Выбрать главу

No obstante, todos oímos los sonidos: sonidos horribles, todavía los oigo, una especie de gañido desgarrador de Gyp junto con el grito superpuesto de Gillian, una única nota penetrante que al instante se convirtió en un gemido bajo, débil, líquido. Creo que el pobre perro estaba tan asustado como cualquiera de nosotros: salió disparado de su sitio en la ventana y al pasar agitó la cortina y nos distrajo por un momento de la niña. Entonces una de las mujeres, no sé cuál, vio lo que había sucedido y lanzó un grito. Baker-Hyde, o quizá su cuñado, gritó: «¡Dios mío! ¡Gillian!». Los dos hombres se precipitaron hacia ella, y uno de ellos se enganchó el pie en una costura deshilachada de la alfombra y estuvo a punto de caerse. Alguien depositó apresuradamente en la repisa de la chimenea un vaso que se estrelló contra la piedra. Una confusión de cuerpos me ocultó a la niña por un momento: al mirar sólo le vi la mano y el brazo, y la sangre que corría por ellos. Incluso entonces -supongo que me inspiró la idea el ruido del vaso al romperse- sólo pensé que el cristal de una ventana, al romperse, había herido el brazo de Gillian y quizá cortado también a Gyp. Pero Diana Baker-Hyde había abandonado como un resorte su sitio y, abriéndose paso hasta su hija, empezó a gritar, y cuando yo me acerqué vi lo que ella había visto. La sangre no procedía del brazo de Gillian, sino de la cara. La mejilla y el labio se habían transformado en unos globos colgantes de carne: prácticamente los tenía arrancados. Gyp la había mordido.

La pobre niña estaba blanca y rígida por la conmoción. Su padre estaba a su lado y le acercaba a la cara los dedos temblorosos, los aproximaba y los alejaba, no sabiendo si tocar la herida o no; no sabiendo qué hacer. Llegué hasta él sin darme cuenta de cómo había llegado allí. Supongo que mi instinto profesional se había hecho cargo de la situación. Ayudé al padre a levantar a la niña; la llevamos al sofá y la tendimos; nos pasaron pañuelos y se los apretamos contra la mejilla; uno de ellos, que era de Helen Desmond, con encajes y bordados delicados, pronto quedó empapado de sangre. Hice lo que pude para restañar la hemorragia y limpiar la herida, pero era una tarea difícil. Esta clase de heridas siempre parecen peores de lo que son realmente, sobre todo en un niño, pero vi al momento que el mordisco era grave.

– ¡Dios! -repitió Peter Baker-Hyde.

Él y su mujer aferraban las manos de su hija; la mujer sollozaba. Los dos tenían manchas de sangre en la ropa -creo que todos teníamos-, y el brillo de la araña tornaba intensa y horrible la sangre.

– ¡Dios! ¡Mira cómo está! -Se pasó la mano por el pelo-. ¿Qué demonios ha ocurrido? ¿Por qué nadie…? Santo Dios, ¿qué ha pasado?

– Eso no importa ahora -dije, en voz baja. Todavía tenía los pañuelos firmemente apretados contra la herida, y analizaba rápidamente el caso.

– ¡Mírela!

– Está en estado de shock, pero no corre peligro. Aunque habrá que darle puntos. Me temo que muchos puntos, y cuanto antes mejor.

– ¿Puntos? -dijo él, con una expresión furiosa. Creo que había olvidado que yo era médico.

– Tengo mi maletín en el coche -dije-. Señor Desmond, ¿iría usted…?

– Sí, por supuesto -dijo Bill Desmond, sin aliento, y salió corriendo de la habitación.

A continuación llamé a Betty. Había retrocedido cuando todo el mundo se había precipitado hacia la niña, y observaba la escena como aterrada; estaba casi tan pálida como Gillian. Le dije que bajara a hervir una olla de agua y que buscara mantas y un almohadón. Y, entonces -con suavidad, y con la señora Baker-Hyde a mi lado, comprimiendo torpemente el ovillo de pañuelos contra la cara de su hija, con una mano tan temblorosa que los brazaletes de plata resbalaban tintineando en su muñeca-, cogí a la niña en brazos. Noté que estaba helada incluso a través de la chaqueta y la camisa. Tenía los ojos apagados y oscuros y sudaba por la impresión.

– Tenemos que bajarla a la cocina -dije.

– ¿La cocina? -dijo su padre.

– Necesitaré agua.

Entonces comprendió.

– ¿Quiere decir que lo haremos aquí? ¡No habla usted en serio! Sin duda un hospital…, un consultorio… ¿No podemos telefonear?

– El hospital más cercano está a quince kilómetros -dije-, y hay más de ocho hasta mi consulta. Hágame caso, no debería lanzarme a la carretera con este tipo de herida, en una noche como ésta. Tanto mejor cuanto antes la atendamos. Y también hay que pensar en la pérdida de sangre.

– Déjale hacer al doctor, ¡por el amor de Dios, Peter! -dijo la señora Baker-Hyde, rompiendo a llorar de nuevo.

– Sí -dijo la señora Ayres, que avanzó unos pasos y le tocó el brazo-. Ahora hay que dejar que el doctor Faraday se ocupe de ella.

Creo que en aquel momento advertí que el hombre apartaba la cara de la señora Ayres y rehuía ásperamente su contacto, pero estaba tan ocupado con la niña que no pensé mucho en el gesto. También ocurrió una cosa que apenas me afectó entonces, pero que al recordarla más tarde comprendí que había marcado la pauta de muchos de los sucesos que ocurrirían los días siguientes. La señora Baker-Hyde y yo habíamos transportado con todo cuidado a Gillian hasta el umbral del salón, donde encontramos a Bill Desmond con mi maletín en la mano. Helen Desmond y la señora Ayres nos miraron salir con el semblante inquieto, mientras la señora Rossiter y la señorita Dabney, en su distracción, se agacharon para recoger de la chimenea los añicos del vaso; la señorita Dabney, por cierto, se hizo un buen corte en el dedo que añadió manchas de sangre fresca a la alfombra ya ensangrentada. Peter Baker-Hyde me seguía de cerca, seguido a su vez por su cuñado, pero este último, al pasar, debió de descubrir a Gyp, que todo este tiempo había estado encogido debajo de una mesa. Morley se encaminó rápidamente hacia el perro y, soltando una maldición, le propinó una patada; el puntapié debió de ser fuerte, porque Gyp aulló. Para sorpresa de Morley, me figuro, Caroline se abalanzó hacia él y le apartó de un empujón.

– ¿Se puede saber qué hace? -gritó.

Recuerdo su voz: estridente y forzada, y totalmente distinta de la habitual.

Él se enderezó la chaqueta.

– ¿No se ha enterado? ¡Su maldito perro acaba de desgarrarle a mi sobrina la mitad de la cara!

– Pero así lo empeora más -dijo ella, arrodillándose para atraer a Gyp hacia ella-. ¡Le ha dado un susto de muerte!

– ¡Más que un susto me gustaría darle! ¿Cómo demonios le deja suelto por la casa cuando hay niños presentes? ¡Debería estar encadenado!

– Es totalmente inofensivo cuando no se le provoca -dijo ella.

Morley ya se alejaba, pero volvió atrás.

– ¿Qué diablos quiere decir con eso?

Ella movió la cabeza.

– Deje de gritar, ¿quiere?

– ¿Que deje de gritar? ¿Ha visto lo que le ha hecho?

– Bueno, nunca ha mordido a nadie. Es un perro doméstico.