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Entonces ocurrió una cosa muy extraña. Caroline acababa de dar un paso hacia la mesa cuando, por el rabillo del ojo, vio que su hermano hacía un movimiento, un gesto tan sencillo, pensó en aquel momento, como llevarse la mano a la cara para morderse una uña o frotarse la mejilla. En aquel momento, Betty también se movió: se apartó brevemente del fregadero para tirar una toalla dentro de un cubo que había en el suelo. Pero al volverse la chica lanzó un grito ahogado: Caroline miró con atención y, absolutamente atónita, vio más llamas por detrás de los hombros de su hermano. «¡Roddie!», gritó asustada. Él se volvió, vio lo que ella había visto y salió disparado. En el escurridor de madera, a unos centímetros de donde él había estado, ardía un pequeño revoltijo de fuego y humo. Era el periódico que Betty había utilizado para quitarle los rescoldos del pelo. Lo había convertido en una especie de paquete que ahora, de algún modo, increíblemente, había empezado a arder.

El fuego no era nada, por supuesto, comparado con el pequeño infierno aterrador que habían afrontado en la habitación de Roderick. Caroline cruzó rápidamente la cocina y tiró el paquete al fregadero. El papel llameó y no tardó en apagarse; el papel ennegrecido, similar a una telaraña, conservó su forma hasta un momento antes de deshacerse en pedazos. Lo pasmoso era cómo podía haberse originado aquel fuego. La señora Ayres y Caroline se miraron, nerviosísimas. «¿Qué has visto?», le preguntaron a Betty, y ella contestó, con ojos despavoridos:

– ¡No lo sé, señorita! ¡Nada! Sólo el humo y las llamas amarillas, que subían por detrás del señor Roderick.

Parecía tan desconcertada como los demás. Después de reflexionar, sólo llegaron a la conclusión incierta de que una de las carbonillas que Betty había retirado con el peine del pelo de Roderick todavía conservaba la llama, y el periódico seco le había hecho recobrar vida. Naturalmente, era una idea inquietante. Empezaron a mirar alrededor nerviosos, casi esperando que resurgiese el fuego. Roderick, en especial, estaba angustiado y aterrorizado. Cuando su madre dijo que quizá ella, Caroline y Betty deberían ir a su habitación para rastrillar de nuevo las cenizas, ¡gritó que no le dejaran solo! ¡Tenía miedo de quedarse solo! ¡No podía controlarlo! Se lo llevaron con ellas, sobre todo por miedo a que volviera a perder los estribos. Le buscaron una silla intacta y él se sentó con las piernas recogidas, las manos en la boca, los ojos desorbitados, mientras ellas examinaban con cautela una por una las superficies negras. Pero todo estaba frío, negro y muerto. Abandonaron la búsqueda justo antes del alba.

Desperté una o dos horas más tarde, bastante fatigado por mis malos sueños, pero felizmente ignorante de la catástrofe que había estado a punto de devorar Hundreds Hall por la noche; de hecho, no supe nada del incendio hasta que me lo dijo uno de mis pacientes de la tarde, a quien a su vez se lo había contado un comerciante que había estado en el Hall por la mañana. Al principio no di crédito a la historia. Me parecía imposible que la familia hubiera sufrido una calamidad semejante y no me lo hubieran notificado. Después, otro hombre me habló del incidente como si ya lo conociera todo el mundo. Todavía dudando, telefoneé a la señora Ayres, y para mi asombro confirmó el entero episodio. Parecía tan ronca y tan cansada que me maldije por no haberla llamado antes, cuando habría podido presentarme en la casa, porque desde hacía poco pasaba una noche a la semana en los pabellones del hospital del condado, y esa noche me tocaba el turno y no podía ausentarme. La señora Ayres me prometió que ella, Caroline y Roderick estaban sanos y salvos, pero fatigados. Dijo que el fuego les había dado a todos «un pequeño susto»: fue así como lo expresó, y quizá debido a estas palabras me imaginé que el percance había sido relativamente leve. Recordé con absoluta claridad el estado en que se encontraba Roderick cuando le dejé; recordé la terquedad con la que mezclaba bebidas, y que había tirado una astilla encendida que ardió sin ser vista sobre la alfombra. Supuse que había provocado un pequeño incendio con un cigarrillo… Pero sabía que hasta un fuego pequeño puede producir gran cantidad de humo. Sabía también que los peores efectos del humo inhalado se manifestaban con frecuencia uno o dos días después del incendio. Así que me acosté preocupado por la familia y pasé otra mala noche por su causa.

