– Es tristísimo -dijo, moviendo la cabeza-. Tristísimo. Veo en el historial que a Roderick le trataron de una depresión nerviosa en los meses siguientes al accidente aéreo, pero ¿no hubo indicios en aquella época de un grave desequilibrio mental? ¿Y no ocurrió nada que lo causara? ¿Alguna pérdida? ¿Otro shock?
Yo ya le había facilitado por carta un informe bastante minucioso del caso. Estaba claro que pensaba -como yo, en el fondo- que faltaba algo, que un joven tan saludable como Roderick no podía haber sufrido un deterioro tan grave y tan rápido sin que hubiera una causa. Le hablamos otra vez de las alucinaciones de Rod, de sus pánicos, de las siniestras marcas en las paredes de su cuarto. Le describí las penosas obligaciones que se había impuesto últimamente como terrateniente y dueño de la finca.
– Bueno, quizá nunca lleguemos a la raíz del problema -dijo al final-. Pero usted, como su médico de cabecera, ¿está absolutamente dispuesto a confiarme a su paciente?
Respondí que sí.
– Y usted, que es su madre, señora Ayres, ¿también desea que me lo lleve?
Ella asintió.
– En este caso, creo que lo mejor que puedo hacer es llevármelo de inmediato. No pensaba hacerlo. Mi intención era sólo venir a examinarle y volver al cabo de unos días con la ayuda adecuada. Pero mi chófer es un hombre capaz y estoy seguro de que no les importará que les diga que no es nada bueno que Roderick siga aquí. Es evidente que parece muy dispuesto a irse.
El doctor Warren y yo nos ocupamos del papeleo mientras la señora Ayres y Caroline subían entristecidas a preparar el equipaje de Rod y a recogerle. Cuando le trajeron donde estábamos nosotros, bajó la escalera con un paso tan titubeante como un viejo. Le habían puesto su topa ordinaria y el abrigo de tweed, pero estaba tan encogido y tan delgado que las prendas parecían tres tallas más grandes. Su cojera era muy acusada; casi tanto como seis meses antes, y pensé con desazón en todas las horas de tratamiento inútiles. Caroline se había esforzado en afeitarle y lo había hecho torpemente: Rod tenía cortes en la barbilla. Sus ojos oscuros lanzaban miradas a su alrededor, y se llevaba continuamente las manos a la boca para pellizcarse los labios.
– ¿Es verdad que me voy con el doctor Warren? -me preguntó-. Madre dice que sí.
Le dije que así era y le llevé a una ventana para mostrarle el hermoso Humber Snipe negro de Warren aparcado fuera, y su chófer al lado, fumando un pitillo. Miró el automóvil con tanto interés, de una manera tan normal en un chico -incluso se volvió para hacerle al doctor Warren una pregunta sobre el motor-, que por un segundo volvió a ser el que no había sido desde hacía semanas, y tuve un vertiginoso atisbo de duda sobre todo aquel penoso asunto.
Pero era demasiado tarde. Los papeles estaban firmados y el doctor Warren listo para partir. Y Roderick se puso nervioso cuando nos acercamos para despedirle. Respondió con cariño al abrazo de su hermana, y a mí me permitió estrecharle la mano. En cambio, cuando su madre le besó en la mejilla volvió a lanzar miradas alrededor. Dijo:
– ¿Dónde está Betty? ¿No tengo que despedirme también de Betty?
Mostró tanta agitación que Caroline bajó corriendo a la cocina en busca de Betty. La chica se detuvo tímidamente delante de Rod y él le dirigió un rápido y vacilante gesto de saludo.
– Me voy por un tiempo, Betty -dijo-, así que tendrás menos quehaceres. Pero ¿mantendrás mi habitación limpia y ordenada mientras estoy fuera?
Ella parpadeó, miró rápidamente a la señora Ayres y dijo:
– Sí, señor Roderick.
– Buena chica.
Le tembló el párpado, en un amago de guiño. Se palmeó los bolsillos un momento y comprendí que, grotescamente, buscaba una moneda. Pero la madre dijo, suavemente: «Puedes irte, Betty» y, obviamente agradecida, la chica se retiró. Rod la miró marcharse, todavía rebuscando en los bolsillos con la frente fruncida. Temiendo que se agitase de nuevo, Warren y yo nos acercamos y le llevamos al coche.
Él se subió a la trasera casi dócilmente. El doctor Warren me estrechó la mano. Volví a los escalones y permanecí al lado de la señora Ayres y Caroline hasta que el Snipe se puso en marcha sobre la grava crujiente y se perdió de vista.
