– Podría haber destruido toda la casa. ¡Es una idea insufrible! ¿Y Rod estaba aquí, en medio de todo esto? ¿De verdad está bien?
Me miró de un modo que me pareció raro y luego miró a la señora Bazeley.
– Sí, está bien. Sólo jadeante, como todos nosotros. Pero lo hemos perdido casi todo. Su butaca, aquella que ve allí, se llevó la peor parte del incendio, además del escritorio y la mesa.
Miré a través de la ventana abierta y vi el escritorio, con las patas y los cajones intactos, pero con el tablero tan ennegrecido y descascarillado como si alguien hubiera encendido una hoguera encima. De repente comprendí por qué había tanta ceniza en la habitación.
– ¡Sus papeles! -dije.
Caroline asintió, fatigada.
– Seguramente lo más seco que había en la casa.
– ¿Se han salvado algunos?
– Unos pocos. No sé los que se han perdido. La verdad es que no sé lo que había ahí. Habría planos de la casa y la finca, ¿no? Creo que también todo tipo de mapas, copias de las escrituras de las granjas y casas, y cartas, facturas y notas de mi padre…
La voz se le puso pastosa. Empezó a toser de nuevo.
– Qué pérdida tan terrible -dije, mirando alrededor, al ver nuevos estragos cada vez que miraba: un cuadro en la pared con el lienzo calcinado, lámparas con la esfera ennegrecida, y arañas-. Esta habitación preciosa. ¿Qué harán con ella? ¿Se puede salvar? Supongo que los paneles pueden reemplazarse. El techo se puede encalar.
Ella se encogió de hombros, abatida.
– Madre piensa que en cuanto la habitación esté limpia, más vale que la cerremos como las otras. No tenemos dinero para restaurarla.
– ¿Y el dinero del seguro?
Ella volvió a mirar a Betty y a la señora Bazeley. Ellas seguían restregando las paredes y, a cubierto del ruido áspero que hacían los cepillos, Caroline dijo en voz baja:
– Rod no pagó los recibos del seguro. Acabamos de descubrirlo.
– ¡No los ha pagado!
– Desde hace meses, al parecer. Para ahorrar dinero. -Cerró los ojos, movió lentamente la cabeza y luego se acercó a la puertaventana-. Venga fuera un minuto, por favor.
Bajamos los escalones de piedra e inspeccioné los muebles dañados, la mesa y el escritorio destrozados, el sillón sin su tapizado de cuero, con sus resortes y el relleno de crines expuestos como los huesos y los intestinos enfermos de una fantástica maqueta anatómica. Era una imagen muy desoladora y el día, aunque no llovía, era frío; vi tiritar a Caroline. Como quería examinarlas a Betty y a ella, así como a su madre y su hermano, le dije que entráramos en la casa y que me llevara a la salita o a algún lugar cálido. Sin embargo, tras una ligera vacilación, miró a través de la puerta abierta y me alejó un poco de ella. Volvió a toser y, al tragar saliva, la garganta irritada le produjo una mueca de dolor. Dijo en voz muy baja:
– Usted habló con mi madre ayer. ¿Le dijo algo de cómo podría haber empezado el fuego?
Clavó sus ojos en los míos.
– Sólo me dijo que había prendido en la habitación de Rod cuando ya todos se habían acostado, y que usted lo descubrió y lo apagó. Supuse que Rod, como estaba tan borracho, habría hecho una tontería con un cigarrillo.
– Nosotras pensamos lo mismo al principio -dijo ella.
Me sorprendió aquel «al principio». Dije, cauteloso:
– ¿Qué recuerda el propio Rod?
– Nada de nada.
– Me imagino que se durmió, ¿y luego? ¿No se despertaría más tarde e iría a la chimenea y encendería una astilla?
Ella tragó de nuevo, molesta, y habló con cierto esfuerzo.
– No lo sé. No sé qué pensar, realmente. -Me indicó con un gesto que entráramos en la casa-. ¿Ha visto la chimenea?
La miré y vi la rejilla cubierta con la protección de malla gris. Caroline dijo:
– Estaba exactamente así cuando dejé a Rod, unas horas antes de que empezase el incendio. Cuando volví, la parrilla estaba oscura, como si no la hubieran tocado. Pero los demás fuegos, bueno, me los sigo imaginando. Verá, no sólo había uno. Había, no sé, quizá cinco o seis.
