Выбрать главу

—Pero ¿tomará parte activa contra ella? —susurró una voz conocida al oído de Espejo—. Si respondes por él, me vendría bien su ayuda, así como la tuya.

—¿Palin? —Espejo se volvió con gran agrado hacia la voz. Tendió la mano hacia donde le había sonado, pero no sintió el cálido apretón que esperaba.

»No te veo ni te toco, Palin, pero te oigo —dijo—. E incluso tu voz suena lejana, como si hablases desde el otro lado de un ancho valle.

—Y así es —respondió el mago—. Aun así, entre los dos quizá podamos cruzarlo. Quiero que me ayudes a destruir ese tótem.

El espíritu de Dalamar se unió al río de almas que fluía hacia el Templo del Único del mismo modo que otros ríos fluyen hacia el mar. Su espíritu no hacía caso del resto, sino que estaba concentrado en su próximo objetivo. A su vez, las otras almas hacían caso omiso de él. No lo veían. Sólo oían una voz, sólo veían un rostro.

Al llegar, Dalamar se apartó del torrente que giraba en espiral alrededor del tótem de los cráneos de dragones. El monumento se elevaba en el aire, visible desde kilómetros, o eso decían algunas de las miles de personas que lo contemplaban atónitas, entre admiradas y sobrecogidas, y se regocijaban con la victoria de Mina sobre la odiada Malys.

Dalamar miró de soslayo el tótem. Era impresionante, tenía que admitirlo. Entonces centró su mente en asuntos más urgentes. Había guardias apostados a las puertas del templo. Su espíritu se deslizó entre los guardias y entró en la nave del altar. Se aseguró de que su cuerpo estuviera a salvo y reparó con sorpresa en que el espíritu de Palin había salido esa noche.

La ausencia de Palin era algo tan inusitado que, a despecho de la urgencia de su tarea, Dalamar hizo una pausa para meditar dónde podría haber ido y qué se traería entre manos el alma del otro hechicero. No estaba preocupado, ya que consideraba a Palin tan artero como un cuenco de gachas de avena.

—Con todo —se recordó Dalamar a sí mismo—, es sobrino de Raistlin, y las gachas de avena serán pálidas y grumosas, pero también son espesas y viscosas. Bajo la blanda superficie se puede esconder mucho.

Las almas giraban en un frenético éxtasis alrededor del tótem formando una nube tan densa como la condensación que se eleva de un bosque empapado de agua. Millones de rostros pasaban a raudales ante Dalamar cada vez que miraba hacia el remolino. Siguió su camino hacia la siguiente fase de su plan.

Mina se encontraba sola en el altar iluminado por las velas, de espaldas al tótem, la mirada absorta en las llamas. El enorme minotauro se hallaba cerca. Allí donde estuviera Mina, estaba el minotauro.

—Mina, estás agotada, apenas te sostienes en pie. Debes irte a acostar —suplicó Galdar—. Mañana... ¿Quién sabe lo que traerá el nuevo día? Deberías descansar.

—Creía que te habías ido a la cama, Galdar —dijo la joven.

—Lo hice —gruñó el minotauro—. Pero no podía dormirme. Sabía que te encontraría aquí.

—Me gusta estar aquí —repuso Mina con aire distraído—. Cerca de la diosa. Siento su sagrada presencia. Me envuelve en sus brazos y me eleva con ella.

La joven alzó la vista hacia el cielo nocturno, ahora visible ya que el tejado se había destruido.

—Me siento arropada cuando estoy con ella, Galdar. Arropada y querida y alimentada y vestida y a salvo en sus brazos. Cuando vuelvo al mundo tengo frío, y hambre y sed. Es un castigo estar aquí, Galdar, cuando lo que querría es encontrarme ahí arriba.

El minotauro emitió un sonido retumbante. Si albergaba dudas, tuvo el sentido común de no exponerlas en voz alta.

—Aun así —se limitó a decir—, mientras te encuentres aquí abajo, Mina, tienes una tarea que realizar para el Único. Y no podrás hacerla si enfermas por el agotamiento.

Mina alargó la mano y la puso sobre el brazo del minotauro.

