Tal como las recuerdo ahora, sus palabras me parecen tan ofensivas que me asombra pensar que le permitiera pronunciarlas sin sentir el impulso de soltarle un puñetazo en la cara roja, ebria y lasciva. Sin embargo, lo que más me sorprendió en aquel momento fue aquel deje de condescendencia. Sentí que me tomaba por un zopenco, y pensé que pegarle sólo habría servido para darle la satisfacción de comprobar que, en el fondo, yo era lo que él suponía que era: una especie de majadero pueblerino. Así que me quedé en tensión y no dije nada, con ganas de taparle la boca pero sin saber muy bien cómo. Vio mi confusión y me asestó un codazo.
– Le he dado que pensar, ¿eh? Bueno, ¡láncese esta noche, amigo mío! -Señaló con un gesto la pista de baile-. Antes de que se le adelante ese imbécil de gafas con montura de carey. Al fin y al cabo, hay un largo y oscuro camino de regreso a Hundreds.
Por fin desperté.
– Creo que veo a su mujer -dije, señalando hacia la gente por encima de su hombro.
Él parpadeó y se volvió, y yo me alejé por una ruta tortuosa y obstruida por mesas y sillas. Me dirigí hacia la puerta, con intención de respirar durante unos minutos el frío aire de la noche. Pero en el camino pasé cerca de la mesa que había compartido con los Graham, y la pareja de Stratford, que me vio pasar con una expresión tan absorta, naturalmente pensó que no encontraba el camino de regreso a mi silla, y me llamaron. Parecían tan contentos de que hubiera vuelto -la mujer caminaba con ayuda de un bastón y no podía bailar- que no tuve ánimos para pasar de largo y me senté a su mesa y me quedé charlando con ellos durante el resto de la velada. No tengo ni idea de lo que hablamos. Tan trastornado estaba por lo que me había dicho Seeley, y de formas tan diversas, que apenas era capaz de poner orden en mis pensamientos.
De pronto me pareció increíble haber invitado a Caroline al baile sin considerar lo que pensaría la gente. Supongo que me había acostumbrado a la idea de hacerle compañía en el aislamiento de Hundreds; y si alguna que otra vez había sentido algo por ella…, bueno, era una de esas cosas que depara la simple proximidad entre un hombre y una mujer: como cerillas que chispean cuando están apretujadas en su caja. ¡Pensar que todo aquel tiempo la gente nos había estado observando, haciendo cabalas…, frotándose las manos! En cierto modo hacía que me sintiera ridiculizado; que me sintiera expuesto. Lamento decir que una parte de mi disgusto era la mera vergüenza, una básica renuencia masculina a que vincularan mi nombre románticamente con el de una chica notoriamente fea. Una parte era vergüenza, al descubrir este hecho. Otra, contradictoria, también era orgullo, porque, si me apetecía, ¿por qué demonios no iba yo, me preguntaba, a llevar a Caroline Ayres a una fiesta? ¿Por qué demonios no iba yo a bailar con la hija del hacendado, si ella quería bailar conmigo?
Y mezclado con todo esto había, con respecto a Caroline, una especie de nervioso sentido de propiedad que parecía haber surgido de la nada. Recordé la sonrisita de Seeley cuando la observaba moverse por la pista. «Sabe que tiene caderas, y sabe usarlas… Supongo que la habrá visto montar a caballo.» Debería haberle atizado cuando tuve la ocasión, pensé enfurecido. Sin duda le habría golpeado ahora, si hubiera venido a decirme lo mismo. Incluso le busqué con la mirada por la sala, con la idea descabellada de ir a su encuentro… No le vi. No estaba bailando ni estaba mirando. Tampoco vi a Caroline ni al chico con gafas de carey. Aquello empezó a molestarme. Seguí hablando educadamente con la pareja de Stratford y compartiendo con ellos tabaco y vino. No obstante, mientras hablábamos mis ojos debían de mirar a todas partes. El baile me parecía absurdo ahora, y los bailarines lunáticos gesticulantes. Lo único que quería era que Caroline surgiera de la multitud acalorada y convulsa para ponerle el abrigo y llevarla a su casa.
