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– ¡Trae agua! -le gritó Caroline-. ¡Hay un incendio! ¿No hueles? ¡Trae la ropa de tu cama, trae cualquier cosa! ¡Rápido!

Y, alzando contra el pecho las mantas mojadas, corrió jadeando y sudando a la habitación de Roderick.

Dijo que empezó a toser y que contuvo la respiración incluso antes de abrir la puerta. Cuando entró, el humo era tan denso y tan punzante que le recordó una cámara de gas experimental donde la habían introducido durante la época que pasó en la marina. Entonces, por supuesto, tenía un respirador consigo; el ejercicio consistía en ponérselo. Ahora no pudo hacer otra cosa que enterrar la nariz y la boca en el fardo mojado que llevaba en los brazos y abrirse camino lentamente. El calor era asfixiante. Veía llamas en todos los lados de la habitación: el fuego parecía estar en todas partes, y durante un momento de desesperación creyó que sus esfuerzos eran inútiles y que tendría que volver atrás. Pero cuando dio media vuelta perdió la orientación y sucumbió totalmente al pánico. Vio llamas cerca, a su lado, y les arrojó locamente las mantas. Empezó a batir con la alfombra otro rincón incendiado y pronto se percató de que Betty y su madre habían llegado y sacudían sus propias mantas. El humo se infló y se redujo fugazmente, y atisbo a Roderick en la cama donde le había dejado, aturdido y tosiendo, como si acabara de despertar. Dos de las cortinas de brocado de las ventanas se estaban quemando, otras dos habían ardido casi por completo y se deshacían. Logró colarse entre ellas y abrir las puertas de cristal.

Me estremecí cuando me contó esto, porque si la fuerza del fuego en la habitación hubiera sido mayor, la súbita ráfaga de aire frío habría sido sin duda funesta. Pero las llamas, para entonces, ya debían de haber sido controladas, y la noche, por suerte, seguía siendo húmeda. Caroline ayudó a Roderick a salir trastabillando hasta los escalones de piedra y volvió en busca de su madre. Dijo que el humo se estaba disipando, pero cuando volvió a entrar en ella, la habitación era como una imagen en pequeño del infierno: un calor inimaginable, iluminado por mil puntos diabólicos y plagado de ascuas que giraban y lenguas de fuego que parecían dispararse malévolamente hacia su cara y sus manos. La señora Ayres tosía y boqueaba en busca de aire, con el pelo revuelto y el camisón sucio. Betty había empezado a llevar cacerolas de agua, y la ceniza y el humo y los pedazos de alfombra de manta y de papel ardiendo se convertían en charcos de un espeso lodo negro a los pies de las tres mujeres.

Probablemente trabajaron en la habitación mucho más tiempo del necesario, porque al principio acometían contra un foco de fuego, y al darse la vuelta descubrían, unos minutos más tarde, que las llamas habían resurgido; en consecuencia no corrieron riesgos y pasaron metódica y denodadamente de una superficie a otra, derramando agua y utilizando atizadores y tenazas de chimenea para combatir y apagar ascuas y chispas. Las tres estaban mareadas y resollantes por culpa del humo, y sus ojos lacrimosos dejaban marcas pálidas en las mejillas manchadas de hollín, y no tardaron en empezar a tiritar, en parte como reacción al conjunto del desastre, y en parte simplemente de frío, que pareció crecer en la habitación caliente con una rapidez terrible en cuanto quedó extinguida la última llama.

Según parece, Roderick se mantuvo junto a la ventana abierta, aferrado al marco. Aún estaba muy borracho, pero además -y no era de extrañar, supongo, teniendo en cuenta lo que había vivido durante la guerra- se diría que la visión del fuego y el humo sofocante le paralizaban. Observó enloquecido pero impotente cómo su madre y su hermana salvaban la habitación; dejó que le ayudaran a ponerse a salvo, pero cuando le bajaron a la cocina y le sentaron a una mesa, envuelto en una manta, ya había empezado a comprender lo cerca que todos habían estado de una tragedia, y se agarró a la mano de su hermana.

– ¿Has visto lo que ha ocurrido, Caro? -le dijo-. ¿Ves lo que quiere? ¡Dios mío, es más listo de lo que yo creía! ¡Si no te hubieras despertado…! ¡Si no hubieras venido…!