—Tienes razón, Galdar. Estoy siendo egoísta. Me acostaré y dormiré hasta bien entrada la mañana. —Se volvió hacia el tótem y sus ojos ambarinos relucieron como si siguieran fijos en las llamas de las velas—. ¿No te parece magnífico?

Quizás iba a añadir algo más, pero Dalamar se encargó de situarse en su campo visual e hizo una profunda reverencia.

—Solicito un momento de tu tiempo, Mina —pidió al tiempo que hacía otra reverencia.

—Adelántate, Galdar, y asegúrate de que mi habitación está dispuesta —ordenó Mina—. No te preocupes, iré enseguida.

Los ojos bovinos del minotauro pasaron por el lugar donde el espíritu de Dalamar flotaba. El hechicero no supo discernir si Galdar lo había visto o no. Creía que no, pero tuvo la sensación de que el minotauro sabía que se encontraba allí. Galdar arrugó el hocico, como si oliera algo podrido, y después, soltando un resoplido, dio media vuelta y salió de la nave del altar.

—¿Qué quieres? —le preguntó Mina a Dalamar, con voz serena—. ¿Has logrado alguna información sobre el ingenio mágico que lleva el kender?

—Lamentablemente, no, Mina, pero sí tengo otra información. Son noticias graves. Malys sabe que fuiste tú quien le robó el tótem.

—¿De veras? —dijo Mina con una ligera sonrisa.

—Malys vendrá para recuperarlo, Mina. Está furiosa. Ahora te ve como una amenaza a su poder.

—¿Por qué me cuentas esto, hechicero? —inquirió la joven—. A buen seguro no es mi seguridad por lo que temes.

—Cierto, Mina —admitió fríamente Dalamar—. Pero sí temo por la mía si te pasa algo. Te ayudaré a derrotar a Malys. Necesitarás la ayuda de un mago para luchar contra ese reptil.

—¿Y de qué modo me ayudarás en tu lamentable estado actual?

—Devuelve mi alma a mi cuerpo. Soy uno de los hechiceros más poderosos de la historia de Krynn. Mi ayuda sería inestimable. No tienes un cabecilla para los muertos. Intentaste reclutar a lord Soth y no lo conseguiste.

Los ojos ambarinos chispearon, denotando su desagrado.

—Sí, me he enterado de eso —siguió Dalamar—. Mi espíritu viaja por el mundo, y estoy al tanto de muchas cosas que pasan en él. Podría serte de utilidad. Ser el que dirigiese a los muertos. Y podría buscar al kender y traerlos a él y a ese ingenio mágico. Burrfoot me conoce, confía en mí. He realizado un estudio del ingenio para viajar en el tiempo. Puedo enseñarte a utilizarlo. Podría usar mi magia para ayudarte a combatir la del dragón. Todo eso podría hacer por ti... pero sólo como un hombre vivo.

Dalamar se vio reflejado en los ojos ambarinos: una voluta, más insustancial que la seda de la araña.

—Y todo eso y más harás por mí si lo requiero —repuso Mina—, no como un hombre vivo, sino como un cadáver viviente. —Alzó la cabeza con orgullo—. En cuanto a tu ayuda contra Malys, no la preciso. El Único me apoya y lucha a mi lado. No necesito a nadie más.

—Escúchame, Mina, antes de irte —insistió Dalamar cuando la joven ya daba media vuelta—. En mi juventud, acudí a tu Único como acude un amante a su amada. Me abrazó y me acarició y me prometió que algún día los dos gobernaríamos el mundo. La creí, confié en ella. Mi confianza fue traicionada. Cuando ya no me necesitó, me entregó a mis enemigos. Hará lo mismo contigo, Mina. Cuando ese día llegue, necesitarás un aliado de mi fuerza y poder. Un aliado vivo, no un cadáver.

Mina se paró y se volvió a mirarlo. Su gesto era pensativo.

—Quizás haya algo de verdad en lo que dices, hechicero.

Dalamar la observó con cautela, sin confiar en aquel repentino y radical cambio de postura.

—Tu fe en la diosa fue traicionada, pero ella podría decir lo mismo de ti, Dalamar el Oscuro. Los amantes pelean a menudo, peleas tontas que enseguida se olvidan, que ninguno de los dos recuerda.