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Me reuní con Caroline al borde del cemento, y hablamos un minuto con el operario al que ella había visto trabajar, un hombre al que yo conocía muy bien; de hecho, era una especie de primo mío por parte de madre. El y yo compartíamos pupitre en la escuela del condado, que tenía dos aulas, donde estudié de niño; en aquel tiempo éramos buenos amigos. Más tarde, cuando yo ingresé en Leamington College, la amistad se enfrió y durante una temporada él y su hermano mayor, Coddy, me habían hostigado: me acechaban con puñados de grava cuando yo volvía a casa en bicicleta a última hora de la tarde. De esto hacía ya mucho. Después él se había casado dos veces. Su primera mujer y su hijo habían muerto, pero ahora tenía dos hijos mayores que recientemente se habían trasladado a Coventry. Caroline preguntó qué tal les iba y él nos dijo, con el fuerte acento de Warwickshire que me costaba creer que antaño hubiese tenido yo mismo, que habían encontrado empleo en una fábrica y entre los dos llevaban a casa un sueldo semanal de más de veinte libras. Ya me habría gustado a mí ganar ese salario; y probablemente era superior al dinero que los Ayres gastaban en vivir un mes. Aun así, el hombre se quitó la gorra para hablar con Caroline, aunque a mí me miraba con más timidez y me hizo un torpe gesto de despedida cuando nos marchamos. Yo sabía que incluso al cabo de tanto tiempo se le hacía raro llamarme «doctor», pero asimismo estaba excluido que me llamase por mi nombre de pila o me tratara de «señor».

Dije, con toda la soltura que pude: «Adiós, Tom». Y Caroline dijo, con auténtica efusión: «Hasta luego, Pritchett. Ha sido agradable charlar con usted. Me alegro de que a sus chicos les vaya tan bien».

De pronto, sin que supiera exactamente por qué, deseé que ella no llevara aquel sombrero ridículo. Nos volvimos y emprendimos el regreso al Hall, y me fijé en que Pritchett hacía una pausa en su trabajo para observarnos, y quizá para echar un vistazo a alguno de sus compañeros.

Atravesamos la hierba en silencio, siguiendo la línea de nuestras huellas oscuras, los dos pensativos a causa de la visita. Cuando por fin ella habló, lo hizo con vivacidad, aunque sin mirarme a los ojos.

– Babb es un personaje, ¿no cree? Y las casas parecen maravillosas, ¿verdad? Estupendas para sus pacientes más pobres, me figuro.

– Sí, estupendas -respondí-. Se acabaron los suelos húmedos y los techos bajos. Excelentes servicios sanitarios. Habitaciones separadas para los chicos y las chicas.

– Un buen comienzo en la vida para los hijos, y todo eso. Y una maravilla para Dougie Babb, si se propone abandonar a su horrible suegra… Y, ah, doctor… -Me miró por fin y después miró tristemente por encima del hombro-. Preferiría mudarme a una cajita de ladrillo como ésas, con un salón y una cocina ajustada, que vivir en nuestro viejo establo. -Se agachó para recoger una rama que había volado por el parque, y empezó a fustigar el suelo con ella-. A propósito, ¿qué es una cocina ajustada?

– La que no tiene huecos molestos ni rincones sobrantes -dije.

– Y ningún encanto, juraría. ¿Qué hay de malo en los huecos y los rincones sobrantes? ¿Quién quisiera vivir sin ellos?

– Bueno -dije, evocando algunas de las viviendas más sórdidas de mi ronda-, al fin y al cabo es posible tener demasiados. -Y añadí, casi como si fuera una idea posterior-: A mi madre le habría encantado una casa así. Si yo hubiera sido un niño distinto, ahora podría vivir con mi padre en una parecida.

Caroline me miró.

– ¿Qué quiere decir?

