Betty miró con nerviosismo a Caroline.
– Creo que no, señorita.
– Sé que no estaban -dijo la señora Bazeley-. Porque yo misma me ocupé de la pintura, centímetro a centímetro, mientras Betty limpiaba las alfombras.
– Bueno, entonces debió de ser la niña -dijo Caroline-. Fue una travesura; una gran travesura, por cierto. Hagan lo que puedan para borrarlo, por favor.
– ¡Lo estoy intentando! -dijo la señora Bazeley, indignada-. Pero voy a decirle algo. Si esto es de lápiz, yo soy el rey Jorge. Está pegado, eso es lo que está.
– ¿Pegado? ¿No es tinta ni lápiz de color?
– No sé lo que es. Casi estoy segura de que ha salido de debajo de la pintura.
– De debajo de la pintura -repitió Caroline, asustada.
La señora Bazeley alzó un segundo la mirada hacia ella, sorprendida por su tono; luego vio el reloj, y chasqueó la lengua, disgustada.
– De aquí a diez minutos se acabó mi jornada. Betty, tendrás que probar con sosa cuando yo me vaya. No demasiada, ojo, o saldrán ampollas…
La señora Ayres se alejó. No había dicho nada de las marcas, pero Caroline vio que caminaba abrumada, como si aquel recuerdo inesperado de la fiesta y de su desenlace hubiera puesto en el día el definitivo sello siniestro. La madre recogió sus cosas con ademanes lentos e inseguros, dijo que estaba cansada y que quería descansar un rato arriba. Y puesto que el salón, real y verdaderamente, ya había perdido su encanto, Caroline también decidió dejarlo. Recogió la caja de discos desechados y siguió a su madre hasta la puerta…, volviéndose una sola vez para mirar la franja de panel restregado, con su enjambre indeleble de eses, como otras tantas anguilas serpeantes.
Esto fue el sábado, probablemente hacia la misma hora en que yo estaba leyendo mi informe en la conferencia de Londres, aún reconcomido en el fondo de mi mente por toda la historia con Caroline. Al final de la tarde terminó el trabajo en el salón, que otra vez fue precintado concienzudamente, cerrados con cerrojo sus postigos y cerrada la puerta; y los garabatos en la madera -que, al fin y al cabo, eran sinsabores minúsculos en el censo más amplio de los infortunios de la familia- quedaron más o menos olvidados. El domingo y el lunes transcurrieron sin percances. Los dos días fueron fríos, pero secos. De modo que a Caroline, cuando la tarde del martes pasaba por delante de la puerta del salón, le asombró oír en la habitación contigua unos golpecitos débiles y continuos, que ella atribuyó a la caída de agua de lluvia. Desazonada por la idea de que debía de haber aparecido una nueva gotera en el techo, abrió la puerta y miró dentro. Entonces cesó el sonido. Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración, y atisbo en la habitación a oscuras, pero sólo vislumbró las tiras de papel desgarrado de las paredes y los extraños bultos que formaban los muebles enfundados, y no oyó nada más. Así que cerró la puerta y siguió su camino.
Al día siguiente volvió a pasar por el salón y oyó de nuevo el ruido. Esta vez era un rápido tamborileo o palmeteo, tan inconfundible que entró decidida en la habitación y abrió una contraventana. Al igual que el día anterior, el ruido cesó en cuanto abrió la puerta de par en par: inspeccionó los cubos y palanganas que habían dejado para recoger las gotas que caían del techo, y examinó deprisa la alfombra cubierta con una estera, pero todo estaba seco. Desconcertada ya estaba a punto de desistir cuando se repitió el ruido. Esta vez le pareció que no procedía del interior del salón, sino de una de las habitaciones contiguas. Dijo que ahora era un suave pero agudo rat-ta-tá, como un colegial que tamborilease ociosamente con un palo. Más perpleja e intrigada que nunca, salió al pasillo y se puso a escuchar. Persiguió el sonido hasta el comedor, pero allí cesó bruscamente, para volver a empezar unos segundos después, esta vez claramente al otro lado de la pared, en la salita.
Encontró a su madre allí, leyendo un periódico de la semana anterior. La señora Ayres no había oído nada.
– ¿Nada? -preguntó Caroline-. ¿Estás segura? -Y acto seguido-: ¡Ahora! ¿No lo oyes?
