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Volvió a mirarme, frunció el ceño y se puso casi de mal genio.

– Ya se lo he dicho a todos: no recuerdo nada. Sólo que estaba usted allí, y que después vino Betty y luego Caroline, y que ella me acostó. Creo que tuve un sueño.

– ¿Qué clase de sueño?

Seguía toqueteándose el labio.

– Un sueño. No lo sé. ¿Qué más da?

– Podría haber soñado, por ejemplo, que se levantaba. Que intentó encender un cigarrillo o una vela.

Se le paralizó la mano. Me miró, incrédulo.

– ¡No estará tratando de decirme que todo aquello fue un accidente!

– Todavía no sé qué pensar.

Se removió en la cama, excitado.

– ¡Después de todo lo que le conté! ¡Hasta Caroline sabe que no fue un accidente! Había cantidad de fuegos, dice ella. Dice que las otras marcas en mi habitación eran también pequeños incendios. Fuegos que no prendieron.

– No lo sabemos seguro -dije-. Y es posible que no lo sepamos nunca.

– Yo sí lo sé. Lo supe, aquella noche. ¿No se lo dije, que se avecinaba movimiento? ¿Por qué me dejó solo? ¿No vio que no podía con aquello?

– Rod, por favor.

Pero él se agitaba de un lado para otro como si le costara controlar sus movimientos. Era como un hombre con delírium trémens; un espectáculo horrible.

Por fin alargó al brazo para coger el mío y se aferró a él.

– ¿Y si Caroline no hubiera llegado a tiempo? -dijo. Los ojos le ardían-. ¡Toda la casa se hubiera incendiado! Mi madre, mi hermana, Betty…

– Vamos, Rod. Cálmese.

– ¿Calmarme? ¡Soy prácticamente un asesino!

– No diga tonterías.

– Es lo que dicen, ¿verdad?

– Nadie dice nada.

Me retorció la manga de la chaqueta.

– Pero tienen razón, ¿no lo ve? Pensé que podría mantenerlo a raya, detener la infección. Pero soy demasiado débil- Estoy infectado desde hace mucho tiempo. Me está cambiando. Creí que estaba ahuyentándolo de madre y de Caroline. Pero todo este tiempo ha estado operando a través de mí, como un medio de llegar a ellas. Ha sido… ¿Qué está haciendo?

Yo me había apartado para coger mi maletín. Me vio sacar un tubo de comprimidos.

– ¡No! -gritó, dándome con la mano un golpe que lanzó el tubo por el aire-. ¡Nada de eso! ¿No lo entiende? ¿Quiere ayudarle? ¿Es lo que pretende? ¡No debo dormirme!

El golpe de su mano y la locura evidente de su semblante y sus palabras me asustaron. Pero miré con inquietud sus ojos hinchados y dije:

– ¿No ha dormido? ¿No ha dormido desde hace dos noches?

Le tomé la muñeca. Su pulso seguía estando acelerado. Él se zafó.

– ¿Cómo voy a dormir? Ya era bastante difícil antes.

– Pero, Rod, tiene que dormir -dije.

– ¡No me atrevo! Y usted tampoco lo haría si supiera cómo fue. Anoche… -Bajó la voz y miró astutamente alrededor-. Anoche oí voces. Pensé que había algo en la puerta, algo que rascaba, que quería entrar. Pero luego comprendí que el ruido estaba dentro de mí, que la cosa que rascaba estaba en mi interior e intentaba salir. Está esperando, ¿comprende? Menos mal que me tienen encerrado, pero si me duermo…

No terminó la frase, pero me miró de un modo que para él sin duda tenía un significado inmenso. Después encogió las piernas, se tapó la boca con las manos y empezó de nuevo a tamborilear con el pulgar sobre el labio. Me levanté de la cama para recoger las pastillas que él había lanzado al suelo; advertí que al buscarlas me temblaba la mano, porque por fin había comprendido lo profundamente inmerso que Rod estaba en su alucinación. Me incorporé y le miré con impotencia, y luego miré alrededor de la habitación y vi pequeños recuerdos trágicos del niño encantador y alegre que debió de haber sido: la estantería de los libros de aventuras todavía en su sitio en la pared, los trofeos y maquetas, las cartas de navegación aérea y las anotaciones escritas con una descuidada letra de adolescente… ¿Quién habría podido predecir aquel declive? ¿Cómo se había producido? De pronto se me ocurrió que su madre debía de tener razón: ningún grado de tensión, ningún peso alcanzaba a explicarlo. Tenía que haber algo más en la raíz del trastorno, alguna pista o indicio que yo no captaba.

