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Dedicó unos minutos a hacerlo y finalmente dejó el cigarrillo en el cenicero del salpicadero, se echó el aliento en las palmas y se las apretó, abiertas e inmóviles, contra los talones. Después se quedó callada; se arropó la cabeza y pareció que se dormía. O quizá sólo lo fingió. En una curva noté que el coche topaba con una placa de hielo y resbalaba unos centímetros: tuve que bombear el freno y reducir la velocidad hasta casi detenernos, lo que sin duda habría despertado a Caroline si de verdad estaba dormitando, pero no se movió. Un poco más tarde paré en un cruce y me volví a mirarla. Tenía los ojos todavía cerrados, y en la oscuridad, con su vestido y su abrigo oscuros, parecía un cúmulo de fragmentos angulosos: la cara más bien cuadrada, con las cejas espesas, el diamante totalmente rojo de la boca, el cuello descubierto, las pantorrillas musculosas y aquellas manos pálidas y largas.

Los fragmentos se movieron cuando ella abrió los ojos. Sostuvo mi mirada y la suya brilló muy débilmente en el centelleo de la carretera helada. Cuando habló, el desparpajo de su tono había desaparecido de su voz; era alicaído, casi triste. Dijo:

– La primera vez que me llevó en este coche comimos moras. ¿Se acuerda?

Puse una velocidad y reanudamos la marcha.

– Claro que me acuerdo.

Sentí sus ojos fijos en mi cara. Se volvió hacia la ventanilla y miró fuera.

– ¿Dónde estamos?

– En la carretera de Hundreds.

– ¿Tan cerca?

– Tiene que estar cansada.

– No. En realidad no.

– ¿Después de todos esos bailes, de todos esos chicos?

– El baile me ha espabilado -dijo, con la misma voz apagada que antes-, aunque es cierto que uno o dos de los chicos casi han conseguido que me durmiera.

Abrí la boca para decir algo y después la cerré; lo dije, de todos modos:

– ¿Qué tal el tipo de gafas?

Se volvió hacia mí, curiosa.

– Le ha visto, ¿no? Era el peor. Alan… o Alee, supongo que sería. Me ha dicho que trabaja en un laboratorio del hospital, y ha intentado hacer ver como que era algo de lo más técnico e importante, pero no creo que lo sea. Vive «en la ciudad», con «su mamá y su papá». Es todo lo que sé. En realidad, no podía hablar mientras bailaba. Tampoco sabía bailar.

Bajó la cabeza de nuevo y su mejilla tocó el respaldo del asiento, y otra vez me debatí contra una extraña mezcla de emociones. Dije, con un toque de amargura:

– Pobrecito Alan o Alee.

Pero ella no captó el cambio en mi voz. Había hundido la barbilla, y cuando habló sus palabras sonaron mortecinas.

– Realmente creo que no he disfrutado ninguno de los bailes tanto como los que he bailado con usted al principio.

No respondí.

Ella continuó, tras una pausa:

– Ojalá hubiéramos bebido más brandy. ¿No tiene en el coche una petaca de algo?

Y alargó la mano, abrió una guantera y empezó a tantear entre los papeles, herramientas y paquetes de tabaco vacíos, hasta que le pedí:

– Por favor, no haga eso.

– ¿Por qué no? ¿Tiene algún secreto? Aquí no hay nada, de todas formas.

Cerró la guantera con un chasquido y se volvió para buscar en el asiento trasero. La bolsa de agua caliente se le cayó de la falda y se deslizó al suelo. Caroline se había reanimado.

– ¿No hay nada en su maletín?

– No sea tonta.

– Tiene que haber algo.

– Tome si quiere un poco de cloruro etílico.

– Eso me haría dormir, ¿no? No quiero dormir. Sería lo mismo que haber vuelto a Hundreds. ¡Dios, no quiero volver a Hundreds! Lléveme a otro sitio, por favor.

Se movía como una niña y gracias a ello, o simplemente debido al traqueteo del coche, sus pies ganaban terreno sobre la grieta entre nuestros asientos, hasta que sólo percibí el pequeño avance directo de los dedos de sus pies contra mi muslo.

Dije, intranquilo:

– Su madre la estará esperando, Caroline.

