– ¡Oh, llévate esa sopa asquerosa! ¡No quiero sopa esta noche! -dijo, con una voz crispada y estúpida. Y después añadió-: ¿Sabes lo que le pasaba al niño travieso en aquel poema, Betty?
– No, señor -dijo ella, insegura.
– No, zeñor -repitió él, imitando su acento-. Pues se abrasó en un incendio.
– No fue así -dijo Caroline, intentando sonreír-. Se consumió. Que es lo que harás tú, Rod, si no tienes cuidado. Aunque bien sabe Dios que no creo que nos importara. Toma un poco de sopa.
– ¡Te he dicho que hoy no quiero sopa! -contestó él, poniendo otra vez una voz idiota-. Pero tráeme ese vino, por favor, Betty. Gracias.
Se llenó la copa. Lo hizo torpemente, y el cuello de la botella chocó contra el vidrio y produjo un tintineo. Era un hermoso cristal estilo Regencia, sacado de algún trastero, me imagino, junto con la porcelana y la plata, y al oír el pequeño impacto la sonrisa de Caroline se le borró de los labios y miró de repente a su hermano con un auténtico fastidio, tanto que casi me asustó el destello de desagrado en sus ojos. Conservó la mirada severa durante el testo de la cena, y me pareció una lástima, porque la luz de las velas suavizaba sus facciones toscas y estaba más atractiva que nunca, y los pliegues de su capa le ocultaban las líneas angulosas de las clavículas y los hombros.
También a la señora Ayres le favorecía aquella luz artificial. No dijo nada a su hijo, pero mantuvo una conversación ligera y fluida conmigo, al igual que había hecho en la salita. Al principio consideré que era sólo un signo de buena educación; supuse que le avergonzaba la conducta de Rod y que hacía lo posible por encubrirla. Sin embargo, poco a poco fui captando cierta crispación en su tono y recordé lo que Caroline me había dicho aquella vez en la biblioteca de que su madre y su hermano habían «empezado a pelearse». Y empecé a pensar -lo que no recordaba haber pensado nunca en Hundreds-, empecé a pensar que ojalá no hubiera ido, y a desear que la cena terminara. Pensé que la casa no merecía sus malas vibraciones, y yo tampoco. Poco después, la señora Ayres y yo trabamos conversación sobre un paciente al que yo había atendido poco antes, un viejo arrendatario de Hundreds que vivía a medio kilómetro de las verjas del oeste. Dije que para mí era una suerte poder atravesar la carretera del parque para ir a su casa; que el atajo era muy beneficioso para mi ronda. Ella asintió y luego añadió, crípticamente:
– Espero realmente que siga siendo así.
– ¿Sí? -pregunté, sorprendido-. Bueno, ¿acaso ha cambiado algo?
Ella señaló directamente a su hijo, como si esperase que él hablara. Rod no dijo nada, se limitó a mirar su copa de vino, y ella se enjugó la boca con la servilleta de lino y prosiguió:
– Me temo, doctor, que Roderick me ha comunicado hoy una mala noticia. El hecho es que, al parecer, pronto nos veremos obligados a vender más tierras.
– ¿De verdad? -dije, volviéndome hacia Rod-. Creí que no quedaba nada que vender. ¿Quién es el comprador ahora?
– De nuevo el municipio -dijo la señora Ayres, al ver que Rod no respondía-, y el constructor será el mismo, Maurice Babb. Proyectan edificar otras veinticuatro viviendas. ¿Se imagina? Creí que lo prohibían las ordenanzas; por lo visto, prohíben todo lo demás. Pero parece que este gobierno está encantado de conceder permisos a quienes planean destruir parques y fincas para que veinticuatro familias se apretujen en algo más de una hectárea de terreno. Esto significa abrir un boquete en el muro, instalar tuberías y demás…
– ¿En el muro? -dije, sin comprender.
Caroline intervino.
– Rod les ofreció tierra de labranza -dijo con voz suave- y no la quisieron. Sólo les interesa el campo de las culebras, que está hacia el oeste. Verá, al final tomaron una decisión sobre el agua y la electricidad: dicen que no alargarán las cañerías hasta Hundreds sólo para nuestro uso, pero que las tenderán si son para las viviendas nuevas. Según parece, así podremos conseguir el dinero necesario para llevar hasta la granja las tuberías y los cables.