Volví a la cama y le miré la cara, pero al final aparté la mirada, derrotado.

– Tengo que dejarle, Rod -dije-. Ojalá no tuviera que hacerlo. ¿Quiere que le diga a Caroline que le haga compañía?

El meneó la cabeza.

– No, no le diga nada.

– Bueno, ¿quiere que haga alguna otra cosa?

Me miró, pensándolo. Y cuando volvió a hablar su voz había cambiado, era de repente tan educada y contrita como la del niño que yo me había imaginado un momento antes.

– Déjeme fumar un cigarrillo, por favor -dijo-. No me dejan fumar cuando estoy solo. Pero si usted se queda conmigo, no habrá ningún problema.

Le di un cigarro y se lo encendí -él no quiso hacerlo con sus propias manos, y entrecerró los ojos y se cubrió la cara mientras yo encendía una cerilla-, y me quedé con él hasta que, resollando, terminó de fumarlo. Me dio la colilla para que me la llevara.

– No se habrá dejado las cerillas sin darse cuenta, ¿verdad? -preguntó azorado cuando me levanté. Antes de que me permitiera irme, tuve que enseñarle la caja y hacer una especie de pantomima al guardarla en el bolsillo.

Y lo más patético fue que se empeñó en acompañarme a la puerta, para cerciorarse de que al salir de la habitación la cerraba con llave. Salí dos veces, la primera para llevar el orinal al cuarto de baño, donde lo vacié y lo enjuagué; pero incluso en este breve trayecto insistió en que le encerrara, y al volver le encontré rondando al otro lado de la puerta, como si le molestaran mis idas y venidas. Antes de dejarle por segunda vez le tomé de la mano, pero de nuevo mi demora sólo pareció agitarle, sentí sus dedos inánimes en los míos y noté que sus ojos eludían nerviosamente mirarme. Cuando finalmente cerré la puerta lo hice con mucha firmeza y giré la llave lentamente, para que no quedase la menor duda, pero cuando me alejaba sin hacer ruido oí el chasquido de la cerradura, y al mirar atrás vi que el picaporte se movía y que la puerta se estremecía en su quicio.

Rod estaba asegurándose de que no podría salir. El picaporte se movió dos o tres veces antes de inmovilizarse. Creo que fue esto lo que más me turbó.

Devolví la llave a su madre. Ella advirtió lo impresionado y consternado que yo estaba. Guardamos silencio un momento y después, en voz baja y triste, hablamos de los preparativos para trasladar a Rod.

Al final fue bastante sencillo. Primero llevé al Hall a David Graham, para confirmar que Rod necesitaba algo más que una ayuda médica normal, y después el director de la clínica -un tal doctor Warren- vino de Birmingham para realizar su propio examen y aportar los documentos necesarios. Esto fue el domingo de aquella semana, cuatro días después de la noche del incendio: Rod había permanecido insomne durante todo este plazo, rechazando violentamente todas mis tentativas de sedarle, y se había sumido en un estado casi histérico que creo que incluso impresionó a Warren. Yo no sabía cómo reaccionaría Rod ante la noticia de que proyectábamos internarle en lo que efectivamente era un hospital psiquiátrico; para gran alivio mío -pero también, en cierto sentido, para mi desazón-, lo agradeció de un modo casi conmovedor. Aferró desesperadamente la mano de Warren y dijo:

– Allí me vigilará, ¿verdad? Si usted me vigila, nada saldrá de mí. Y si se escapa, no será culpa mía si ocurre algo, si a alguien le sucede algo malo, ¿verdad?

Su madre estaba en la habitación cuando él farfullaba estas palabras. Aún estaba débil y muy jadeante, pero se había levantado y vestido para recibir al doctor Warren. La llevé abajo al ver cuánto la afectaba el estado de Roderick. Nos reunimos con Caroline en la salita y Warren bajó unos minutos más tarde.