Estábamos de pie en su despacho, con una ventana que daba al patio de la clínica, y vi a la señora Ayres y a Caroline caminando hacia el coche, encorvadas y abrigadas del frío. Dije:
– Bueno, estas visitas también suponen un gran esfuerzo para su madre y su hermana. Podría convencerlas de que no vinieran, desde luego, si usted quiere, y venir solo.
Me ofreció un cigarrillo de una pitillera de su escritorio.
– Para serle sincero, creo que a Rod le gustaría que ninguno de ustedes viniera a verle durante una temporada. Le recuerdan el pasado demasiado intensamente. Tenemos que pensar en su futuro.
– Pero en mi caso… -dije, con la mano suspendida sobre la pitillera-. Soy su médico. Y, aparte de eso, él y yo somos buenos amigos.
– Lo cierto es que Rod ha pedido expresamente que todos ustedes le dejen solo algún tiempo. Lo siento.
No cogí el cigarrillo. Me despedí del adjunto y atravesé el patio para reunirme con la señora Ayres y Caroline y llevarlas a casa; las semanas siguientes, aunque escribimos regularmente a Roderick y recibimos ocasionales respuestas anodinas, en ninguna de sus cartas nos alentaba a visitarle. Su habitación de Hundreds, con las paredes calcinadas y el techo ennegrecido, fue simplemente cerrada. Y como la señora Ayres a menudo despertaba por las noches sin resuello y tosiendo, y necesitaba medicinas o un inhalador, cedieron a Betty el antiguo dormitorio, justo a la vuelta del rellano, que Rod ocupaba en su época escolar.
– Es mucho más práctico que ella duerma aquí arriba, con nosotras -me dijo la señora Ayres, jadeando-. ¡Y Dios sabe que la chica se lo merece! Ha sido muy bondadosa y leal en todos nuestros apuros. Ese sótano es demasiado solitario para Betty.
No era de extrañar que la chica estuviese encantada con el cambio. Pero a mí me incomodó ligeramente, y cuando eché un vistazo al cuarto, poco después de que ella se mudara, me crispó más que nunca. Habían retirado las cartas de navegación aérea, los trofeos y los libros juveniles, y las escasas pertenencias de Betty -las enaguas y los calcetines zurcidos, el cepillo de los almacenes Woolworth y las horquillas dispersadas por el cuarto- de algún modo bastaban para transformarlo. Entretanto, prácticamente nadie visitaba la fachada norte del Hall, que Caroline una vez me había descrito como «el lado de los hombres». Yo merodeaba a veces por allí y las habitaciones parecían muertas, como miembros paralíticos. Pronto se convirtió en un lugar fantasmagórico, como si Rod nunca hubiera sido el amo de la casa; como si hubiese desaparecido sin dejar rastro, más aún que en el caso del pobre Gyp.
Capítulo 8
Tras la partida de Roderick, era evidente que para todos nosotros Hundreds Hall había entrado en una fase nueva y distinta. En términos puramente prácticos, los cambios se produjeron casi de inmediato, porque los honorarios de la clínica mermaban la economía ya exigua de la finca, y para sufragarlos hubo que hacer ahorros más drásticos. Por ejemplo, el generador estaba ahora apagado durante días enteros, y, al subir a la casa aquellas noches de viento, muchas veces yo encontraba el lugar sumergido en una oscuridad casi total. Me dejaban un viejo farol de latón en una mesa contigua a la entrada principal, y con él en la mano recorría la casa -recuerdo que las paredes olorosas a humo de los corredores parecían introducirse bailando en la tenue luz amarilla y retroceder de nuevo hacia la sombra según yo iba avanzando-. La señora Ayres y Caroline estaban en la salita, leyendo, cosiendo o escuchando la radio a la luz de unas velas o unas lámparas de queroseno. Las llamas eran tan tenues que les obligaban a amusgar los ojos, pero la habitación parecía una especie de cápsula radiante comparada con las tinieblas circundantes. Si llamaban a Betty ella se presentaba con una palmatoria vetusta y con los ojos muy abiertos, como un personaje de una canción infantil.