Por un momento, la consternación me impidió contestar. El campo de las culebras -como sabía que Caroline y Roderick lo llamaban de niños- estaba justo dentro del muro del parque, a cosa de un kilómetro de la casa. En pleno verano quedaba oculto a la vista, pero tras la caída de las hojas en otoño se veía desde las ventanas del Hall orientadas al sur y al oeste, una lejana extensión verde, blanca y argéntea, ondulada y hermosa como el tacto del terciopelo. La idea de que Roderick estuviera seriamente dispuesto a cederles aquel terreno me disgustó sobre manera.
– No lo dirá en serio -le dije-. No puede permitir que destrocen el parque. Debe de haber alguna alternativa, ¿no?
Y de nuevo respondió su madre.
– Ninguna, al parecer, aparte de vender la casa y el parque enteros; y hasta Roderick opina que esto es impensable, al menos después de haber cedido tanto con el fin de conservar lo que queda. En la venta impondremos la condición de que Babb levante una valla alrededor de la obra; así, por lo menos, no tendremos que verla.
Roderick habló ahora. Dijo, con la voz pastosa:
– Sí, habrá una valla para alejar a la chusma. Pero no la contendrá, se entiende. Pronto estarán escalando las paredes de la casa por la noche, con sables entre los dientes. ¡Más te valdrá dormir con una pistola debajo de la almohada, Caroline!
– No son piratas, zoquete -murmuró ella, sin levantar la vista del plato.
– ¿No? Yo no estoy tan seguro. Creo que nada les gustaría más que colgarnos del palo mayor; lo único que esperan es que Attlee les dé luz verde. Probablemente lo hará, además. La gente corriente ahora odia a los de nuestra clase, ¿no lo ves?
– Por favor, Roderick -dijo la señora Ayres, incómoda-. Nadie nos odia. No en Warwickshire.
– ¡Oh, sobre todo en Warwickshire! En el condado limítrofe, Gloztershire, en el fondo siguen siendo feudales. Pero la gente de Warwickshire siempre ha hecho buenos negocios, desde los tiempos de la guerra civil. Entonces fueron partidarios de Cromwell, no lo olvidéis. Ahora van hacia donde sopla el viento. ¡No se lo reprocharía si decidieran cortarnos la cabeza! -Hizo un gesto torpe-. Basta con vernos a Caroline y a mí, el toro premiado y la novilla premiada. ¡No hacemos casi nada en favor del rebaño! Cualquiera pensaría que hacemos todo lo posible por extinguirnos.
– Rod -dije, viendo la expresión en la cara de su hermana.
Se volvió hacia mí.
– ¿Qué? Usted debería alegrarse. Usted es de una estirpe de piratas, ¿no? ¡De lo contrario no le habríamos invitado esta noche! Mi madre está tan avergonzada que no permite que nuestros auténticos amigos nos vean en este estado. ¿No se había dado cuenta?
Noté que me ponía colorado, pero más de ira que de otra cosa; y como no quería darle la satisfacción de mostrarle ningún otro signo de malestar, mantuve los ojos clavados en los suyos mientras comía, mirándole de hombre a hombre. Creo que la táctica dio resultado, porque al mirarme pestañeó, y sólo por un momento pareció avergonzado y en cierto modo desesperado, como un niño fanfarrón secretamente amilanado por su propia bravata.
Caroline había agachado la cabeza y siguió cenando. La señora Ayres no dijo nada durante unos minutos y después posó el cuchillo y el tenedor. Y cuando volvió a hablar fue para preguntarme por otro paciente mío, como si nuestra conversación no se hubiera interrumpido. Sus gestos eran tranquilos y su voz muy suave; no volvió a mirar a su hijo después de esto. Por el contrario, dio la impresión de que le expulsaba de la mesa; de que le arrojaba a la oscuridad, como si estuviese extendiendo la mano y apagando una tras otra las velas que tenía delante.