– ¿Tantos? -dije, asombrado-. ¡Es un milagro que nadie sufriera heridas más graves!
– No me refiero a eso… En la marina nos dieron un cursillo sobre incendios. Nos enseñaron cómo se extiende el fuego. Repta, ¿sabe? No da saltos. El de aquí se parecía más a las fogatas aisladas que podrían haber provocado… incendiarios o algo así. Mire la butaca de Rod: es como si las llamas hubieran brotado desde su centro; las patas están intactas. El escritorio y la mesa están igual. Y estas cortinas. -Cogió el par de cortinas de brocado que al quemarse se habían soltado de sus aros y habían caído sobre el respaldo de la butaca quemada-. El fuego empieza aquí, mire, a mitad de la altura. ¿Cómo es posible? Las paredes a ambos lados sólo están chamuscadas. Es como si… -Lanzó una mirada al interior de la habitación, más temerosa que nunca de que la oyeran-. Bueno, que Rod tuviera un descuido con un cigarro o una vela es una cosa. Pero es como si los incendios hubieran sido provocados. Intencionadamente, me refiero.
– ¿Usted cree que Rod…? -dije, horrorizado.
Ella se apresuró a responder:
– No lo sé. La verdad, no lo sé. Pero he estado pensando en lo que le contó a usted aquel día en la consulta. Y esas marcas que descubrimos en las paredes de su cuarto… eran quemaduras, ¿no? Además, hay otra cosa.
Y entonces me contó el pequeño y extraño incidente en la cocina, cuando la bola de papel de periódico había ardido a espaldas de Rod. Como ya he explicado, en aquel momento todos lo atribuyeron a un rescoldo. Pero después Caroline había ido a echar otra ojeada al lugar del suceso y había encontrado una caja de cerillas en una estantería cercana. No lo creyó muy probable, pero le pareció posible que Roderick, sin que nadie le viera, hubiera cogido una cerilla y prendido el papel él mismo.
Aquello se me antojó excesivo. Dije:
– No quiero dudar de usted, Caroline. Pero todos han vivido una dura experiencia. No me sorprende que vieran más llamas.
– ¿Cree que el papel ardiendo fue imaginación nuestra? ¿De los cuatro?
– Pues…
– No fue nada imaginario, se lo prometo. Las llamas eran de verdad. Y si no las causó Roddie, entonces… ¿qué fue? Es lo que más me asusta. Por eso pienso que tiene que haber sido Rod.
Yo no veía del todo adonde iba a parar; pero estaba claramente muy asustada.
– Vamos a calmarnos -dije-. No hay ninguna prueba de que el fuego no fuera un accidente, ¿o sí?
– No estoy tan segura -dijo ella-. Me pregunto, por ejemplo, qué pensaría un policía. ¿Sabe que el empleado de Paget vino ayer a traer la carne? Olió el humo y dio una vuelta para asomarse a las ventanas antes de que yo pudiera impedírselo. Fue bombero en Coventry durante la guerra, ¿sabe? Le conté una mentira sobre un calentador de petróleo, pero le vi hacer una inspección a fondo y tomar nota de todo. Le vi en la cara que no me creía.
– ¡Pero lo que usted sugiere es monstruoso! -dije, en voz baja-. Pensar que Rod, fríamente, merodea por el cuarto…
– ¡Lo sé! ¡Sé que es horrible! Y no digo que lo hiciera adrede, doctor. No creo que quisiera hacer daño a nadie. Creería cualquier cosa antes que eso. Pero, bueno… -Contrajo la expresión en una mueca de tremenda desdicha-. ¿No puede la gente a veces cometer maldades sin ser consciente de ello?
No respondí. Paseé de nuevo la mirada por los muebles deshechos: la butaca, la mesa, el escritorio con el tablero calcinado y ceniciento, sobre el que tantas veces había visto a Rod enfrascado, en un estado muy próximo a la desesperación. Recordé cómo, pocas horas antes del incendio, había estado despotricando contra su padre, contra su madre, contra la finca entera. «Esta noche habrá movimiento», me había dicho, con un temor atroz; y yo aparté de él la mirada -¿no fue lo que hice?- y miré hacia las sombras de su habitación y vi las paredes del techo marcadas -¡casi infestadas!- con aquellas desconcertantes manchas negras.