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Era evidente que Caroline pensaba lo mismo.

– Madre y yo nos sentimos horriblemente visibles -recuerdo que me dijo un día en que las visité, a mediados de enero-. Es como si estuviéramos continuamente en camisón, como en una pesadilla. Pero en fin, nos hemos hecho a la idea. Verá, esta mañana hemos recibido noticias del doctor Warren, y Rod no mejora; tengo la impresión de que al contrario. Lo cierto es que nadie sabe cuándo estará en condiciones de volver a casa. El dinero de esta venta nos permite vivir holgadamente durante el resto del invierno, y para la primavera estará instalada la cañería de agua hasta la granja. Makins dice que eso lo cambiará todo.

Se frotó los ojos con el pulpejo de la mano, arrugándose los párpados.

– No lo sé. Es todo tan incierto. ¡Y en cuanto a todo esto…!

Estábamos en la salita, aguardando a que bajara su madre, y señaló con un gesto de desesperanza e impotencia el escritorio de la señora Ayres, que Caroline usaba ahora para la correspondencia relacionada con la finca, y que estaba atiborrado de cartas y mapas.

– Le juro que estos papelotes son como la hiedra -dijo-. ¡Trepan! De cada carta que envío al condado me piden dos copias. He empezado a soñar por triplicado.

– Habla como su hermano -le advertí.

Ella pareció sobresaltarse.

– ¡No diga eso! Aunque pobre Roddie. Ahora entiendo mejor por qué estos asuntos le consumían tanto. Es como los juegos de azar, en que la apuesta siguiente siempre parece que te traerá suerte. Pero escúcheme. -Se remangó el puño del suéter y me enseñó el antebrazo desnudo-. Pellízqueme, por favor, si otra vez me pilla hablando como Roddie.

Extendí la mano hacia su muñeca y, en lugar de pellizcarla, la agité suavemente, porque no había carne suficiente para pellizcarla; su brazo, pecoso y moreno, era tan delgado como el de un niño, y en consecuencia la bella factura de su mano parecía más ancha, pero singularmente más femenina. Al sentir contra mi palma el suave roce del hueso de su muñeca, cuando Caroline la retiró tuve una extraña y pequeña punzada de ternura hacia ella. Captó mi mirada y sonrió, pero yo le sujeté unos segundos las yemas de los dedos y dije, con seriedad:

– Tenga cuidado, Caroline, ¿me oye? No se exceda trabajando. O permítame ayudarla.

Ella liberó los dedos, cohibida, y se cruzó de brazos.

– Ya nos ayuda bastante con lo que hace. A decir verdad, estos últimos meses no sé cómo me las habría arreglado sin usted. Conoce todos nuestros secretos. Usted y Betty. ¡Qué idea más curiosa! Aunque supongo que es su oficio conocer secretos; y el de ella también, en cierto modo.

– Soy su amigo, espero, no sólo su médico -dije.

– Oh, claro que lo es -respondió, automáticamente. Luego se lo pensó y lo repitió, con mayor afecto y convicción-. Es mi amigo. Aunque Dios sabe por qué lo es, ya que sólo le hemos causado molestias, y para eso ya tiene a sus pacientes. ¿No está cansado de que le incordiemos?

– Me gustan esas molestias -dije, esbozando una sonrisa.

– Le mantienen activo.

– Algunas, sin duda, son buenas para mi profesión. Otras me gustan por sí mismas. Pero no es eso lo que me preocupa. Me preocupa usted.

Hice un ligero hincapié en el «usted» y ella se rió, pero de nuevo pareció sorprendida.

– Dios mío, ¿por qué? Estoy bien. Siempre estoy bien. Es lo «bueno» de mí…, ¿no lo sabía?

– Umm -dije-. Esas palabras serían más convincentes si cuando las dice no pareciera usted tan cansada. ¿Por qué no, al menos…?

Ella ladeó la cabeza.

– ¿Por qué no qué?

Llevaba semanas pensando en abordar este tema con ella, pero nunca encontraba el momento oportuno. Lo abordé ahora, de golpe y porrazo:

– ¿Por qué no se consigue otro perro?

Cambió de expresión al instante, como si se retrajera. Miró a otro lado.

– No quiero.

– Estuve en Pease Hill Farm el lunes -continué-. Su labrador está preñada, es una perra preciosa. -Al ver su renuencia, dije suavemente-: Nadie pensaría que quiere reemplazar a Gyp.

Pero ella movió la cabeza.

– No es eso. Es que… no sería seguro.

La miré asombrado.

– ¿Seguro? ¿Para quién, para usted? ¿Para su madre? No deje que lo que sucedió con Gillian…

– No me refiero a eso -dijo. Y añadió, a regañadientes-: Me refiero al perro.

– ¡Al perro!

– Parezco una tonta, me figuro. -Miraba a otra parte-. Es sólo que a veces no puedo evitar pensar en Roddie y en las cosas que dijo de esta casa. Le mandamos a esa clínica, ¿no? Le mandamos allí porque era más cómodo que prestarle la debida atención. ¿Sabe que aquellas semanas casi llegué a odiarle? Pero… ¿y si enfermó porque le odiábamos, o porque no le escuchábamos? ¿Y si…?

Se había bajado los puños del jersey, que casi le cubrieron los nudillos. Tiró de ellos más todavía, nerviosa, y los palpó con los dedos hasta que los pulgares descubrieron un punto débil en la lana y la perforaron. Dijo, en voz baja:

– A veces esta casa me parece cambiada, ¿sabe? No sé si es sólo la sensación que ella me da o la que le doy yo a ella, o… -Captó mi mirada y se le mudó la voz-. Debe de pensar que estoy loca.

– Nunca la creería loca -dije, al cabo de un segundo-. Pero entiendo que en su estado actual la casa y la granja la depriman.

– Me depriman -repitió, sin dejar de juguetear con los puños-. ¿Usted cree que eso es todo?

– Lo sé. Estoy seguro de que se sentirá muy distinta cuando llegue la primavera y Roderick mejore y la finca recupere el equilibrio.

– ¿Y cree realmente que vale la pena… perseverar con Hundreds?

La pregunta me sorprendió.

– ¡Por supuesto! ¿Usted no?

Ella no contestó; y un momento después se abrió la puerta de la salita y su madre se reunió con nosotros y no pudimos seguir hablando. La señota Ayres entró tosiendo y Caroline y yo nos acercamos a ella para ayudarla a sentarse en su butaca. Ella me cogió del brazo y dijo:

– Gracias, estoy bien. De verdad. Pero he estado tumbada una hora, lo que es una insensatez en este momento, porque ahora siento los pulmones como si tuvieran dentro el fondo de un estanque de patos.

Volvió a toser contra su pañuelo y luego se enjugó los ojos acuosos. Llevaba varios chales encima de los hombros y la cabeza envuelta en su mantilla de encaje. Tenía un aspecto pálido y delicado, como una esbelta flor envainada: el estrés de las semanas anteriores la había envejecido, el incendio había debilitado ligeramente sus pulmones y la debilidad había ocasionado un brote de bronquitis invernal. Hasta la había fatigado el breve trayecto que acababa de hacer por la fría casa. La tos remitió, pero la dejó jadeante. Dijo: