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– ¿Ha venido andando?

– No, no -respondió-. Barrett ha podido conseguirme un poco de gasolina y he cogido el coche.

Señaló con la barbilla calle arriba y vi el inconfundible automóvil de los Ayres, un Rolls-Royce negro y marfil, viejo y desvencijado, aparcado un poco más lejos. Dijo:

– Creí que en el trayecto estaba dando las últimas boqueadas. Habría sido el remate. Pero se ha portado.

Ahora parecía el mismo Rod de siempre. Dije:

– ¡Bueno, esperemos que le lleve de vuelta a casa! No tiene prisa en volver, supongo. Venga conmigo un momento para entrar en calor.

– Oh, no puedo -dijo al instante.

– ¿Por qué no?

Apartó la mirada.

– No quiero distraerle de su trabajo.

– ¡Tonterías! Tengo casi una hora hasta la consulta de la tarde, y para mí es un tiempo muerto. Hace tiempo que no le veo. Venga.

Era evidente que se mostraba reacio, pero seguí insistiendo ligera aunque resueltamente, y al final accedió a acompañarme «sólo cinco minutos». Aparqué el coche y me reuní con él en la puerta de mi casa. Como arriba no había ningún fuego encendido, le llevé a la consulta; saqué una silla de detrás del mostrador y la puse al lado de otra, cerca de la antigua salamandra de la habitación, que aún tenía rescoldos. Dediqué unos minutos a avivarlos hasta que brotó la llama, y cuando me enderecé Rod ya se había quitado la gorra, había dejado la cartera y deambulaba despacio por la consulta. Miraba las estanterías donde yo guardaba los pintorescos bocales viejos y los instrumentos que habían pertenecido al doctor Gill.

Me alegró ver que su estado de ánimo había mejorado un poco. Dijo:

– Aquí está el asqueroso tarro de sanguijuelas que me daba pesadillas de niño. Probablemente el doctor Gill nunca tuvo bichos dentro, ¿no?

– Lo más probable es que sí, me temo -dije-. Era justamente el tipo de hombre que tenía fe en las sanguijuelas. En ellas, en el regaliz y en el aceite de hígado de bacalao. Quítese el abrigo, por favor. Vuelvo ahora mismo.

Diciendo esto entré en mi consulta, en la habitación contigua, y abrí un cajón de mi escritorio para sacar una botella y dos copas.

– No quiero que piense -dije, mostrando la botella- que tengo por costumbre beber antes de las seis. Pero creo que usted necesita alegrar esa cara, y es sólo un viejo jerez. Lo tengo a mano para las embarazadas. Ya ve, o quieren celebrarlo… o necesitan algo para reponerse del susto.

Sonrió, pero la sonrisa se le borró enseguida de los labios.

– Babb acaba de invitarme a un trago. ¡En su caso nada de jerez, se lo aseguro! Ha dicho que debíamos brindar por la firma del contrato; que de lo contrario traería mala suerte. Me ha faltado poco para decirle que yo ya la llevo encima; una prueba es la venta de la parcela. En cuanto al dinero que me reporta, ¿me creería si le dijera que prácticamente ya está todo gastado?

Cogió, no obstante, la copa que yo le ofrecía y la chocó contra la mía. Para mi sorpresa, el licor tembló en su mano y, quizá para ocultarlo, dio un sorbo rápido y luego empezó a girar de un lado para otro el pie del vaso entre los dedos. Al dirigirnos hacia las sillas le observé más atentamente. Vi la manera tensa, pero extrañamente inánime, con que tomó asiento. Era como si llevara dentro unas pesas pequeñas que se balanceaban de una forma imprevisible. Dije, suavemente: -Parece agotado, Rod.

Levantó una mano para enjugarse el labio. Tenía todavía la muñeca vendada, con el crespón ya sucio y deshilachado en la palma.

– Debe de ser por el asunto de la venta -dijo.

– No debería tomárselo tan a pecho. Probablemente hay en Inglaterra cien terratenientes en la misma situación y que están haciendo lo mismo que usted.

– Probablemente hay mil -respondió él, pero sin mucha energía-. Todos mis compañeros de colegio y todos mis camaradas de vuelo: cada vez que sé algo de alguno me cuentan la misma historia. La mayoría ya han despilfarrado el dinero. Algunos buscan trabajo. Sus padres viven en constante tensión… Esta mañana he abierto un periódico: un obispo pontificaba sobre «la vergüenza de los alemanes». ¿Por qué nadie escribe un artículo sobre «la vergüenza de los ingleses»? ¿Sobre el trabajador inglés normal, que desde la guerra ha visto esfumarse como humo sus bienes y sus ingresos? Entretanto medran los pequeños negociantes mugrientos como Babb, y hombres sin tierra, sin familia, sin que el condado les eche la vista encima…, hombres como ese maldito Baker-Hyde…

La voz se le había tensado, y no terminó la frase. Recostó la cabeza y se tragó el resto de jerez, y luego empezó a girar el vaso vacío entre los dedos, aún más nervioso que antes. De repente su mirada se había vuelto ausente, parecía alarmantemente inalcanzable. Hizo un movimiento y tuve de nuevo la sensación de que llevaba dentro pesas sueltas que le sacudían y desequilibraban.

Me consternó también su referencia a Peter Baker-Hyde. Pensé que era un atisbo de lo que podría haberle trastornado durante todo aquel tiempo. Era como si hubiera convertido en un fetiche a Peter, con su dinero, su hermosa mujer y su buen historial de guerra. Me incliné hacia él.

– Escuche, Rod. No debe seguir así. Esa fijación, o lo que sea, con Baker-Hyde, ¿no puede deshacerse de ella? Concéntrese en lo que tiene en vez de pensar en lo que le falta. Usted sabe que muchos hombres le envidiarían.

Me miró con una expresión extraña.

– ¿Envidiarme?

– ¡Sí! Para empezar, mire la casa donde vive. Sé que cuesta mucho trabajo mantenerla, pero ¡válgame Dios! ¿No ve que aferrándose a esa especie de rencor no facilita la vida, que digamos, a su madre y su hermana? No sé lo que le pasa últimamente. Si hay algo en su cabeza…

– ¡Dios! -dijo él, enardeciéndose-. Si tanto le gusta la puñetera casa, ¿por qué no intenta gobernarla? Me gustaría verle. ¡No se hace idea! ¿No sabe que si yo dejase sólo un momento de…?

Tragó saliva y la nuez le brincó penosamente en el cuello flaco.

– ¿Si dejase de qué?

– De frenar su avance. De mantenerla a raya. ¿No sabe que cada segundo de cada día esa maldita casa corre peligro de derrumbarse y de arrastrarnos con ella a mí, a mi madre y a mi hermana? ¡Dios, no tienen ni idea, ni ellas ni usted! ¡Me está matando!

Puso una mano en el respaldo de la silla e hizo un movimiento como si quisiera coger impulso para levantarse, pero se lo pensó mejor y se sentó bruscamente. Ahora su temblor era visible; no sé si temblaba de disgusto o de rabia, pero miré hacia otra parte un momento para darle tiempo a que se repusiera. La salamandra no funcionaba bien: me puse a forcejear con el tiro. Al hacerlo me percaté de que Rod se agitaba; enseguida estuvo tan agitado que resultaba anormal. «¡Mierda!», le oí decir, con una voz desesperada y baja. Le miré atentamente y vi que estaba pálido, sudaba y se estremecía como si tuviera fiebre.

Me levanté, alarmado. Por un momento pensé que debía de haber acertado en lo de la epilepsia; que iba a tener un ataque allí mismo, en mi presencia.

Pero él se tapó la cara con la mano.

– ¡No me mire! -dijo.

– ¿Qué?

– ¡No me mire! Quédese donde está.

Entonces comprendí que no estaba enfermo, sino que era presa de un pánico atroz, y la vergüenza de que yo le viera así empeoraba su estado. Le di la espalda, por tanto, me acerqué a la ventana y miré fuera a través de los visillos polvorientos. Incluso ahora recuerdo su olor acre y cosquilloso.

– Rod… -dije.

– ¡No me mire!

– No le estoy mirando. Estoy mirando a la calle, a la calle mayor. -Oía su respiración rápida y trabajosa, el temblor de lágrimas en su garganta. Serené mucho mi tono y dije-: Veo mi coche. Me temo que le hace falta una buena limpieza y un poco de brillo. Veo el suyo, más abajo, que aún está peor… Por ahí pasa la señora Walker y su niño. Ahí veo a Enid, la de los Desmond. Está furiosa, por lo que parece; se ha puesto el sombrero torcido. Y el señor Crouch ha salido a la acera a sacudir un trapo… ¿Puedo mirarle ya?