– ¿No le importa? -se excusó Caroline cuando se iba-. Brenda conoce a gente de aquí y quiere presentármela.
– Vaya a bailar -le dije.
– Vuelvo enseguida, se lo prometo.
– Es bueno ver a Caroline fuera del Hall y divirtiéndose -me dijo Graham, cuando ella se hubo ido.
– Sí -asentí.
– ¿Os veis a menudo?
– Bueno, visito la casa siempre que puedo -dije.
– Claro -respondió, como si hubiera esperado que le dijera algo más. Y añadió, con un tono más confidencial-: El hermano no mejora, ¿eh?
Le hablé del último informe que había recibido del doctor Warren. Pasamos a intercambiar noticias de algunos de nuestros demás pacientes, y de ahí a una discusión, junto con el colega de Stratford, sobre la futura Seguridad Social. El médico de Stratford, como la mayoría de los facultativos, se oponía violentamente a ella; Graham era un partidario apasionado y yo seguía pesimistamente convencido de que significaría el final de mi carrera, por lo que el debate fue bastante acalorado y duró un buen rato. Cada cierto tiempo yo levantaba la cabeza y buscaba a Caroline en la pista de baile. A intervalos ella y Brenda venían a la mesa en busca de más vino.
– ¿Todo bien? -le gritaba yo, o le decía por encima del hombro de Graham-: ¿No la estoy desatendiendo?
Ella negaba con la cabeza, sonriendo.
– ¡No sea tonto!
– ¿Crees realmente que Caroline está bien? -pregunté a Anne, a medida que avanzaba la velada-. Tengo la sensación de que la he abandonado un poco.
Ella miró a su marido y dijo algo que no se oyó por culpa de la música, algo como «¡Oh, estamos acostumbradas!», o incluso: «¡Tendrá que acostumbrarse a eso!»; algo, en todo caso, que me dio la impresión de que me había oído mal. Pero, al ver el desconcierto en mi cara, añadió, riéndose:
– Brenda se ocupa de ella, no te preocupes. Está bien.
Más tarde, a eso de las once y media, alguien empuñó el micrófono para anunciar una pieza de Paul Jones, y se produjo una desbandada general hacia la pista, a la que a mí y a Graham nos instaron a sumarnos. Automáticamente busqué de nuevo a Caroline y vi que la absorbía el corro de mujeres situado en la otra punta de la sala; a partir de entonces no la perdí de vista, esperando coincidir con ella en las pausas entre bailes. Pero cada vez que se cambiaban las parejas trotábamos el uno hacia el otro, sólo para que nos empujaran sin remedio en direcciones opuestas. El círculo de mujeres, engrosado con enfermeras, era más numeroso que el de hombres: vi sonreír a Caroline y casi tambalearse cuando los pies se le enredaron en los de otras chicas, y en una ocasión en que pasó disparada por mi lado me miró e hizo una mueca. «¡Esto es terrible!», creo que gritó. La siguiente vez que se acercó se estaba riendo. El pelo suelto se le había caído hacia delante y se adhería en mechones oscuros al brillo del sudor en la cara y los labios. Al final terminó a uno o dos puestos a mi izquierda, y en el educado pero resuelto torneo de empellones que siguió me abrí paso para rescatarla; me la arrebató un hombre corpulento, de aspecto húmedo y ardiente al que reconocí, al cabo de un segundo, como Jim Seeley. Creo que él era el compañero que a Caroline le correspondía en el corro, pero ella me lanzó una mirada alarmada, cómica, cuando él la estrechó firmemente y la condujo en un foxtrot lento, con la barbilla pegada a su oreja.
Bailé la pieza con una de las enfermeras más jóvenes y abandoné la pista cuando acabó la música y se formaron círculos más tumultuosos. Fui al bar en busca de otro vaso de ponche aguado y luego me aparté de la zona más concurrida de público y observé el baile. Vi que Caroline se había desembarazado de Seeley y encontrado un compañero menos dominante, un joven con gafas de carey. El propio Seeley, al igual que yo, había desistido totalmente del baile y se había ido al bar. Apurado su ponche, estaba sacando tabaco y un mechero, y como al hacerlo alzó los ojos y topó con mi mirada, se acercó a ofrecerme un cigarrillo.