A la mañana siguiente, fui en mi coche a la casa al final de mi ronda y, como me había temido, todos estaban enfermos. En términos puramente físicos, Betty y Roderick eran los menos afectados. Ella se había mantenido cerca de la puerta mientras rugía el incendio y había corrido una y otra vez al cuarto de baño en busca de agua. Roderick había estado tumbado en la cama, respirando superficialmente mientras el humo se acumulaba arriba, muy por encima de su cabeza. En cambio, la señora Ayres se encontraba devastada -sin aliento y débil, y más o menos postrada en su habitación-, y Caroline tenía un aspecto y una voz deplorables, la garganta hinchada, el pelo chamuscado y el rostro y las manos carmesíes por las ascuas y chispas. Me recibió en la puerta principal cuando llegué, y la vi en un estado tan horrible, mucho peor de lo que había esperado, que deposité mi maletín en el suelo para tomarla por los hombros y examinarle a conciencia el rostro.

– Oh, Caroline -dije.

Ella parpadeó, cohibida, y empezó a toser. Yo la apremié:

– Entre, por el amor de Dios, no vaya a coger frío.

Cuando recogí el maletín y me reuní con ella, la tos ya había remitido, se había enjugado la cara y habían desaparecido las lágrimas. Cerré la puerta, pero lo hice a ciegas, sobresaltado por el terrible olor a quemado que percibí en el vestíbulo, y conmocionado por el aspecto del propio vestíbulo, que parecía envuelto en velos funerarios, de tantas manchas negras, tiznes y hollín que cubrían cada superficie.

– Qué desastre, ¿verdad? -dijo Caroline roncamente, siguiendo mi mirada-. Y me temo que esto va a peor. Venga a ver. -Me condujo a lo largo de corredor norte-. El olor, no sé cómo, ha invadido toda la casa, hasta los desvanes. No importa que tenga los zapatos embarrados, de momento hemos desistido de limpiar este piso. Pero tenga cuidado con la chaqueta en las paredes. El hollín se pega como el polvo.

La puerta de la habitación de Rod estaba entornada, y al acercarnos vi lo suficiente para prepararme ante la desolación que reinaba más allá. La señora Bazeley -que estaba dentro con Betty, lavando las paredes- advirtió mi mirada y asintió, sombríamente.

– Tiene la misma expresión que yo, doctor, cuando llegué ayer por la mañana -dijo-. Y esto no es nada comparado con entonces. La mugre nos llegaba hasta los tobillos, ¿verdad, Betty?

La habitación estaba despojada de casi todo su mobiliario, amontonado sin orden ni concierto en la terraza, al otro lado de la puertaventana abierta. También habían enrollado la alfombra para sacarla del cuarto, y habían cubierto con hojas de periódico las tablas de madera del suelo, que estaban todavía tan mojadas y cenicientas que el papel se convertía en una espesa pulpa gris, como un puré de hollín. Las paredes que estaban restregando Betty y la señora Bazeley chorreaban más agua con ceniza. Los paneles de madera estaban chamuscados y calcinados, y el techo -el notorio techo en forma de celosía- estaba totalmente negro, esfumadas para siempre las marcas misteriosas.

– Esto es increíble -le dije a Caroline-. ¡No sabía nada! Si lo hubiera sabido…

No terminé la frase, porque carecía de importancia que yo lo hubiera sabido o no; no habría podido hacer nada. Pero me estremeció pensar que algo grave le hubiera ocurrido a la familia en mi ausencia. Dije: