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– Es por lo de Caroline y Hundreds.

Cerró su encendedor.

– Usted sabe, por supuesto, que me es imposible hablar de los asuntos económicos de la familia.

– ¿Comprende usted que yo voy a ser pronto un miembro de la familia?

– Sí, me he enterado.

– Caroline ha cancelado la boda.

– Lo lamento.

– Pero usted ya lo sabía. Da la casualidad de que lo supo antes que yo. Y creo que sabe lo que ella planea hacer con la casa y la propiedad. Dice que Roderick firmó algún poder notarial. ¿Es cierto?

Él movió la cabeza.

– No puedo hablar de eso, Faraday.

– ¡No puede permitirle que lo haga! Roderick está enfermo, ¡pero no tanto como para dejar que le roben la finca delante de sus narices! No es ético.

– Naturalmente -dijo él-, yo en tal caso no actuaría sin ver un informe médico adecuado.

– ¡Por el amor de Dios, soy el médico de Roderick! -dije-. ¡Y el de Caroline, por cierto!

– No hable tan alto, amigo mío, ¿quiere? -dijo él, enérgicamente-. Usted mismo, si se acuerda, firmó un papel confiando a Roderick al cuidado del doctor Warren. Me tomé la molestia de verlo. Warren está convencido de que el pobre chico no está en condiciones de gestionar sus propios asuntos, y no parece probable que lo esté durante algún tiempo. Sólo le estoy diciendo lo que Warren le diría si estuviera aquí.

– Bueno, entonces quizá debería hablar con Warren.

– Hable con él, desde luego. Pero yo no recibo instrucciones de Warren. Me las da Caroline.

Su obstinación me exasperó. Dije:

– Tiene que tener una opinión al respecto. Una opinión personal, me refiero. Tiene que ver que es una auténtica locura.

Él estudió la punta de su cigarro.

– No estoy tan seguro de que lo sea. Es una gran lástima para el distrito, por supuesto, perder a otra de sus antiguas familias. Pero esa casa se cae a pedazos alrededor de Caroline. Toda la finca requiere una gestión apropiada. ¿Cómo puede mantenerla? ¿Y qué le reporta Hundreds ahora, aparte de tantos recuerdos aciagos? Sin sus padres, sin su hermano, sin un marido…

– Yo iba a ser su marido.

– De eso no puedo hacer comentarios… Lo siento. No veo muy bien en qué puedo ayudarle.

– ¡Puede impedir que esto vaya más lejos, hasta que Caroline recupere el juicio! -dije-. Ha hablado usted de la enfermedad de su hermano, pero ¿no es evidente? Ella tampoco está bien.

– ¿Le parece? Yo la vi muy bien la última vez que hablé con ella.

– No estoy hablando de una enfermedad física. Pienso en sus nervios, en su estado mental. Pienso en todo por lo que ha pasado estos últimos meses. La tensión que ha sufrido le está afectando al juicio.

Hepton se sentía incómodo, pero a la vez un tanto divertido.

– Mi querido Faraday -dijo-, si cada vez que plantan a alguien éste intentase probar que su novia no está en sus cabales…

Extendió las manos y no acabó la frase. Vi en su expresión que yo me estaba poniendo en ridículo, y por un segundo capté la realidad de mi situación y el carácter irremediable de la misma. La rehuí porque era una idea intolerable. Me dije amargamente que estaba perdiendo el tiempo con Hepton; que yo nunca le había gustado; que no formaba parte de su «clase». Me levanté y me alejé de él. Encontré un cenicero -era de peltre, con un motivo de caza- y apagué allí el cigarrillo.

– Debo dejar que vuelva con su familia. Lamento haberle molestado.

El también se levantó.

– En absoluto. Ojalá estuviera en mi poder tranquilizarle.

Pero los dos hablábamos ahora por hablar. Le seguí al recibidor, le estreché la mano y le di las gracias por haberme atendido. Desde la puerta abierta miró al luminoso cielo vespertino, e intercambiamos algún comentario sobre los días que se alargaban. Cuando volví a mi coche eché una ojeada a través de la ventana sin cortinas del comedor y le vi volver a la mesa: estaba explicando mi visita a su mujer y sus hijas; movía la cabeza, borrándome de su pensamiento, y reanudó su cena.

