– ¡Borracho! -dijo la señora Ayres, con un deje de desprecio-. Gracias a Dios que su abuela está muerta y no puede verle…, la madre del coronel, me refiero. Siempre decía que no hay nada más deprimente que ver a un hombre ebrio; debo decir que estoy de acuerdo con ella. Y, por parte de mi madre…, creo que mis bisabuelos eran miembros de la liga antialcohólica. Sí, estoy casi segura de que lo eran.
– Aun así -dije, mirando fijamente a Caroline-, ¿no podría hacerle una visita a su hermano, antes de acostarse, para asegurarse de que está bien?
Ella captó finalmente el sentido que encerraban mis palabras y levantó la vista para mirarme a los ojos. Cerró los suyos con un gesto cansado, pero asintió con un gesto.
Esto me tranquilizó un poco, pero me sentía incapaz de sentarme con calma junto al fuego y hablar de cosas normales. Les di las gracias por la cena y me despedí. Betty me esperaba en el vestíbulo con mi sombrero y mi abrigo, y verla me recordó las palabras de Rod: «¿Quién demonios es usted? ¡Usted no es nadie!».
El tiempo de perros que hacía fuera pareció levantarme el ánimo. El disgusto y la ira aumentaron cuando conducía a casa, y conduje mal, equivocando las marchas, y una vez tomé una curva a una velocidad excesiva y a punto estuve de salirme de la carretera. Tratando de serenarme, me ocupé de diversas facturas y papeles hasta mucho después de medianoche, pero cuando finalmente me acosté seguía inquieto y casi deseaba que llamase un paciente para liberarme de mis tristes pensamientos.
Nadie llamó y al final encendí la lámpara y me levanté para servirme un trago. Al volver a la cama mi mirada se posó en aquella vieja fotografía del Hall, con su hermoso marco de carey: la había conservado todo aquel tiempo en la mesilla de noche, junto con la medalla del Día del Imperio. La cogí y miré el rostro de mi madre. Después dirigí los ojos hacia la casa que se erguía detrás de ella y, como había hecho algunas veces, pensé en las personas que la habitaban ahora y me pregunté si yacerían más tranquilas que yo, en sus habitaciones separadas, frías, oscuras. La señora Ayres me había regalado la foto en julio, y estábamos a principios de diciembre. ¿Cómo era posible, me pregunté, que en unos pocos meses mi vida se hubiera entremezclado con la de aquella familia hasta el punto de turbarme y desequilibrarme de aquel modo?
El alcohol ingerido atemperó mi rabia y logré conciliar el sueño. Pero dormí mal; y mientras me debatía contra sueños oscuros yviolentos, algo atroz ocurría en Hundreds Hall.
Capítulo 7
Sucedió lo siguiente, tal como después reconstruí la historia.
Cuando me fui de la casa, la señora Ayres y Caroline se quedaron en la salita durante más de una hora, y en ese tiempo, ligeramente inquieta por lo que yo le había dado a entender, Caroline fue a ver cómo estaba Rod. Le encontró despatarrado, con la boca abierta, acariciando una botella vacía de ginebra, tan borracho que no podía hablar, y su primera reacción, dijo ella, fue de fastidio: estuvo muy tentada de dejarle donde estaba, «cociéndose en su butaca». Pero entonces él le dirigió una mirada nebulosa, y algo en sus ojos la conmovió: un destello del antiguo Rod. Por un momento se sintió casi abrumada por la desesperada situación. Se arrodilló junto a Rod y le tomó la mano, se la llevó hasta la cara y descansó la frente sobre sus nudillos.
– ¿Qué te ha ocurrido, Roddie? -le preguntó con voz suave-. No te reconozco. Te echo de menos. ¿Qué ha ocurrido?