Todo esto ocurrió, como ya he dicho, en domingo, y en ausencia de la señora Bazeley. No sé lo que ella sabía del estado de Roderick; lo que habría deducido por su cuenta o lo que le habría dicho Betty. La señora Ayres le informó de que Roderick se había ido del condado «a casa de unos amigos»; fue la versión que ella divulgó, y si algún lugareño me preguntaba yo me limitaba a decir que, tras haber visto a Rod después del incendio, le aconsejé que se tomara unas vacaciones por el bien de sus pulmones. Al mismo tiempo adopté la actitud contradictoria de minimizar la importancia del incendio. No quería que los Ayres fueran objeto de una curiosidad especial, y hasta a gente como los Desmond y los Rossiter, que conocían bien a la familia, les conté una mezcla de mentiras y medias verdades, con la esperanza de desviarles de los hechos. No soy un hombre de natural artero, y la tensión de contener las habladurías era en ocasiones fatigosa. Pero en otros aspectos mis jornadas eran muy laboriosas, pues -irónicamente, en parte gracias al éxito de mi informe sobre el tratamiento de Rod- recientemente me habían pedido que formase parte de un comité del hospital y tenía muchas tareas nuevas. De hecho, el aumento de trabajo fue para mí una distracción beneficiosa.
Durante el resto del mes, una vez por semana llevé a la señora Ayres y a Caroline a visitar a Roderick en la clínica de Birmingham. Era un viaje muy triste, no sólo porque la clínica estaba en un extrarradio de la ciudad que había sufrido intensos bombardeos durante la guerra: en Lidcote no estábamos habituados a las ruinas y a las carreteras destrozadas, y siempre nos deprimía ver las casas medio derruidas, con las ventanas melladas y sin cristales, que se alzaban misteriosas a través de lo que parecía ser una perpetua niebla urbana. Pero las visitas eran más bien infructuosas por otras razones. Roderick estaba nervioso y poco comunicativo, y parecía avergonzarle el supuesto privilegio de que le permitieran mostrarnos el lugar, llevarnos de paseo por el desnudo jardín ventoso y sentarse con nosotros a la mesa del té en una sala llena de otros hombres apáticos o de ojos vesánicos. Una o dos veces, en las primeras visitas, preguntó por la finca y se interesó por cómo iban las cosas en la granja; sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, pareció perder el interés por los asuntos de Hundreds. Limitábamos la conversación, en la medida de lo posible, a temas neutros del pueblo, pero algunas cosas que decía me demostraron -y también su madre y su hermana debieron de darse cuenta- que su comprensión de las cosas de que hablábamos era sorprendentemente exigua. En una ocasión preguntó por Gyp. Caroline dijo, con tono asustado:
– Pero si Gyp murió. Ya lo sabes, Rod.
Al oír esto él entornó los ojos, como si se esforzara en recordar, y dijo vagamente:
– Ah, sí. Hubo algún problema, ¿no? Y Gyp lo pasó mal, ¿eh? Pobre muchacho.
Tan lentos y nebulosos eran sus pensamientos que podría haberse quedado en el hospital años, en lugar de semanas; y después de nuestra tercera visita, en vísperas de Navidad, cuando al llegar a la clínica la encontramos engalanada con guirnaldas y tiras de papel de colores, y a los internos con absurdas coronas de cartón en la cabeza, y a Roderick más ensimismado y abúlico que nunca, me alegré de que el ayudante del doctor Warren me llevara aparte para informarme de sus progresos.
– No va muy mal, en conjunto -dijo. Era más joven que Warren, y con un enfoque un poco más dinámico-. De todos modos, parece que se ha liberado de casi todas las alucinaciones. Hemos conseguido administrarle un poco de bromuro de litio, y el efecto ha sido bueno. Duerme mejor, desde luego. Ojalá pudiera decir que el suyo es un caso aislado pero, como supongo que habrá notado, tenemos muchos internos de una edad parecida a la suya: dipsómanos, enfermos nerviosos, hombres que todavía dicen que padecen «neurosis de guerra»… En mi opinión, todo forma parte de un malestar posbélico general; todos tienen esencialmente el mismo problema, aunque afecta a las personas de un modo distinto, según su carácter. Si Rod no hubiera sido el chico que era, con sus antecedentes, podría haberse entregado al juego, o a las mujeres… o haberse suicidado. Todavía quiere que le encierren en su habitación por la noche; confiamos en que abandone esa manía. Usted no le ha visto muy cambiado pero, bueno -pareció azorado-, el motivo de que le haya llamado es que creo que las visitas de ustedes le están perjudicando. Sigue convencido de que a su familia la amenaza algún peligro; piensa que debe tenerlo controlado, y el esfuerzo le extenúa. Aquí, donde nadie le recuerda su casa, es un hombre distinto, mucho más despierto. Las enfermeras y yo le hemos observado y coincidimos al respecto.