Pasé una segunda mala noche, seguida por otro día inquieto; la semana transcurrió penosamente hasta que casi me sofocó la pena. Hasta entonces no se la había confiado a nadie; al contrario, había mantenido una apariencia de alegría, porque la mayoría de mis pacientes estaba ya al corriente de mi próxima boda y quería felicitarme y hablar de los detalles. Al llegar la noche del sábado ya no aguanté más. Fui a ver a David y a Anne Graham y les confesé toda la historia, sentado en el sofá de su feliz vivienda con la cabeza entre las manos.

Fueron muy amables conmigo. Graham dijo de inmediato:

– ¡Pero si es una locura! Caroline no puede estar en su sano juicio. Oh, seguro que son los nervios de antes de la boda. Anne estaba exactamente igual. Perdí la cuenta de las muchas veces que me devolvió el anillo de compromiso. Lo llamábamos «el bumerang». ¿Te acuerdas, querida?

Anne sonrió, pero parecía preocupada. Al contarles lo que había sucedido les cité palabras textuales que había dicho Caroline, y era evidente que habían causado una mayor impresión en ella que en su marido. Dijo, despacio:

– Seguramente tienes razón. Caroline nunca me ha parecido una mujer nerviosa, desde luego. Claro que ha sufrido muchas desgracias últimamente, y ahora que está allí sola, sin una madre… Ojalá me hubiera esforzado más en hacerme amiga suya. Aunque en cierto modo no parece que quiera hacer amigos. Pero ojalá me hubiera esforzado más.

– Bueno, ¿es demasiado tarde? -preguntó Graham-. ¿Por qué no vas mañana a charlar con ella, en nombre de Faraday?

Ella me miró.

– ¿Te gustaría que lo hiciera?

Creo que lo dijo sin entusiasmo. Pero en aquel momento yo estaba desesperado.

– Oh, Anne, te lo agradecería tanto -dije-. ¿De verdad lo harías? Ya no sé qué hacer.

Ella puso la mano sobre la mía y dijo que me ayudaría con mucho gusto. Graham dijo:

– Ya está, Faraday. Mi mujer sería capaz de ablandar a Stalin. Resolverá las cosas, ya verás.

Lo dijo con tanto desenfado que casi me sentí un idiota por haber armado tanto jaleo, y dormí bien por primera vez desde que aquello había empezado, y desperté la mañana del domingo un poco menos oprimido. Más tarde, ese mismo día, llevé a Anne a Hundreds. Yo no entré en la casa, pero la observé intranquila desde el coche cuando ella subió los peldaños y llamó al timbre de la puerta. La abrió Betty, que la hizo pasar sin decir una palabra; en cuanto la cerró me quedé esperando que Anne volviera casi de inmediato; de hecho estuvo veinte minutos dentro, un tiempo suficiente para que yo experimentase todas las fases de la inquietud y comenzase a sentirme casi optimista.

Cuando salió -acompañada por una Caroline seria, que dirigió al coche una mirada inexpresiva antes de volver a la penumbra rosada del vestíbulo y cerrar la puerta- se me encogió el corazón.

Anne subió al coche y al principio no dijo nada. Luego meneó la cabeza.

– Lo siento muchísimo. Caroline parece totalmente decidida. Es obvio que la desazona todo este asunto. Está avergonzada por haberte dado falsas esperanzas. Pero está muy resuelta.

– ¿Estás segura? -dije. Miré a la puerta principal cerrada-. ¿No crees que le habrá molestado tu visita y que por eso ha hablado con más aspereza?

– No lo creo. Ha estado encantadora; complacida de verme, de hecho. Estaba preocupada por ti.

– ¿Sí?

– Sí. Se ha alegrado mucho de que nos lo contaras a David y a mí.

Lo dijo como si representara algún consuelo para mí. Pero la idea de que Caroline se alegrara de que yo hubiera empezado a divulgar la noticia del fin de nuestra relación -de que se alegrara, por decirlo así, de haber transmitido a otros amigos la responsabilidad a mi respecto- me dejó aterrado.