Él movió los dedos contra la mejilla de Caroline, pero no quiso o no pudo responder. Ella se quedó a su lado unos minutos y luego, reponiéndose, decidió acostarle. Supuso que necesitaría ir al baño, y entonces le levantó y le mandó al «lugar de caballeros» que estaba en el pasillo, y cuando él volvió tambaleándose ella le descalzó, le soltó el cuello y le quitó los pantalones. Estaba acostumbrada a ayudarle a desvestirse, porque le había atendido después del accidente, y no tenía ningún reparo en hacerlo. Caroline dijo que prácticamente Roderick se durmió en el momento en que su cabeza tocó la almohada, y empezó a roncar, despidiendo un repugnante olor a alcohol. Estaba tumbado de espaldas y eso le recordó a ella algo que había aprendido en la instrucción de guerra, e intentó levantarle de costado, por si estuviese mareado. Pero él se resistió a todos sus esfuerzos, y por último, cansada y frustrada, Caroline desistió de su empeño.
Antes de irse se aseguró de que estaba bien tapado, y se dirigió al fuego, descorrió la malla de protección y añadió leña. Hecho esto, cerró de nuevo la malla; más tarde estaba segura de que lo había hecho; y tenía la misma certeza respecto a que no había cigarrillos encendidos en ninguno de los ceniceros, ni tampoco lámparas o velas. Regresó a la salita y estuvo allí otra media hora con su madre. Se acostaron mucho antes de la medianoche; Caroline leyó otros diez o quince minutos antes de apagar la luz y se quedó dormida casi al instante.
Le despertó unas horas después -alrededor de las tres y media, como se vio más tarde- el sonido tenue pero nítido de un cristal roto. El sonido procedía justo de debajo de las ventanas de su cuarto, es decir, de alguna de las ventanas de la habitación de su hermano. Se sentó en la cama, asustada. Supuso que Rod se había despertado y andaba dando tumbos, y en lo único en que pensó fue en impedirle que subiera al piso de arriba y molestara a su madre. Se levantó, fatigada, y se puso la bata; se estaba dando ánimos para bajar y ocuparse de Rod cuando se le ocurrió que el sonido podría no haberlo producido su hermano, sino algún ladrón que intentaba entrar por la fuerza en la casa. Quizá se acordó de las palabras de Rod sobre piratas y sables. En cualquier caso, se acercó sigilosamente a la ventana, descorrió la cortina y se asomó. Vio el jardín bañado en una luz amarilla que brincaba, y olió el humo… y comprendió que la casa estaba en llamas.
Un incendio es siempre algo de temer en una mansión como Hundreds Hall. Antaño había habido un par de pequeños incendios en la cocina, sofocados sin gran dificultad. Durante la guerra, debido al temor continuo de la señora Ayres a los bombardeos, dejaban en cada piso cubos de arena y agua, mangueras y bombas de mano que en la práctica nunca se utilizaron. Ahora aquellas bombas habían sido arrumbadas; no había extintores mecánicos; sólo había, colgada en uno de los corredores del sótano, una hilera de viejos baldes de cuero, enmohecidos por el tiempo y seguramente agujereados, que se conservaban más que nada por su valor de objetos pintorescos. Es un prodigio que Caroline, sabiendo todo esto, y al ver la luz amarilla danzando, no sucumbiera al pánico. Más tarde me confesó que, sólo por un momento, un momento de locura, lo que sintió fue una especie de emoción. Pensó en que todos los problemas quedarían resueltos si el Hall se veía reducido a cenizas. Tuvo una visión retrospectiva de todos los trabajos que había hecho en la casa en los últimos años, de todos los suelos y paneles de madera que había pulido, de todos los vasos y vajillas que había abrillantado, y en vez de aborrecer al fuego porque amenazaba con arrebatarle estas cosas, deseó que se las llevara, en una especie de capitulación orgiástica.
Entonces se acordó de su hermano. Cogió la alfombra frente a la chimenea y las mantas de su cama y corrió a la escalera, llamando a gritos a su madre mientras la bajaba. Abajo, en el vestíbulo, el olor a humo era más intenso; en el corredor, el aire estaba ya espeso y empezaba a escocerle en los ojos. Atravesó el trastero para entrar en los baños de caballeros y empapar la alfombra y las mantas en el lavabo. Encontró la campanilla y llamó una y otra vez, de un modo parecido, supongo, a como yo había visto llamar a Roderick pocas horas antes. Cuando hubo reunido las mantas empapadas y salió a trompicones con ellas, una Betty aterrada ya había aparecido en el arco encortinado, en camisón y descalza.