– Sé que tu hermano y tú tenéis muchas cosas en que pensar, pero esto es una decepción inmensa. Mire, doctor. -Me tendió una antigua carte de visite acartonada, con su pintoresco y descolorido motivo Victoriano, ya prácticamente oscurecido por manchas de color herrumbre-. Ésta es del padre del coronel cuando era joven. Yo pensaba que Roderick se le parecía mucho.
– Sí -dije, distraído. Pero aguardaba nervioso la ocasión de hablar-. A propósito, ¿dónde está Roderick?
– Oh, en su habitación, supongo. -Cogió otra foto-. Ésta también está estropeada… Y ésta… Recuerdo que esta otra…, ¡oh, qué horror! ¡Está destrozada! Mi familia, justo antes de la guerra. Aquí están todos mis hermanos, mire, apenas se les distingue: Charlie, Lionel, Mortimer, Frank; y mi hermana, Cissie. Yo llevaba casada un año y había vuelto a casa con el bebé, y entonces no lo sabíamos, pero la familia no volvería a reunirse nunca, porque seis meses después empezaron los combates y dos de los chicos perdieron la vida casi de inmediato.
Una nota de auténtica pena le empañó la voz, y esta vez Caroline alzó los ojos y nuestras miradas se cruzaron. Llegó Betty y le mandaron que trajera el té -que a mí no me apetecía, ni tenía tiempo para tomarlo-, y la señora Ayres continuó mirando fotos borrosas, con un semblante triste y ausente. Pensé en lo que había sufrido en los últimos tiempos y en la horrible noticia que había venido a darle; observé los movimientos nerviosos de sus manos, que sin los anillos parecían desnudas y de anchos nudillos. Y de repente la idea de abrumarla con una congoja más me pareció demasiado. Recordé la conversación que había tenido con Caroline la semana anterior sobre su hermano; se me ocurrió que quizá debería hablar con ella, al menos antes que con su madre. Pasé unos minutos intentando llamar su atención en vano; después, cuando Betty volvió con la bandeja del té, me levanté para ayudarla y le pasé su taza a Caroline mientras Betty le entregaba la suya a la señora Ayres. Y cuando Caroline me miró, algo sorprendida, al extender la mano para tomar el platillo, me incliné hacia ella y susurré:
– ¿Podemos hablar a solas?
Ella retrocedió, asustada por estas palabras, o simplemente por el soplo de mi aliento sobre su mejilla. Me miró a la cara, miró a su madre y me hizo una señal de asentimiento. Volví al sofá. Dejamos transcurrir cinco o diez minutos mientras tomábamos el té y las rebanadas delgadas y secas del bizcocho que lo acompañaban.
Luego se inclinó hacia delante, como si se le hubiera ocurrido una idea.
– Madre -dijo-, iba a decírtelo. He reunido algunos libros viejos para dárselos a la Cruz Roja. Quizá el doctor Faraday pueda llevarlos a Lidcote en su coche. No quiero pedírselo a Rod. Perdone que le moleste, doctor, pero ¿le importaría? Están en la biblioteca, embalados y listos.
Lo dijo sin un parpadeo de cohibición y sin la menor traza de rubor en la cara, pero debo confesar que a mí me latía fuertemente el corazón. La señora Ayres, a regañadientes, dijo que suponía que podría soportar nuestra ausencia durante unos minutos, y siguió revisando los álbumes mohosos.
– No le retendré mucho tiempo -me dijo Caroline, todavía con su voz normal, cuando abrí la puerta; pero indicó el pasillo con un gesto de los ojos y fuimos rauda y silenciosamente a la biblioteca, donde se dirigió a la ventana para abrir el único postigo que no estaba inservible.
Cuando irrumpió la luz invernal, pareció que los libros envueltos recobraban vida a nuestro alrededor, irguiéndose como fantasmas. Di unos pasos para salir de la penumbra más densa y Caroline se alejó de la ventana y se reunió conmigo.
– ¿Ha ocurrido algo? -me preguntó, gravemente-. ¿Se trata de Rod?
– Sí -dije.