Y yo le hablé, brevemente, de las estrecheces que habían sufrido mis padres para mantenerse al día con las becas y subvenciones que me habían conseguido a través de Leamington College y la facultad de medicina: las deudas que habían contraído, las penosas economías que habían hecho, mi padre trabajando horas extraordinarias, mi madre aceptando encargos de costura y de lavandería cuando apenas tenía fuerza para trasladar la ropa mojada desde el caldero hasta el cubo.

Noté que mi voz adquiría un tono amargo, y no pude reprimirlo.

– Invirtieron todo lo que tenían en que yo fuera médico, y ni siquiera supe nunca que mi madre estaba enferma. Pagaron una pequeña fortuna por mi educación, y lo único que aprendí fue que mi acento no era el correcto, mi ropa no era la apropiada, mis modales en la mesa…, todo era inadecuado. De hecho, aprendí a avergonzarme de mis padres. Nunca llevaba amigos a casa para presentárselos. Un día asistieron al acto del discurso académico; me daban un premio en ciencias. Me bastó con ver la expresión de la cara de los otros alumnos. No volví a invitarlos. Una vez, cuando tenía diecisiete años, llamé idiota a mi padre delante de un cliente suyo…

No terminé la frase. Ella aguardó un momento y después dijo, tan delicadamente como permitía el tiempo borrascoso:

– Pero debían de estar muy orgullosos de usted.

Me encogí de hombros.

– Quizá. Pero el orgullo no sustituye a la felicidad, ¿no? Habrían vivido mejor, en realidad, si yo hubiera sido como mis primos…, como el Tom Pritchett de allí. Quizá yo también habría tenido una vida más cómoda.

Vi que fruncía el ceño. Azotó de nuevo el suelo.

– Todo este tiempo -dijo, sin mirarme-, pensé que debía de odiarnos un poco a mí, a mi madre y a mi hermano.

– ¿Odiarles? -pregunté, atónito.

– Sí, por el recuerdo de sus padres. Pero ahora parece casi como si…, bueno, como si se odiara a sí mismo.

No respondí y de nuevo caminamos en silencio, cada vez más incómodos. Sabiendo que el día se deslizaba hacia el crepúsculo, nos esforzamos en acelerar el paso. Pronto dejamos el oscuro sendero, en busca de un terreno más seco, y nos dirigimos hacia la casa por un itinerario distinto y llegamos a un punto donde la verja del jardín daba acceso a una antigua valla divisoria con los lados deshechos y cubiertos de maleza; yo pregunté si se trataba de urinarios y Caroline sonrió al oír mi comentario, que nos rescató del abatimiento. No sin trabajo cruzamos la intrincada zanja y accedimos a un campo de hierba anegado y, al igual que antes, lo atravesamos con dificultad y de puntillas. Mi calzado de suela lisa no estaba hecho para aquellos trotes, y una vez estuve a punto de caer en una de las zanjas. Se rió al verme, como no podía ser menos, y la sangre que le subía por la garganta le abrillantó las mejillas ya rosadas.

Conscientes de nuestras huellas sucias, rodeamos la casa hasta la puerta del jardín. El Hall, como era costumbre ahora, no estaba iluminado y, aunque no era un día soleado, avanzar hacia la casa era como adentrarse en la sombra, como si sus escarpados muros erguidos y sus ventanas vacías atrajeran la última luz de la tarde. Caroline hizo una pausa cuando se hubo limpiado los zapatos en el felpudo de cerdas, alzó los ojos y me apenó ver que en su cara resurgían las líneas de cansancio y que la piel en torno a sus ojos se arrugaba como la superficie de la leche al calentarse.

Mientras examinaba la casa, dijo:

– Los días son ahora muy cortos. Los odio, ¿usted no? Hacen más difíciles las dificultades. Ojalá Roderick estuviese aquí. Ahora sólo estamos madre y yo… -Bajó la mirada-. Bueno, madre es un encanto, por supuesto. Y no tiene la culpa de encontrarse indispuesta. Pero no sé, a veces da la impresión de que cada día se vuelve más tonta, y me temo que no siempre conservo la paciencia. Rod y yo nos divertíamos con tonterías. Antes de que enfermara, me refiero.