– Oh, a madre le da igual. Se habrá acostado y le habrá dicho a Betty que me espere. Además, sabe que estoy con usted. La noble carabina y todo eso. No importa lo tarde que lleguemos.

Le lancé una mirada.

– ¿No hablará en serio? Son más de las dos. Tengo consulta a las nueve.

– Podríamos parar, dar un paseo.

– ¡Lleva zapatos de baile!

– No quiero volver a casa todavía, sencillamente. ¿No podríamos ir a algún sitio y fumar aquí dentro un rato?

– ¿Ir adonde?

– A cualquier parte. Conocerá algún sitio.

– No sea tonta -repetí.

Pero lo dije con voz bastante débil, porque, a mi pesar -como si la imagen hubiera estado aguardando justo debajo de la superficie de la mente, y ahora, al oír las palabras de Caroline, hubiera emergido de golpe-, a mi pesar pensé en aquel lugar que visitaba a veces: el estanque oscuro, con su orilla de juncos. Imaginé el agua lisa y estrellada, la hierba plateada y el suelo crujiente; la quietud y el silencio del paraje. Estaba sólo a unos dos kilómetros de allí.

Quizá intuyó algún cambio en mí. Dejó de moverse de un lado para otro y nos sumimos en un tenso silencio. La carretera ascendía, se curvaba y bajaba; un minuto después nos acercábamos a la entrada de la alameda. Creo que hasta el último momento no supe realmente si daría o no media vuelta. Ralenticé bruscamente, pisé el embrague y cambié rápidamente las marchas. A mi lado, Caroline extendió una mano hacia el salpicadero para sujetarse durante el giro. Ella se lo esperaba aún menos que yo. El movimiento del coche le proyectó los pies hacia delante, de tal modo que por un segundo los sentí debajo del muslo, sólidos y resueltos como animales que excavan. Cuando el coche recuperó la fluidez, ella encogió los pies y su asiento crujió y se ladeó mientras ella hacía fuerza con los talones para impedir que resbalaran más.

¿Hablaba en serio, cuando dijo lo de fumar sentados en el coche? Al recordar aquel lugar, ¿había yo olvidado que eran las dos de la mañana? Tras apagarse los faros, cuando paré el motor, no se veía nada del estanque, la hierba, los juncos circundantes. Podíamos estar en cualquier parte o en ninguna. Sólo la quietud era como me la había imaginado: tan profunda que parecía magnificar cada sonido que la interrumpía, y yo tenía así una conciencia aguda de los movimientos respiratorios de Caroline, de la tirantez y relajación de su garganta cuando tragaba saliva, de la forma en que su lengua y su paladar se despegaron cuando entreabrió la boca. Durante un minuto, o quizá más tiempo, fue todo el movimiento que hubo entre nosotros, yo con las manos en el volante, ella con el brazo extendido hacia el salpicadero, como si todavía se sujetara contra las sacudidas.

Me volví e intenté mirarla. Estaba demasiado oscuro para verla bien, pero distinguí con bastante nitidez su cara, con su poco atractiva combinación de fuertes rasgos familiares. Oí de nuevo las palabras de Seeley: «Tiene un algo, no hay duda…». Oh, ¿acaso yo no lo había captado? Creo que lo sentí la primera vez que la vi en mi vida, observando cómo acariciaba con los dedos del pie, morenos y desnudos, la barriga de Gyp; y desde entonces lo había sentido cientos de veces, al fijarme en la turgencia de sus caderas, la prominencia de su pecho, el fácil y compacto movimiento de sus miembros. Pero -y otra vez me avergonzaba de reconocerlo, me avergüenzo de recordarlo ahora- aquella sensación despertaba en mí otra cosa, una oscura corriente de intranquilidad, casi de aversión. No era nuestra diferencia de edad. No creo que llegase siquiera a considerarla. Era como si lo que me atraía de ella también me repeliese. Como si la deseara a mi pesar… Volví a pensar en Seeley. Sabía que nada de esto tendría sentido para él. Seeley la habría besado, y al diablo con todo. Yo me había imaginado muchas veces aquel beso. El frío de sus labios y la sorpresa del calor más allá de ellos. La abertura incitadora, en la oscuridad, de una veta de humedad, de sabor, de movimiento. Seeley lo habría hecho.