Betty volvió justo en aquel momento. Llamó a la puerta con los nudillos y, tenso y sobresaltado, Rod gritó algo. Asustada por el sonido de su voz, ella empujó tímidamente la puerta y le vio mirando, como petrificado, el objeto roto en el suelo. De una forma espontánea, Betty se adelantó con intención de recoger los pedazos. Entonces vio la expresión de Rod. Él no recordaba lo que le dijo, pero debió de ser alguna grosería, porque ella salió inmediatamente y volvió al salón corriendo; fue cuando yo la vi entrar acalorada y susurrar algo al oído de la señora Ayres. Ésta la acompañó sin dilación a ver a Roderick, y comprendió en el acto que algo terrible ocurría. Rod sudaba más que nunca y se estremecía como si tuviera fiebre. Supongo que debía de encontrarse en un estado bastante similar a como le veía cuando me contó esta historia. Dijo que su primer impulso al ver a su madre fue como el de un niño: agarrarle de la mano, pero que se sobrepuso, consciente de que en absoluto debía involucrarla en lo que estaba ocurriendo. Había visto al espejo dar aquel salto hacia su cabeza: lo animaba un impulso inconsciente; lo había sentido abalanzarse sobre él movido por algo extraordinariamente decidido y feroz. No quería exponer a su madre a aquel peligro. Le explicó de una forma confusa e incompleta que estaba sobrecargado de trabajo en la granja y le dijo que le dolía tanto la cabeza como si se le fuera a partir en dos. Estaba tan obviamente enfermo y trastornado que ella quiso llamarme pero él no la dejó: lo único que quería era que ella se fuera cuanto antes de la habitación. Dijo que los menos de diez minutos que estuvo allí con su madre fueron uno de los momentos más espantosos de su vida. La tensión de tratar de ocultar la prueba por la que había pasado, unida al temor de que le dejaran solo, quizá para pasar otro mal rato, debió de darle un aire de loco. Por un instante estuvo a punto de echarse a llorar, y dijo que sólo la expresión desolada e inquieta de su madre le dio fuerzas para contenerse. Cuando ella y Betty salieron del cuarto, se sentó en la cama, en un rincón del dormitorio, de espaldas a la pared y con las rodillas levantadas. La pierna herida le dolía mucho, pero no le importaba: el dolor casi le alegraba porque le mantenía alerta. Porque, en efecto, dijo, tenía que vigilar. Tenía que vigilar cada objeto, cada rincón y cada sombra de la habitación, tenía que inspeccionar con la mirada, sin un respiro, una superficie tras otra. Sabía que la cosa maligna que había intentado hacerle daño seguía allí dentro, aguardando.
– Eso fue lo peor -dijo-. Sabía que me odiaba, me odiaba de verdad, al margen de toda razón o lógica. Sabía que deseaba hacerme daño. Era distinto a volar por el cielo y detectar a un caza enemigo: ves venir hacia ti una máquina pilotada por un hombre que quiere a toda costa borrarte del firmamento. Aquello era limpio, comparado con esto. Tenía su lógica, su justicia. Esto era ruin, rencoroso e impropio. No podía apuntarle con una pistola. No podía amenazarle con un cuchillo o un atizador: ¡el cuchillo y el atizador podían haber cobrado vida en mi mano! ¡Era como si las mismas sábanas en las que estaba sentado pudiesen levantarse para estrangularme!
Había vigilado durante quizá media hora…, «pero lo mismo podrían haber sido mil horas», tembloroso y tenso por el esfuerzo tremendo de ahuyentar a lo maligno, y al final no aguantó más y sucumbió a los nervios. Se oyó a sí mismo gritarle que se fuera, ¡que le dejase en paz, por el amor de Dios!, y el sonido de su propia voz le horrorizó; quizá quebró algún tipo de maleficio. Percibió de inmediato que algo había cambiado, que la cosa horrible se había ido. Miró los objetos a su alrededor y: «No puedo explicarlo. No sé cómo lo supe. Pero supe que otra vez eran normales e inanimados». Totalmente deshecho, bebió un vaso lleno de brandy, se metió en la cama y se acurrucó como un bebé. En la habitación, como siempre, reinaba aquella atmósfera silenciosa, como si estuviera ligeramente aislada del resto de la casa. Si poco después hubo sonidos al otro lado de la puerta, pasos y murmullos inquietos, o no los oyó o estaba tan exhausto que no se paró a pensar en lo que eran. Se sumió en un sueño agitado, y dos horas más tarde lo despertó Caroline. Había ido a ver cómo estaba y a contarle lo que había pasado con Gyp y Gillian. Escuchó el episodio con un horror creciente, porque comprendió que el perro debió de haber mordido a la niña aproximadamente en el mismo momento en que él había gritado a la presencia malévola que le dejara tranquilo.
Me miró al decir esto, con los ojos tan irritados que parecían arderle en la cara marcada de cicatrices. Dijo:
– ¿Comprende? ¡Fue culpa mía! Quise que aquello se alejara de mí por pura y maldita cobardía; y se fue al salón para herir a otra persona. ¡Pobre niña! Si lo hubiera sabido, habría hecho cualquier cosa, lo que fuera… -Se enjugó la boca, hizo un esfuerzo y prosiguió, con voz más serena-: No he vuelto a bajar la guardia, se lo aseguro. Ahora, cuando viene, estoy preparado. La mayoría de los días no sucede nada. La mayoría de los días no aparece. Pero le gusta sorprenderme, pillarme desprevenido. Es como un niño astuto y rencoroso. Me pone trampas. Aquella noche abrió la puerta de mi cuarto para que el golpe, al entrar, me hiciera sangrar la nariz. Mueve mis papeles; ¡me pone obstáculos delante para que tropiece y me rompa el cuello! Eso no me importa. Que a mí me haga lo que quiera. Mientras pueda retenerlo en mi cuarto contengo la infección, ¿entiende? Es lo esencial ahora, ¿no le parece? ¿No es esencial mantener lejos del foco infeccioso a mi madre y a mi hermana?
Capítulo 6
En mi carrera médica, al examinar a un paciente o ver el resultado de algún análisis, muchas veces he tenido que pensar, gradual pero inevitablemente, que se trataba de un caso incurable. Recuerdo, por ejemplo, a una joven casada, recién embarazada, que vino a verme por una tos de verano: recuerdo muy claramente que le puse el estetoscopio en el pecho y oí los primeros indicios, leves pero devastadores, de una tuberculosis. Me acuerdo de un chico guapo y de talento, al que me trajeron con «dolores crecientes»: era, en realidad, el comienzo de una enfermedad que consumía los músculos y que, cinco años después, acabaría con su vida. El tumor que crece, el cáncer que se extiende, el ojo nublado forman parte del catálogo de casos de un médico de familia, junto con los sarpullidos y los esguinces, pero nunca me he acostumbrado a ellos, nunca he tenido el primer atisbo de certeza sin que me invada un intenso sentimiento de impotencia y tristeza.
Algo parecido a esta consternación empezó a asaltarme mientras escuchaba la historia extraordinaria que me contó Rod. No sé muy bien cuánto tardó en contarla, porque hablaba de un modo un poco entrecortado, con vacilación y renuencia, y rehuyendo los detalles espantosos del relato. Le escuché en silencio casi todo el tiempo, y cuando terminó, sentados en aquella habitación tranquila, miré el mundo seguro, familiar y previsible que me rodeaba -la salamandra, el mostrador, los instrumentos y bocales, con la letra del buen Gill en las etiquetas descoloridas-, y me pareció que todo se me volvía ligeramente extraño, que todo se había torcido ligeramente.