¿Qué iba a hacer yo? Estaba claro -horriblemente claro- que en las últimas semanas Rod había sufrido alucinaciones muy poderosas. En cierto sentido no era de extrañar, a causa de la tremenda serie de cuitas que recientemente había tenido que soportar. A todas luces, la tensión y la sensación de amenaza habían sobrepasado la capacidad de su cerebro, hasta el punto de creer que las «cosas corrientes», como él repetía, se sublevaban contra él. No era quizá una sorpresa que la enajenación se hubiera presentado por primera vez la noche en que debía ejercer de anfitrión en una fiesta para su vecino más afortunado; y también consideré tristemente significativo que la peor experiencia se hubiese centrado en un espejo… que, antes de haber emprendido «su paseo», había reflejado las cicatrices de su cara y había terminado hecho añicos. Todo esto, como digo, ya era suficientemente horrible, pero cabía explicarlo como el producto del estrés y la tensión nerviosa. Más perturbador e inquietante era, a mi entender, el hecho de que siguiese totalmente convencido de la idea delirante generada por aquel temor, en apariencia lógico, de que a su madre y su hermana las «infectara», si él no estaba allí para evitarlo, la cosa diabólica que supuestamente había invadido su habitación.
Pasé las horas siguientes dando vueltas al estado de Rod. Mientras atendía a los demás pacientes, en parte seguía con él, escuchando con horror y desolación la atroz historia que me contaba. No creo que hubiese habido en toda mi vida profesional un momento de mayor indecisión sobre la conducta que debía adoptar. Sin duda mi relación con su familia interfería en mi juicio. Probablemente debería haber pasado de inmediato el caso a otro médico. Pero ¿en qué sentido era un caso? Roderick no había venido a mi casa aquel día a solicitar consejo médico. Como él mismo había señalado, se resistía a confiar en mí. Y desde luego estaba excluido que a mí o a cualquier otro facultativo nos pagara para prestarle ayuda o consejo. En aquel momento no sospechaba que fuese un peligro para sí mismo o para otros. Se me antojaba mucho más probable que su alucinación fuese cobrando fuerza gradualmente hasta acabar consumiéndole: dicho de otro modo, que acabaría sumiéndole en una crisis mental absoluta.
Mi mayor dilema era qué decirles -si les decía algo- a la señora Ayres y a Caroline. Había dado mi palabra a Rod de que no les diría nada, y si bien sólo hablaba en serio a medias cuando me comparé con un cura, ningún médico se toma a la ligera la promesa de guardar un secreto. Pasé una noche muy agitado, decidiendo ahora una cosa y después otra… Por fin, poco antes de las diez, corrí a la casa de los Graham para comentar el caso con ellos. Por entonces les visitaba menos y a Graham le sorprendió verme. Dijo que Anne estaba arriba -uno de los niños estaba ligeramente indispuesto-, pero me llevó al cuarto de estar y escuchó todo mi relato.
Le conmocionó tanto como a mí.
– ¿Cómo es posible que las cosas hayan llegado tan lejos? ¿No hubo indicios?
– Sabía que algo no andaba bien, pero no tanto -dije.
– ¿Qué vas a hacer ahora?
– Intento decidirlo. Ni siquiera tengo un diagnóstico firme.
Él reflexionó.
– Has pensado en la epilepsia, supongo.
– Fue mi primera idea. Sigo pensando que podría explicar parte del caso. El aura, que produce sensaciones extrañas…, auditivas, visuales y demás. El propio ataque, el cansancio subsiguiente; todo encaja, hasta cierto punto. Pero no creo que sea todo.
– ¿Y un mixedema?
– También lo pensé. Pero es muy difícil no verlo, ¿no? Y no hay señales.
– ¿No podría ser algo que interfiere con la función cerebral? ¿Un tumor, por ejemplo?
– ¡Dios, espero que no! Es posible, por supuesto. Pero no hay otros síntomas… No, tengo el presentimiento de que es puramente nervioso.
– Pues eso ya es bastante malo.
