es el olvido. La muerte libera el alma para seguir su viaje.

Mina sonrió, compadecida de su ignorancia.

—Eres tú el que se equivoca. Las almas de los muertos no iban a ninguna parte. Se desvanecían en la niebla, desaprovechadas, olvidadas. Ahora, el Único atrae hacia sí las almas de los muertos y les da la oportunidad de permanecer en este mundo y seguir actuando por el bien del mismo.

—Por el bien del Único, querrás decir —atajó Soth. Rebulló en el sillón, en el que no encontraba acomodo—. Pongamos que me siento agradecido a ese dios por el privilegio de permanecer en el mundo. Conociendo a esa deidad como la conozco de antiguo, sé que espera que mi gratitud cristalice en algo tangible. ¿Qué quiere de mí?

—Dentro de unos cuantos días, ejércitos tanto de vivos como de muertos atacarán Sanction. La ciudad caerá en mi poder. —Mina no hablaba alardeando. Sencillamente exponía un hecho—. En ese momento, el Único realizará un gran milagro. Entrará en el mundo como era su intención desde hace mucho, uniendo los reinos de los mortales y los inmortales. Cuando exista en ambos reinos, conquistará el mundo, librándolo de indeseables tales como los elfos, y se establecerá como dirigente de Krynn. Se me nombrará capitana del ejército de los vivos, y el Único te ofrece el mando del ejército de los muertos.

—¿Qué me ofrece eso? —inquirió Soth.

—Te lo ofrece, sí, por supuesto.

—Entonces, no se ofenderá si rechazo su oferta —adujo Soth.

—No se ofenderá, pero le dolería mucho tu ingratitud, después de todo lo que ha hecho por ti.

—Todo lo que ha hecho por mí. —Soth sonrió—. Así que es por eso por lo que me trajo aquí. Para ser un esclavo que dirige un ejército de esclavos. Mi respuesta a tan generosa oferta es: no.

»Cometiste un error, mi reina —entonó Soth, hablando a las sombras, donde sabía que se encontraba agazapada, esperando—. Utilizaste mi cólera para mantenerme asido en tus garras, y ahora me arrastras hasta aquí para poder seguir utilizándome. Pero me dejaste solo demasiado tiempo. Me dejaste el silencio en el que de nuevo pude escuchar la voz de mi amada esposa. Me dejaste en la oscuridad que se convirtió en mi luz, pues pude volver a ver su rostro adorado. Pude verme a mí mismo, y vi un hombre consumido por sus miedos. Y fue entonces cuando te vi como eres realmente.

»Luché por ti, Takhisis. Creí que tu causa era la mía. El silencio me enseñó que eras tú la que alimentaba mis miedos, alzando a mi alrededor un anillo de fuego del que nunca pude escapar. El fuego se ha apagado ahora, mi reina. A mi alrededor sólo quedan cenizas.

—Cuidado, milord —dijo Mina y en su voz sonó un timbre ominoso—. Si os negáis a aceptar, corréis el riesgo de incurrir en su ira.

Lord Soth se puso de pie y señaló una mancha en el suelo de piedra.

—¿Ves eso?

—No veo nada —contestó Mina tras echar una mirada indiferente—. Nada salvo piedra gris y fría.

—Yo veo un charco de sangre. Veo a mi amada esposa tendida sobre su propia sangre. Veo la sangre de todos aquellos que perecieron porque mi miedo me impidió aceptar la redención que los dioses me ofrecieron. Ya he estado obligado a mirar esa mancha durante demasiado tiempo, y hace mucho que aborrezco su simple vista. Ahora me arrodillo en ella —dijo mientras caía de hinojos sobre la piedra—, me arrodillo en su sangre y en la sangre de todos los que murieron porque tuve miedo. Le pido perdón por el mal que le hice. Les pido a todos ellos que me perdonen.

—No puede haber perdón —manifestó severamente Mina—. Estás maldito. El Único arrojará tu alma a la oscuridad del dolor y el tormento eternos. ¿Es eso lo que escoges?