– ¿Qué está diciendo? -preguntó la señora Ayres, sin comprender, y angustiada por el estado de Roderick-. Caroline, ¿de qué está hablando?

– De nada -respondió Caroline, sabiendo perfectamente a qué se refería Rod, pero queriendo proteger a su madre-. Todavía está bebido. Roddie, por favor.

Pero entonces, dijo Caroline, él empezó a comportarse «como un loco»; se llevó los pulpejos de las manos a los ojos, se tiró del pelo y después se miró horrorizado los dedos, porque tenía el pelo untado de aceite, que con el humo se había convertido en una especie de alquitrán arenoso. Se limpió las manos compulsivamente en la pechera ennegrecida. Empezó a toser, le costaba respirar y el esfuerzo por hacerlo le sumió en el pánico. Agarró de nuevo a Caroline.

– ¡Lo siento! -repitió, una y otra vez. Su aliento entrecortado olía a alcohol, tenía los ojos rojos, la cara cubierta de hollín y la camisa empapada de agua de lluvia. Aferró a su madre, con manos temblorosas-. ¡Lo siento, madre!

Después de la dura experiencia en la habitación incendiada, su conducta era inaceptable.

– ¡Cállate! -exclamó la madre, con la voz cascada-. ¡Oh, por el amor de Dios, cállate!

– Y, como él seguía balbuciendo y llorando, Caroline se le acercó, balanceó hacia atrás la mano y le abofeteó.

Dijo que sintió el escozor en la palma antes de darse cuenta de lo que había hecho; y después se tapó la boca con las manos, tan sobresaltada y asustada como si la hubieran golpeado a ella. Rod se calló bruscamente y se cubrió la cara. La señora Ayres le miraba, con los hombros temblorosos mientras recuperaba el resuello. Caroline dijo, con voz vacilante:

– Creo que todos estamos un poco enloquecidos. Estamos un poco locos… ¿Betty? ¿Estás ahí?

La chica se aproximó, con los ojos muy abiertos y la cara pálida y rayada, como un tigre, por unas franjas de hollín.

– ¿Estás bien? -dijo Caroline.

Betty asintió.

– ¿No te has quemado?

– No, señorita.

Lo dijo en un susurro, pero el sonido de su voz era sereno, y Caroline se tranquilizó.

– Buena chica. Te has portado muy bien, has sido muy valiente. Él… no está en sus cabales. Todos estamos desquiciados. ¿No hay agua caliente? Enciende la caldera, por favor, y pon unas ollas en el fogón, las suficientes para preparar el té y calentar tres o cuatro jofainas. Nos quitaremos la mugre más gruesa antes de subir al cuarto de baño. Madre, deberías sentarte.

La señora Ayres parecía distraída. Caroline rodeó la mesa para ayudarla a sentarse en una silla y la envolvió en una sábana de la cocina. Pero a ella también le temblaban los miembros, se sentía tan débil como si hubiera estado levantando unos pesos inmensos, y cuando su madre estuvo acomodada, cogió una silla y se desplomó en ella.

Durante los cinco o diez minutos siguientes, los únicos sonidos en la cocina fueron el rugido de la llama en el fogón, el borboteo creciente del agua que se calentaba y el tintineo de metal y loza mientras Betty trajinaba llenando palanganas y juntando toallas. Poco después, la chica llamó en voz baja a la señora Ayres y la ayudó a llegar al fregadero, donde se lavó las manos, la cara y los pies. Hizo lo mismo con Caroline; después miró dubitativa a Rod. Él, sin embargo, se había serenado lo suficiente para ver lo que querían que hiciera, y fue tambaleante al fregadero. Pero se movía como un sonámbulo cuando sumergió las manos en el agua, dejó que Betty se las enjabonara y las secara, y luego, con lasitud, observó cómo ella le limpiaba las manchas de la cara. Su pelo alquitranado resistió todas las tentativas que hizo Betty de lavarlo; optó por pasarle un peine para recoger los residuos de aceite entreverado con ceniza en una hoja de periódico e hizo luego una bola que depositó en el escurridero. Cuando Betty terminó, él se apartó en silencio para que ella tirase el agua sucia por el desagüe. Rod miró hacia el otro extremo de la cocina y vio los ojos de su hermana, y su expresión, dijo ella, era una mezcla tal de miedo y confusión que no pudo soportarlo. Se alejó de él y fue hacia su madre.