Juró que no había dicho nada.
– Me dijo usted que no hablara, ¿no? ¡Pues no he dicho una palabra!
– ¿Ni siquiera en broma?
– ¡No!
Lo dijo con una gran seriedad, pero también, pensé, con un levísimo asomo de deleite. Recordé de repente lo buena actriz que era: la miré a los ojos grises, superficiales, y por primera vez no supe con certeza si su mirada era astuta o candorosa.
– ¿Estás completamente segura? -dije-. ¿No has dicho ni has hecho nada? ¿Sólo para animar un poco? ¿No has cambiado cosas de sitio? ¿No las has puesto donde no tienen que estar?
– ¡Yo no he hecho nada ni he dicho nada! -dijo ella-. De todos modos, no me gustar pensar en esa cosa. Me quedo helada si pienso en ella cuando bajo sola. Esa cosa no es mía; es lo que dice la señora Bazeley. Dice que si yo no la molesto, ella tampoco me molestará a mí.
Y tuve que conformarme con esto. Ella siguió recogiendo el polvo. Me la quedé observando otro momento y después abandoné la casa.
Una o dos semanas más tarde hablé con Caroline varias veces. Me dijo que no había habido grandes cambios, que Rod estaba tan hermético como siempre, pero muy racional, aparte de esto; y en mi visita siguiente, cuando llamé a la puerta de su habitación, él mismo vino a abrirla exclusivamente para comunicarme con un tono sobrio que «no tenía nada que decirme, y que sólo quería que le dejase en paz». Después, de una forma sumamente categórica, me cerró la puerta en las narices. Mi intromisión, en otras palabras, había tenido por efecto precisamente lo que más temía. Estaba descartado seguir tratándole la pierna: terminé de escribir el informe del caso y lo envié, y sin este motivo para ir a la casa mis visitas se fueron espaciando. Descubrí sorprendido que las añoraba enormemente. Echaba de menos a la familia; echaba de menos el propio Hundreds. Me preocupaba la pobre y agobiada señora Ayres y pensaba a menudo en Caroline, me preguntaba cómo se las arreglaría en una situación tan difícil; evocaba la tarde en la biblioteca y recordaba con qué cansancio y qué a regañadientes ella había separado sus manos de las mías.
Llegó diciembre y el clima se tornó más invernal. Hubo un brote de gripe en la comarca: el primero de la estación. Murieron dos de mis pacientes ancianos y algunos otros sufrieron graves contagios. El propio Graham contrajo la enfermedad; nuestro suplente, Wise, asumió la mayor parte de su carga de trabajo, pero el resto de sus rondas se sumaron a las mías y pronto empecé a trabajar todas las horas que tenía libres. A primeros del mes, lo más cerca que estuve del Hall fue la granja de Hundreds, donde la mujer y la hija de Makins estaban postradas en cama, y su ausencia se notaba en las labores de ordeño. Makins, a su vez, se mostraba gruñón y agrio, y hablaba de dejarlo todo en la estacada. Me dijo que a Roderick Ayres no le había visto el pelo desde hacía tres o cuatro semanas, desde el día en que fue a cobrar el dinero del arrendamiento.
– Eso es lo que se llama un hacendado -dijo-. Cuando brilla el sol, todo va sobre ruedas. En cuanto aparecen los primeros nubarrones, se queda en su casa tumbado a la bartola.
Habría seguido rezongando de este modo, pero yo no tenía tiempo para pararme a escucharle. Tampoco lo tuve para acercarme al Hall, como habría hecho en otra época. Pero me inquietó lo que me había dicho Makins, y aquella noche telefoneé a la casa. Contestó la señora Ayres, con la voz fatigada:
– Oh, doctor Faraday -dijo-, ¡qué agradable oírle! Hace siglos que no nos visita nadie. Este tiempo lo hace todo tan penoso. La casa, ahora mismo, no es nada confortable.
– Pero ¿están todos bien? -pregunté-. ¿Todos? ¿Caroline? ¿Rod?
– Estamos… bien.
– He hablado con Makins…
Había interferencias en la línea.
– ¡Tiene que venir a vernos! -gritó, a través de los parásitos-. ¿Vendrá? ¡Venga a cenar! Le haremos una auténtica cena a la antigua. ¿Le apetecería?
Respondí que sí, que mucho. La línea funcionaba tan mal que no pudimos seguir. Fijamos una fecha, entre el chisporroteo, para dos o tres noches más tarde.