Por último, justo después de la una, cuando la música se había terminado y las luces se habían encendido, reapareció en la mesa. Vino con Brenda, las dos recién salidas de la pista, con los ojos y la boca borrosos. Se quedó a medio metro de mí, bostezando, y se tiró del corpiño del vestido para despegarlo de la piel húmeda de debajo, descubriendo en la axila un ribete del tirante del sujetador; se le vio la propia axila, un hueco musculoso sombreado por un vello fino y ligeramente veteado de talco. Y aunque yo había deseado que volviera, cuando nuestras miradas se cruzaron y ella me sonrió, sentí, inexplicablemente, una punzada de algo que casi era cólera, y tuve que mirar a otro lado. Con bastante sequedad, le dije que iría a recoger nuestras cosas del guardarropa, y ella y Brenda se fueron otra vez a los lavabos de señoras. Cuando volvieron, todavía bostezando, me alivió comprobar que se había arreglado el pelo y acicalado la cara con una máscara limpia y convencional de polvos y pintura de labios.
– ¡Dios, estaba hecha una facha! -dijo, cuando la ayudaba a ponerse el abrigo. Miró alrededor de la sala y hacia arriba, a las vigas con las banderitas, que habían mostrado sus deslucidos colores de la victoria en la guerra-. Un poco como este sitio. ¿No es horrible que desaparezca el encanto en cuanto encienden las luces? Aun así, ojalá no tuviéramos que irnos… Había una chica llorando en los servicios. Supongo que le habrá roto el corazón alguno de los suyos, un médico asqueroso.
Sin mirarla a los ojos, le señalé el abrigo, que ella no había abotonado.
– Debería abrigarse. Fuera hará mucho frío. ¿No ha traído bufanda?
– Se me ha olvidado.
– Pues ciérrese las solapas, ¿quiere?
Se ciñó el abrigo con una mano y deslizó la otra a través de mi brazo. Lo hizo con ligereza, pero habría preferido que no lo hubiera hecho. Nos despedimos de los Graham, de la pareja de Stratford y de la rubia y ramplona Brenda, y me sentí terriblemente cohibido, imaginando que veía regocijo en todas las miradas, y suponiendo lo que estarían pensando al vernos salir juntos para el -como había dicho Seeley- «largo y oscuro camino de regreso a Hundreds». Entonces recordé lo que había dicho Anne Graham riéndose cuando le pregunté por Caroline: que ésta tendría que «acostumbrarse a que la abandonaran», como si pronto fuera a convertirse en la esposa de un médico… Lo cual me cohibió aún más. Después de darles las buenas noches, al cruzar la sala vacía me las arreglé para que Caroline caminara delante y nuestros brazos no estuvieran enlazados.
En el aparcamiento, el suelo estaba tan helado y el frío, instantáneamente, era tan cortante que ella volvió a agarrarme.
– Le he advertido que se helaría -dije.
– O eso o me rompo una pierna -respondió ella-. No olvide que llevo tacones. ¡Oh, socorro!
Trastabilló, riéndose, y me agarró del brazo con las dos manos, para aproximarse aún más.
El gesto me irritó. Ella había bebido brandy al principio de la fiesta y después un par de vasos de vino, y yo me había alegrado -según mi modo de verlo entonces- de que se desfogase. Si bien, en los primeros bailes, había estado realmente descocada y achispada en mis brazos, ahora me parecía que en su aturdimiento había algo ligeramente forzado. Repitió: «¡Oh, qué pena que tengamos que marcharnos!», pero lo dijo con excesiva vehemencia. Era como si quisiera de la noche algo más de lo que le había dado y estuviese arreciando y endureciendo sus ataques contra ella como para obligarla a indemnizarla. Se tambaleó otra vez antes de llegar al coche, o simuló que lo hacía; y cuando la senté en el asiento y le cubrí los hombros con una manta, tiritaba de forma incontrolable y los dientes le castañeteaban como dados en un cubilete. Como mi coche no tenía calefacción, había llevado una bolsa de agua caliente para Caroline; se la di y ella se la metió dentro del abrigo, agradecida. Pero cuando arranqué bajó la ventanilla y, todavía tiritando, asomó la cabeza.