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El cigarro se le estaba consumiendo entre los dedos, pero él no se movió y bajó la voz.

– Al final, Nash se alistó en la marina. Le mataron en Malaya. Y, ¿sabe?, cuando me enteré de su muerte sentí alivio. Yo estaba ya en la aviación y sentí alivio…, igual que si todavía estuviese en el colegio y otro chico me hubiera dicho que los padres de Nash le habían sacado del colegio… El pobre Morris también murió, creo. No sé si a su hermano le iría bien. -La voz se le tornó áspera-. Ojalá le hubiera comprado una parte del taller. Sería más feliz que ahora, que invierto todo lo que tengo en esta puñetera finca. ¿Por qué lo hago? Por el bien de la familia, va a decir usted, con esa maravillosa perspicacia suya. ¿Cree de verdad que vale la pena salvar a esta familia? ¡Mire a mi hermana! Esta casa le ha chupado la vida, como está chupándome la mía. Es lo que está haciendo. Quiere destruirnos a todos. Está muy bien afrontarlo, pero ¿hasta cuándo cree que puedo seguir así? Y cuando haya acabado conmigo…

– Basta, Rod -dije, porque de pronto había elevado la voz y se estaba agitando: al percatarse de que el cigarro se le había apagado, se inclinó para prender otra bola de papel de periódico en el fuego, y la arrojó con tanta violencia que rebotó en el guardafuego de mármol y siguió ardiendo en el borde de la alfombra.

La recogí y la tiré a la rejilla; luego, al ver el estado de Rod, extendí la mano hacia el borde de la pantalla -porque era una de esas chimeneas que tenían un fino protector de malla colgado de parte a parte, para proteger los dormitorios de los niños- y la cerré.

Se arrellanó en el asiento, con los brazos cruzados a la defensiva. Dio un par de caladas furtivas, luego ladeó la cabeza y empezó a pasear la mirada por la habitación, con unos ojos que parecían muy grandes en su cara delgada y pálida. Yo sabía lo que estaba buscando, y me sentí casi mareado de frustración y pena. Hasta entonces no había hecho mención alguna de la antigua visión; su comportamiento había sido turbador, desagradable, pero bastante racional. Ahora vi que nada había cambiado. Su mente seguía nublada. La bebida, quizá, sólo le servía para infundirle valor, y la truculencia era una forma desesperada de bravura.

Dijo, sin dejar de mirar alrededor:

– Esta noche habrá movimiento. Lo presiento. Acabo de presentirlo. Soy como una veleta. Empiezo a girar cuando el viento cambia.

Lo dijo con un tono casi lúgubre y no supe cuánto había de teatro y en qué medida era algo mortalmente serio. Pero -no pude evitarlo- mi mirada se puso a seguir la suya. El lavabo atrajo mi atención; esta vez también eché hacia atrás la cabeza para mirar al techo. A través de la oscuridad, atisbé la extraña mancha o borrón, y el corazón se me encogió al descubrir, más o menos un metro más allá, una marca similar. Más lejos creí ver otra. Miré la pared detrás de la cama de Rod y vi otra más. O creí verla. No estaba seguro; las sombras gastaban malas pasadas. Pero mi mirada recorrió velozmente una superficie tras otra hasta que tuve la sensación de que el cuarto estaba infestado de manchas misteriosas; y de repente la idea de dejar a Rod otra noche entre ellas -¡otra hora!- fue excesiva. Aparté los ojos de la oscuridad y me incliné hacia delante en mi butaca para decir, apremiante:

– Rod, venga conmigo a Lidcote, ¿quiere?

– ¿A Lidcote?

– Creo que allí estará más seguro.

– No puedo irme ahora. Ya se lo he dicho, ¿no? El viento está cambiando…

– ¡No siga hablando así!

Pestañeó, como si súbitamente comprendiera. Ladeó la cabeza de nuevo y dijo, casi con timidez:

– Tiene miedo.

– Rod, escúcheme.

– Lo nota, ¿no? Lo nota y tiene miedo. Antes no me creía. Podo aquello de tormenta de nervios, de shock de la guerra. ¡Ahora está más asustado que yo!

Caí en la cuenta de que sí tenía miedo; no de las cosas que él había contado, sino de algo más impreciso y temible. Estiré el brazo para tratar de agarrarle la muñeca.

– ¡Rod, por lo que más quiera! ¡Creo que está en peligro!

Mi ademán le sobresaltó; retrocedió. Y entonces -supongo que fue la bebida- montó en cólera.

– ¡Dios le maldiga! -exclamó, rechazándome-. ¡Quíteme las manos de encima! ¡No me diga cómo coj… tengo que portarme! Es lo único que sabe hacer. Y cuando no está repartiendo sus consejos quiere agarrarme con sus sucios dedos de médico. Y cuando no me agarra me observa, me observa con sus sucios ojos de médico. ¿Quién demonios es usted, si puede saberse? ¿Qué cono hace aquí? ¿Cómo ha conseguido colarse en esta casa? ¡No es miembro de la familia! ¡Usted no es nadie!

Depositó el vaso con tanta fuerza en la mesa que la ginebra se vertió sobre los papeles.

– Voy a llamar a Betty -dijo, absurdamente- para que le acompañe hasta la puerta.

Fue con pasos torpes hasta la campana de la chimenea, aferró la palanca que accionaba la campanilla y tiró de ella una y otra vez, de tal modo que oímos en el sótano el repiqueteo débil y frenético. Curiosamente sonaba como la campana que tañían los vigilantes de los bombardeos en el pueblo, y añadía un agitado y atávico revuelo a la conmoción y el disgusto que sus palabras ya habían desencadenado en mi interior.

Me levanté, fui a la puerta y la abrí en el preciso momento en que Betty apareció, asustada y sin resuello. Intenté impedirle que entrara.

– No pasa nada, todo va bien -dije-. Ha sido un error. Vuelve abajo.

– ¡El doctor Faraday se marcha! -gritó, sin embargo, Roderick, por encima de mi voz-. Tiene que visitar a otros pacientes. ¿No es una lástima? ¿Querrás acompañarle al vestíbulo, y de paso recoges su abrigo y su sombrero?

La chica y yo nos miramos, pero ¿qué demonios podía hacer yo? Yo mismo le había recordado a Rod, unos minutos antes, que era «el cabeza de familia», un hombre adulto, el amo de la finca y de sus criados. Por fin, dije fríamente:

– Muy bien.

Ella se hizo a un lado para dejarme pasar y luego la oí salir corriendo en busca de mis cosas.

Estaba tan agitado ahora que tuve que pararme un minuto en la puerta de la salita para reponerme; cuando finalmente entré, pensé que mi cara o mis gestos me delatarían de inmediato. Pero mi entrada no causó impresión. Caroline tenía una novela abierta en el regazo, y la señora Ayres, en su sillón junto al fuego, dormitaba abiertamente. Esto me produjo otro sobresalto: nunca la había visto dormida, y cuando me acerqué y se despertó, me mito brevemente con los ojos medrosos y extraviados de una anciana desconcertada. El chal que se había puesto en el regazo se estaba deslizando al suelo. Me agaché para recogerlo, y cuando me enderecé lo tomó de mis manos y se envolvió con él las rodillas, ya recobrado su aplomo.

Me preguntó cómo estaba Roderick. Tras un titubeo, dije:

– No de maravilla, para serle sincero. Me… me gustaría saber qué decirle. Caroline, ¿irá a ver cómo está dentro de un rato?

– No, si está borracho -respondió ella-. Se pone pesadísimo.