En este breve plazo, el clima no hizo más que empeorar. La noche en que volví a Hundreds llovía y soplaba el viento, no había luna ni estrellas. No sé si sería culpa de la oscuridad y la humedad, o si, al no haberla visto durante una temporada, había olvidado lo destartalada y descuidada que estaba en realidad la casa, pero cuando entré en el vestíbulo percibí de inmediato su tristeza. Algunas de las bombillas de los apliques se habían fundido y la escalera se adentraba en las sombras, al igual que la noche de la fiesta; el efecto ahora desmoralizaba extrañamente, como si la inclemencia de la noche hubiera encontrado un modo de filtrarse por las junturas del enladrillado y se hubiera congregado para gravitar como humo o moho en el corazón mismo de la casa. El frío también era cortante. Algunos radiadores antiguos borboteaban encendidos, pero su calor se perdía tan pronto como se elevaba. Recorrí el pasillo pavimentado de mármol y encontré a la familia reunida en la salita, con las butacas directamente colocadas delante del fuego, a fin de mantenerse calientes, y unos atuendos excéntricos: Caroline con una capa corta de piel de foca pelada encima del vestido; la señora Ayres, con uno rígido de seda y un collar de esmeraldas y anillos y dos mantones alrededor de los hombros, de unos colores que desentonaban entre sí, y la mantilla negra en la cabeza; y Roderick con un chaleco de lana de color hueso debajo de su chaqueta de etiqueta, y un par de mitones en las manos.
– Perdónenos, doctor -dijo la señora Ayres, saliendo a recibirme-. ¡Me avergüenza pensar en nuestro aspecto!
Pero lo dijo con ligereza, y de su porte deduje que, de hecho, no se hacía una idea del aspecto realmente estrafalario que ella y sus hijos tenían. Esto me incomodó un poco. Supongo que les veía igual que como había visto la casa, igual que lo haría un desconocido.
Miré más de cerca a Rod; y lo que vi me consternó no poco. Cuando su madre y su hermana vinieron a recibirme, él, deliberadamente, se abstuvo de hacerlo. Y aunque al final me estrechó la mano, la sentí flácida y no dijo nada, y apenas alzó la mirada hacia mis ojos, por lo que pude ver que se limitaba a realizar los meros gestos de recibimiento, quizá en atención a su madre. Pero todo esto ya me lo esperaba. Había algo más, que me turbó mucho. Su actitud había cambiado totalmente. A diferencia de antes, en que se comportaba de esa manera tensa y acosada de quien se arma de valor contra el desastre, ahora parecía repantigado, como si le trajera sin cuidado que ocurriese o no una desgracia. Mientras la señora Ayres, Caroline y yo, tratando de aparentar normalidad, charlábamos de asuntos del condado y de habladurías locales, él permaneció todo el tiempo sentado, observándonos por debajo de las cejas, pero sin decir nada. Se levantó una sola vez y fue para ir a la mesa de bebidas y llenarse su vaso de ginebra. Y por la forma en que manejaba las botellas, y por el fuerte cóctel que se preparó, comprendí que debía de llevar algún tiempo bebiendo asiduamente.
Era un espectáculo horrible. Poco después Betty vino a anunciarnos que la cena estaba lista, y en el movimiento que siguió me acerqué a Caroline y le murmuré: «¿Todo bien?».
Ella miró a su madre y a su hermano y luego sacudió con energía la cabeza. Entramos en el pasillo y ella se ciñó el cuello de la capa para protegerse del frío que parecía elevarse del suelo de mármol.
Íbamos a cenar en el comedor, y la señora Ayres, supongo que para cumplir su promesa de «una auténtica cena a la antigua», había ordenado a Betty que preparase la mesa primorosamente, con porcelana china a juego con el empapelado oriental de la habitación, y con cubertería de plata antigua. Los candelabros de similor estaban encendidos y la corriente de las ventanas inclinaba alarmantemente las llamas de sus velas. Caroline y yo nos sentamos frente a frente, y la señora Ayres tomó asiento en un extremo de la mesa; Roderick se dirigió a la silla del dueño en la cabecera: supongo que la antigua silla de su padre. Nada más sentarse se sirvió una copa de vino, y cuando Betty llevó la botella al otro extremo de la mesa y se le acercó con la sopera, él cubrió el plato con la mano.