Las tres, a mi juicio, sobrellevaban la nueva situación con una entereza asombrosa. Betty estaba acostumbrada a quinqués y velas; se había criado con ellos. Ahora también parecía aclimatada al Hall, como si los dramas recientes hubieran servido para asentar su puesto en la familia, aun cuando hubieran desalojado a Roderick del suyo. Caroline afirmaba que le gustaba la oscuridad y señalaba que, de todos modos, la casa no había sido concebida para el uso de electricidad; decía que ahora vivían por fin como estaba previsto. No obstante, yo creía ver más allá de la jactancia de estos comentarios, y me apenaba muchísimo ver tan desposeídas a ella y a su madre. Mis visitas se habían espaciado durante la última y peor parte de la enfermedad de Roderick, pero de nuevo visitaba el Hall una y hasta dos veces por semana, y con frecuencia llevaba pequeños obsequios de comestibles y carbón; a veces fingía que los regalos procedían de pacientes. La Navidad se acercaba; era siempre un día algo difícil para mí, un hombre soltero. Aquel año se habló de que lo pasara en Banbury, como había hecho en ocasiones, en casa de un antiguo colega y su familia. Pero entonces la señora Ayres dijo algo que me dio a entender que, como una cosa normal, esperaba que cenase con ellas en Hundreds; así que, conmovido, me disculpé con mis amigos de Banbury y la señora Ayres, Caroline y yo degustamos una cena mortecina en la larga mesa de caoba del comedor expuesto a las corrientes de aire y nosotros mismos nos servimos la carne, ya que Betty, por una vez, pasó un día y una noche con sus padres.
Aquí se notó otro efecto de la ausencia de Roderick. Reunidos los tres, no creo que ninguno pudiera evitar recordar la última vez que habíamos compartido aquella mesa, pocas horas antes del incendio, cuando Rod proyectó sobre la cena una sombra tan desagradable y perturbadora. En otras palabras, creo que los tres tuvimos una culpable sensación de alivio de que aquella sombra se hubiera disipado. Sin lugar a dudas, la madre y la hermana añoraban a Rod, y muy intensamente. Algunas veces, el Hall cobraba un aspecto terriblemente mudo e inánime, con sus tres únicas ocupantes silenciosas. Pero también, indudablemente, la vida era menos tensa. Y en el aspecto material, a pesar de la obsesión de Rod por la finca, el hecho de que él ya no estuviera allí para dirigirla, por increíble que pareciese -y tal como recordé que Caroline había predicho un día-, no representaba un gran cambio. Las cosas avanzaban a trancas y barrancas. A lo sumo, trastabillaban algo menos. La propia Caroline pidió informes de bancos y corredores de bolsa para sustituir los papeles que había devorado el fuego, y descubrió hasta qué punto eran calamitosas las finanzas de la familia. Tuvo una larga y franca conversación con su madre y las dos decidieron adoptar nuevas y penosas economías con la luz y el combustible. Caroline emprendió una implacable búsqueda por la casa de cualquier cosa que pudiera venderse, y cuadros, libros y muebles que en el pasado habían sido sentimentalmente conservados, mientras se desprendían de objetos menos valiosos, fueron a parar a manos de anticuarios de Birmingham. Reanudó con el condado negociaciones quizá más drásticas sobre la venta de terrenos del parque de Hundreds. Llegaron a un acuerdo el primero de año, y sólo dos o tres días más tarde, cuando entré en el parque por las verjas del oeste, vi desolado que el constructor, Babb, llegaba al lugar con un par de topógrafos y delimitaba ya el terreno con estacas. Poco después comenzaron las excavaciones, y enseguida se tendieron las primeras tuberías y cimientos. De la noche a la mañana, al parecer, demolieron una parte del muro divisorio, y desde la carretera que discurría al lado del boquete se podía contemplar directamente el Hall a través del parque. Pensé que la casa parecía en cierto modo más remota y, sin embargo, extrañamente más vulnerable que cuando el muro estaba todavía intacto.