—La muerte es lo que escojo —repuso Soth. Buscó debajo del peto de la armadura y sacó una rosa. Era una rosa muerta hacía mucho tiempo, pero su exuberante color no había perdido intensidad. La rosa era roja como los labios de ella, como su sangre—. Si la muerte trae consigo un tormento eterno, entonces lo acepto como mi merecido castigo.

Lord Soth vio a Mina reflejada en el rojo fuego de su alma.

—Tu dios Único ha perdido su dominio sobre mí. Ya no tengo miedo.

Los ojos ambarinos de Mina se endurecieron por la cólera. La muchacha giró sobre sus talones y lo dejó arrodillado en el frío suelo, con la cabeza inclinada, las manos cerradas fuertemente sobre las espinas y las hojas muertas y los pétalos arrugados de la rosa. Los pasos de Mina resonaron en el alcázar, haciendo temblar el suelo en el que estaba arrodillado, sacudiendo los muros abrasados y las paredes desmoronadas, zarandeando las vigas carbonizadas.

Sintió dolor, dolor físico, y miró maravillado su mano. El guantelete de la maldita armadura había desaparecido. Las espinas de la rosa muerta se hincaban en su carne. Una gotita de sangre brillaba en su piel, más roja que los pétalos.

Encima de él, una viga cedió y se estrelló a su lado. Las astillas de la resquebrajada madera saltaron y se clavaron en su carne. Apretó los dientes para aguantar el dolor de las heridas. Aquél era el último y desesperado intento de la Reina Oscura de retenerlo bajo su control. Le había devuelto su cuerpo mortal.

Jamás lo sabría, pero, en su ignorancia, le había concedido una última bendición.

Seguía agazapada en las sombras, convencida de su triunfo, esperando que su miedo lo sometiera de nuevo a ella, esperando que gritara que se había equivocado, esperando que se arrastrara y le suplicara que lo salvara.

Lord Soth se llevó la rosa a los labios. Besó los pétalos y después los esparció sobre la sangre que manchaba de rojo la piedra gris. Se quitó el yelmo que había sido su carne y sus huesos durante tantos años vacíos. Se arrancó el peto de un tirón y lo arrojó lejos, tanto que chocó contra la pared con un estruendo metálico.

Cayó otra viga, desprendida por una mano vengativa. Lo golpeó, le aplastó el cuerpo, lo hundió contra el suelo. Su sangre fluyó libremente y se mezcló con la de su amada esposa. No gritó. El dolor de la muerte era espantoso, pero era un suplicio que acabaría pronto. Lo aguantaría por ella, por el dolor que su alma había padecido por causa de él.

No estaría esperándolo. Había emprendido su propio viaje hacía mucho tiempo, llevando en los brazos a su hijo. Él haría ese viaje en pos de ellos solo, perdido, buscándolos.

Tal vez nunca encontrara a los dos seres a los que tanto daño había hecho, pero dedicaría la eternidad a esa búsqueda.

Y en ella, encontraría la redención.

Mina cruzó la rosaleda a grandes zancadas. Su rostro estaba lívido y frío como si estuviera tallado en mármol. No miró atrás para contemplar la destrucción final del alcázar de Dargaard.

Tasslehoff, atisbando detrás de un pliegue de negrura, la vio partir. No vio adonde iba porque, en ese momento, la inmensa estructura se derrumbó sobre sí misma con un estruendo ensordecedor que levantó nubes de polvo y lanzó escombros al aire.

Un enorme bloque de piedra cayó en la rosaleda. A Tas le sorprendió enormemente no encontrarse debajo de él, ya que se había desplomado justo en el punto donde había estado de pie, pero, como el vilano de un cardo, flotó en el viento de ruina y muerte y ascendió hacia el puro y frío azul de un cielo despejado.

25

El ataque a Sanction

La ciudad de Sanction llevaba sitiada varios meses. Los caballeros negros habían lanzado contra ella cuanto tenían. Eran incontables los muertos a la sombra de sus murallas —a ambos lados de ellas— y habían muerto para nada, ya que el cerco no podía romperse. Cuando el ejército de Mina apareció marchando, los defensores de Sanction se rieron al verlo, pues ¿qué podía cambiar un número tan reducido de hombres?