Y entonces le conté, lo más brevemente posible, todo lo que su hermano me había confesado la noche anterior en la consulta. Me escuchó con un horror creciente, pero también, pensé, como si empezara a comprender, como si mis palabras tuvieran un sentido horrendo para ella, como si pusieran en sus manos la clave de un oscuro misterio que hasta entonces le había sido indescifrable. Laúnica vez que me interrumpió fue cuando repetí lo que Rod había dicho sobre la mancha que apareció en el techo, y entonces me agarró del brazo y dijo:
– ¡Aquella marca y las otras! ¡Las vimos! Sabía que tenían algo raro. ¿No cree…? ¿No podrían ser…?
Advertí con sorpresa que estaba casi dispuesta a tomar en serio las afirmaciones de su hermano. Dije:
– Caroline, esas marcas podría haberlas hecho cualquier cosa. Podría haberlas hecho el mismo Rod, simplemente para respaldar su propia alucinación. O quizá las que aparecieron antes activaron todo el proceso en su mente.
Ella retiró la mano.
– Sí, por supuesto… ¿Y usted cree que es así? ¿No podría ser lo que dijo antes? ¿Lo de los ataques?
Negué con la cabeza.
– Preferiría que hubiera algún problema físico; sería más fácil de tratar. Pero me temo que nos enfrentamos a algún tipo de, bueno, de enfermedad mental.
Estas palabras la estremecieron. Durante un segundo pareció asustada; después dijo:
– Pobre, pobre Rod. Es horrible, ¿no? ¿Qué podemos hacer? ¿Piensa decírselo a mi madre?
– Pensaba hacerlo. Por eso he venido. Pero al verla con las fotos…
– No sólo son las fotos, ¿sabe? -dijo ella-. Mi madre está cambiando. La mayor parte del tiempo es la misma de siempre. Pero hay días en que está así, ausente y sentimental, y piensa demasiado en el pasado. Ella y Rod casi han empezado a pelearse por culpa de la granja. Al parecer hay nuevas deudas. ¡Él se lo toma todo tan a pecho! Luego se encierra en sí mismo. Ahora entiendo por qué. Es demasiado horrible… ¿De verdad dijo esas cosas espantosas, y las dijo en serio? ¿No lo malinterpretaría?
– Ojalá fuera así, por el bien de todos. Pero no, me temo que no oí mal. Si no me deja tratarle, lo único que cabe esperar es que la mente se le despeje sola. Podría ser, ahora que los Baker-Hyde se han ido del condado y aquel desgraciado asunto está por fin resuelto; aunque lo de la granja es una mala noticia. Desde luego no puedo hacer nada mientras continúe su fijación con la idea de que las está protegiendo a usted y a su madre.
– ¿No cree que si yo hablara con él…?
– Puede intentarlo, aunque no me gustaría que oyera lo que yo oí de sus propios labios. Quizá lo mejor ahora sea únicamente vigilarle…, que las dos le vigilen, y Dios quiera que no empeore.
– ¿Y si empeora? -preguntó.
– Bueno, si esta casa no fuera la que es -contesté-, y la familia que la ocupa fuese más normal, sé lo que haría. Traería a David Graham e ingresaríamos a Rod por la fuerza en un centro psiquiátrico.
Ella se tapó la boca con la mano.
– La cosa no llegará a ese extremo, ¿verdad?
– Estoy pensando en las heridas de Rod. Me parece que se está castigando. Está claro que se siente culpable, quizá por la situación actual de Hundreds; o incluso por la muerte en la guerra de su copiloto. Quizá esté intentando hacerse daño, casi de un modo inconsciente. Por otro lado, quizá nos esté pidiendo ayuda. Conoce mis aptitudes como médico. Podría ser que se esté lastimando justamente con la esperanza de que yo intervenga y tome una decisión drástica…
Me detuve. Estábamos a la débil luz de la ventana con los postigos cerrados, y durante todo este tiempo hablamos tensamente, en murmullos. Ahora, en alguna parte por encima de mi hombro, como si procediera de las sombras más espesas de la biblioteca, sonó el tenue y agudo chirrido de un metal; los dos volvimos la cabeza, asustados. Oímos otro chirrido; comprendí que provenía del pestillo de la puerta de la biblioteca, que estaba girando lentamente en su encaje. En una penumbra semejante, y en nuestro estado de nerviosismo, el hecho pareció casi asombroso. Oí que Caroline respiraba hondo y noté que se me acercaba aún más, como asustada. Cuando la puerta se abrió lentamente y la luz del vestíbulo iluminó a Roderick, creo que los dos, por un segundo, sentimos alivio. Después vimos su expresión y nos separamos rápidamente.