Levantó la mano. Su madre se paró a escuchar y un momento después convino en que sí, sin duda se oía algún tipo de sonido. «Un golpeteo», lo llamó, en contraposición a los «golpecitos» de Caroline; sugirió que quizá fueran el aire o el agua atrapados en las tuberías de la calefacción central. Nada convencida, Caroline fue a mirar el antiguo radiador de la salita. Estaba templado al tacto y totalmente inerte, e incluso cuando retiró la mano de él los golpes sonaron cada vez más fuertes y claros: ahora parecían venir de encima de su cabeza. Era un sonido tan nítido que ella y su madre pudieron «observar» su avance por el techo y las paredes: se desplazaba desde un extremo de la habitación al otro, «como una pelotita dura que rebota».
Esto fue en algún momento de la tarde, después de que la señora Bazeley se hubiese ido a su casa; pero ahora, naturalmente, pensaron en Betty y se preguntaron si no estaría trabajando en una de las habitaciones de arriba. Sin embargo, cuando la llamaron, subió directamente del sótano: dijo que estaba allí, preparándoles el té, desde hacía media hora. La retuvieron en la salita durante casi diez minutos, tiempo en el cual la casa estuvo perfectamente silenciosa y quieta; pero en cuanto Betty las dejó volvieron a sonar los golpes. Esta vez sonaban en el pasillo. Caroline fue rápidamente a la puerta y al asomarse descubrió a Betty desconcertada e inmóvil sobre el suelo de mármol mientras se oía un tamborileo suave y seco, procedente de uno de los lienzos de pared, encima de su cabeza.
Caroline dijo que no se asustó ninguna de las tres, ni siquiera Betty. El sonido era extraño, pero no amenazador; de hecho, parecía guiarlas de un lugar a otro, casi como si fuera un juego, hasta que la persecución por el pasillo empezó a convertirse en «una pequeña juerga». Lo siguieron hasta el mismo vestíbulo. Siempre era el lugar más frío de la casa, y aquel día parecía un congelador. Caroline se frotó los brazos y miró hacia arriba de la escalera expuesta a las corrientes de aire.
– Si quiere subir -dijo-, que suba solo. No me importa tanto ese ruido idiota.
Rat-ta-tá, resonó fuerte el tamborileo, como una indignada respuesta a sus palabras, y a partir de entonces fue como si el sonido se «instalara» a regañadientes en un solo punto, dando la singular impresión de que provenía de un armario somero de borne arrimado a la pared de madera, junto a la escalera. El efecto era tan vivo que Caroline optó por abrir con cautela el armario. Asió las manijas, pero se mantuvo a distancia al tirar de ellas, esperando a medias que la cosa saltara, dijo, como el resorte de una caja de sorpresas. Sin embargo, las puertas se abrieron hacia ella sin causarle el menor daño y sólo revelaron un batiburrillo de objetos ornamentales sueltos, y cuando los golpecitos volvieron a sonar, quedó claro que no venían del interior del armario, sino de algún punto de detrás. Caroline cerró las puertas y fue a inspeccionar el angosto espacio oscuro que separaba la pared del armario. Luego, con comprensible desgana, levantó la mano y deslizó despacio los dedos en la ranura.
Los golpes volvieron a sonar, más fuertes que antes. Ella dio un salto hacia atrás, alarmada pero riéndose.
– ¡Es ahí! -dijo, sacudiendo los brazos como para desprenderse de alfileres y agujas-. ¡Lo he sentido en la pared! Es como una manita que da golpecitos. Deben de ser escarabajos, o ratones, o algo parecido. Betty, ven aquí y ayúdame con esto.
Agarró un costado del armario. Ahora Betty parecía asustada.
– No quiero, señorita.
– ¡Vamos, que no te van a morder!
Entonces la chica avanzó hacia ella. El armario era liviano pero no se movía, y les costó un minuto levantarlo. Los golpes cesaron en cuanto lo posaron, por lo que Caroline oyó muy claramente a su madre cuando la señora Ayres contuvo la respiración, asombrada por algo que había visto en la pared recién descubierta; y la vio hacer un movimiento: extender la mano y después replegarla hacia su pecho, en un gesto de temor.