– Lo sé -dije-. Y su madre y su hermana no saben nada. ¿Crees que debería decírselo? Es lo que más me preocupa.
Movió la cabeza, inflando las mejillas.
– Ahora tú las conoces mejor que yo. Seguro que Roderick no te lo agradecerá. Por otra parte, podría empujarle a una crisis.
– O que se vuelva totalmente inaccesible.
– Es un riesgo, ciertamente. ¿Por qué no te tomas un día o dos para pensártelo?
– Y entretanto -dije, sombríamente- las cosas en Hundreds van paso a paso hacia el caos.
– Bueno, eso, al menos, no es tu problema -dijo Graham.
Lo dijo con bastante indiferencia: la recordaba de otras conversaciones nuestras sobre los Ayres, pero esta vez me irritó un poco. Terminé mi bebida y volví despacio a casa, agradecido de que me hubiera escuchado, aliviado por haber comunicado los detalles del caso, pero todavía sin saber qué hacer. Y cuando entré en la consulta oscura y vi las dos sillas delante de la salamandra, y me pareció volver a oír la voz entrecortada y desesperada de Rod, su relato recobró toda su fuerza y comprendí que era mi deber para con la familia darles al menos, y cuanto antes, algunos datos sobre su estado.
Pero el viaje que hice a la casa al día siguiente fue bastante deprimente. Se diría que mi relación con los Ayres se limitaba ahora a avisarles de algo o a hacer alguna tarea penosa en su lugar. Además, al llegar el nuevo día mi resolución había flaqueado un poco. Volví a pensar en la promesa que había hecho y conduje el coche como encogido y con desgana, si tal cosa es posible, esperando ante todo no encontrarme con Rod en el parque ni en la casa. Sólo hacía unos días de mi última visita, y no me esperaban ni la señora Ayres ni Caroline; las encontré en la salita, pero vi al instante que al presentarme así, sin avisar, las había desconcertado un poco.
– ¡Caramba, doctor, nos mantiene usted alerta! -dijo la señora Ayres, llevándose a la cara una mano sin anillos-. No me habría puesto la ropa de estar por casa si hubiera sabido que vendría a vernos. Caroline, ¿tenemos algo en la cocina para ofrecerle al doctor con el té? Creo que hay pan y mantequilla. Mejor que llames a Betty.
Yo no había querido telefonear antes por miedo a alarmar a Roderick, y estaba tan habituado a ir y venir de Hundreds que no se me había ocurrido pensar que mi visita pudiera importunarles. La señora Ayres habló educadamente, pero con un deje quejumbroso en su voz. Nunca la había visto tan descompuesta; era como si la hubiese sorprendido sin su amuleto, así como sin sus polvos y anillos. Pero el motivo de su arranque de mal humor se puso de manifiesto en otro momento, porque para sentarme tuve que retirar del sofá varias cajas planas y combadas: eran cajas con álbumes de fotos de la familia que Caroline acababa de desenterrar de un armario del cuarto donde pasaban las mañanas, y que una vez examinadas resultó que estaban manchadas de humedad, recubiertas de moho y prácticamente estropeadas.
– ¡Qué tragedia! -dijo la señora Ayres, mostrándome las hojas que se desmenuzaban-. Aquí debe de haber ochenta años de fotos, y no sólo de la familia del coronel, sino también de la mía, los Singleton y los Brooke. Y fíjese que llevo meses pidiendo a Caroline y a Roderick que buscaran estas fotografías para ver si estaban intactas. No sabía que estuviesen en el armario de ese cuarto; creía que estaban guardadas bajo llave en uno de los desvanes.
Miré a Caroline, que había vuelto después de salir corriendo en busca de Betty y pasaba las páginas de un libro con un aire distante y paciente. Sin levantar la vista de la página dijo:
– Me parece que no habrían estado más a salvo en los desvanes. La última vez que puse los pies allí fue para echar una ojeada a unas goteras. Había cestas de libros de cuando Roddie y yo éramos niños, todos comidos por el moho.
– Pues ojalá me lo hubieras dicho, Caroline.
– Estoy segura de que te lo dije en su momento, madre.