– En noches como ésta me pesa la edad, Faraday -dijo, una vez encendidos los pitillos-. ¿No le parecen jóvenes esas condenadas enfermeras? Le juro que una criatura con la que he bailado antes parecía sólo un poquito mayor que mi hija de doce años. Está muy bien para un pervertido viejo verde como… -Y aquí dijo el nombre de uno de los cirujanos jefes, que había sido el protagonista de un escándalo menor uno o dos años antes-. Pero cuando estoy bailando con una chica y le pregunto qué le parece el distrito y me contesta que le recuerda el lugar del que la evacuaron en 1940…, bueno, no resulta muy propicio para un idilio. En cuanto a todo este jaleo de los círculos, preferiría un vals anticuado. Supongo que se marcarán unas rumbas dentro de un minuto. Que Dios nos asista entonces.
Sacó un pañuelo, se limpió la cara y luego se lo pasó por debajo del cuello y se enjugó toda la piel de alrededor. Tenía la garganta colorada y la pajarita suelta. Advertí que había perdido la orquídea, en el ojal sólo quedaba de ella el carnoso tallo verde, con la punta ligeramente lechosa. Caldeado por la bebida y el ejercicio, despedía calor como un brasero, hasta el punto de que era imposible estar a su lado sin querer rehuirle en aquella sala sobrecalentada. Pero, tras haberle aceptado un cigarrillo, me pareció inexcusable no hacerle compañía mientras lo fumaba. Él se enjugó y resopló y refunfuñó unos minutos más; después nuestras miradas se volvieron espontáneamente hacia la pista de baile y contemplamos en silencio cómo brincaban las parejas.
Al principio no vi a Caroline y creí que quizá hubiese abandonado la pista. Pero seguía bailando con el joven de gafas, y en cuanto mis ojos la hubieron localizado procuraron seguirla. La pieza de Paul Jones había concluido y el baile siguiente era más relajado, pero reinaba una atmósfera general de hilaridad decreciente y Caroline, como todos los demás, tenía la cata húmeda, el pelo revuelto, los zapatos y las medias manchadas de tiza, el cuello y la piel de los brazos todavía colorados y relucientes. Pensé que el color más intenso la favorecía. A pesar de su vestido tan anodino y su porte tan sencillo, parecía muy joven, como si el movimiento y la lisa hubieran hecho aflorar su juventud al mismo tiempo que su sangre.
La observé hasta el final de la pieza y el comienzo de la siguiente; y sólo cuando habló Seeley me percaté de que él también la había estado mirando.
– Caroline Ayres tiene buen aspecto -dijo.
Me separé de él para aplastar la colilla en la mesa más cercana. Al volver a su lado, dije:
– Sí, es cierto.
– Baila bien, esa chica. Sabe que tiene caderas, y sabe usarlas. La mayoría de las inglesas bailan con los pies. -Su tono y su expresión se tornaron más reflexivos-. Supongo que la habrá visto montar a caballo. Esa chica tiene algo, no hay duda. Es una lástima que no sea guapa además. Aun así -dio una última calada al cigarrillo-, eso a usted no debería frenarle.
Por un segundo pensé que había oído mal. Después vi en su cara que no. Él también vio mi expresión. Había fruncido los labios, para expulsar un penacho de humo, pero se rió y el humo se hizo jirones.
– ¡Oh, vamos! No es ningún secreto, ¿no?, la cantidad de tiempo que dedica a esa familia. No me importa decirle que hay un pequeño debate local sobre en cuál de las mujeres ha puesto los ojos: en la hija o la madre.
Lo dijo como si fuera un asunto divertidísimo; como si jocosamente me empujara a cometer una travesura ambiciosa, como un monitor que aplaude a un colegial por tener las agallas de espiar por la ventana a la enfermera del colegio.
Dije fríamente:
– Menuda diversión para todos ustedes.
Pero él volvió a reírse.
– ¡No se lo tome así! Ya sabe cómo es la vida de un pueblo. Casi tan mala como la de un hospital. Todos somos unos puñeteros presos; uno tiene que entretenerse como pueda. Personalmente no sé por qué no se lanza. Puedo asegurarle que la señora Ayres fue una mujer guapa en su época. Pero si yo fuera usted, me decidiría por Caroline…, simplemente, le diré, porque a ella le quedan muchos años buenos por delante.