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Pero sólo alrededor de una hora más tarde, mientras Caroline también terminaba de desayunar en su cuarto, la sobresaltó el grito de su madre. Fue un grito desgarrador y cruzó disparada el rellano. Encontró a la señora Ayres en la puerta abierta de su vestidor, al parecer retrocediendo débilmente, con los brazos extendidos, ante algo que había dentro. Sólo mucho después Caroline dio en pensar que, en realidad, la postura de su madre en aquel momento no podía haber sido un gesto de retirada; entonces se limitó a correr hacia ella, imaginando que había caído gravemente enferma. Pero la señora Ayres no estaba enferma, al menos no de un modo normal. Dejó que Caroline la llevara a su butaca, que le diera un vaso de agua y se arrodillase a su lado, cogiéndole de las manos.

– Estoy bien -dijo la madre, enjugándose los ojos brillantes; y sus lágrimas acrecentaron el susto de Caroline-. No te preocupes. Qué estupidez por mi parte, al cabo de tanto tiempo.

Habló sin apartar del vestidor la mirada. Tenía una expresión tan rara -tan aprensiva y, sin embargo, en cierto modo tan ávida- que Caroline se asustó.

– ¿Qué es, madre? ¿Qué estás mirando? ¿Qué ves?

La señora Ayres meneó la cabeza y no contestó. Entonces Caroline se levantó y cruzó con cautela el dormitorio hasta el vestidor. Más tarde me dijo que no sabía si lo que más temía era la perspectiva de descubrir algo horrible en el cuartito o la posibilidad -que en aquel momento, debido al comportamiento de su madre, parecía muy grande- de que no hubiese nada anómalo dentro. De hecho, lo único que vio al principio fue un revoltijo de cajas que obviamente su madre había sacado de su lugar habitual con intención de quitarles el hollín que se había acumulado sobre ellas. Después le llamó la atención lo que en la penumbra creyó que era una mancha más espesa de hollín en la parte inferior de una pared que al retirar las cajas había quedado al descubierto. Se acercó y, a medida que sus ojos se acostumbraban a la luz, la mancha resultó ser un conjunto de oscuras letras tiznadas y escritas por una mano infantil, exactamente iguales que las que poco antes había visto en el piso de abajo:

SSU SS SU

SSU

SSUCKY

SUCKeY

Al principio le sorprendió la edad de las marcas. Evidentemente, eran más antiguas de lo que nadie había pensado hasta entonces, y no debía de haberlas hecho la pobre Gillian Baker-Hyde, sino algún otro niño, años antes. ¿Las habría hecho ella misma? ¿O Roderick? Pensó en unos primos, en amigos de la familia… Y luego, con un pequeño y extraño vuelco del corazón, miró otra vez lo que estaba escrito y comprendió de pronto las lágrimas de su madre. Para su propio asombro, se ruborizó. Tuvo que quedarse unos minutos en el cuartito en penumbra para que el sonrojo disminuyera.

– Bueno -dijo, cuando finalmente se reunió con su madre-, al menos ahora sabemos seguro que no fue la hija de los Baker-Hyde.

La señora Ayres respondió simplemente:

– Nunca he pensado que fuera ella.

Caroline se puso a su lado.

– Perdona, madre.

– ¿Qué tengo que perdonarte, cariño?

– No lo sé.

– Entonces no lo digas. -La señora Ayres suspiró-. Cómo le gusta a esta casa sorprendernos, ¿verdad? Como si conociese nuestras debilidades y las tantease una por una… ¡Dios, qué cansada estoy!

Hizo una bola con el pañuelo y se lo apretó contra la frente, cerrando fuerte los ojos.

– ¿Quieres que haga algo, que te traiga algo? -preguntó Caroline-. ¿Por qué no te acuestas un rato?

– Me siento cansada incluso en la cama.

– Pues quédate en la butaca y duerme. Voy a encender el fuego.

– Otra vez como una anciana -rezongó la señora Ayres.

Pero cansinamente se acomodó en la butaca mientras Caroline se ocupaba del fuego; y cuando prendieron las llamas, su madre ya había reclinado la cabeza y parecía que dormitaba. Caroline la miró un momento, admirada por las arrugas de la edad y la tristeza en su rostro, y de repente la vio -como cuando somos jóvenes y hay ocasiones en que nos asombra ver a nuestros padres- como a un individuo, una persona con impulsos y experiencias de los que ella nada sabía, y con un pasado y una tristeza impenetrables…, y pensó que lo único que podía hacer por su madre en aquel momento era procurar que se sintiera más cómoda, y deambuló sigilosamente por la habitación para correr parcialmente las cortinas, cerrar la puerta del vestidor y añadir una manta al chal extendido sobre las rodillas de la señora Ayres. Después fue abajo. No mencionó el incidente a Betty ni a la señora Bazeley, pero descubrió que deseaba compañía y se inventó un quehacer para estar con ellas en la cocina. Cuando más tarde volvió al dormitorio vio a su madre profundamente dormida, sin que aparentemente hubiera cambiado de postura.

Pero la señora Ayres debió de despertarse en algún momento, porque ahora la manta yacía hecha un rebujo en el suelo, como si la hubieran cepillado o arrastrado; y Caroline advirtió que la puerta del vestidor, que ella había cerrado con suavidad pero firmemente, estaba de nuevo abierta.

Yo seguía en Londres mientras sucedía todo esto. Volví a mi casa la tercera semana de febrero, con un estado de ánimo algo agitado. Mi viaje había sido un gran éxito en muchos aspectos. La conferencia me había ido bien. Había pasado la mayor parte del tiempo en el hospital y me había hecho amigo del personal; la última mañana, uno de los médicos me había llevado aparte para proponerme que en algún momento del futuro quizá me interesase considerar la idea de trabajar con ellos en los pabellones. Al igual que yo, era un hombre de orígenes humildes que había estudiado medicina. Dijo que estaba decidido a «mover los hilos» y que prefería trabajar con médicos que «procedían de fuera del sistema». En otras palabras, era de esos hombres que yo había imaginado ingenuamente que yo mismo podría llegar a ser; pero lo cierto era que él tenía treinta y tres años y ya era jefe de su unidad, mientras que yo, varios años mayor que él, no había prosperado nada. En el trayecto de tren hasta Warwickshire medité sobre sus palabras, y me pregunté si estaría a la altura de su aprecio por mí y si podría pensar seriamente en abandonar a David Graham; también me pregunté, con cierto cinismo, qué me ataba a la vida de Lidcote y si alguien me echaría de menos si me marchaba.

El pueblo tenía un aire sumamente limitado y pintoresco cuando fui caminando a mi casa desde la estación, y como la lista de llamadas que me esperaban era la ronda habitual de dolencias rurales -artritis, bronquitis, reumatismos, resfriados-, tuve de repente la sensación de que había estado luchando en vano contra enfermedades de este tipo durante toda mi carrera. Había uno o dos casos distintos, desalentadores de una forma diferente. Una chica de trece años se había quedado embarazada y su padre, jornalero, le había propinado una paliza tremenda. El hijo de un campesino había contraído neumonía: fui a visitarle a la casita familiar y lo encontré terriblemente enfermo y consumido. Tenía siete hermanos, todos ellos enfermos de algo; el padre se había lesionado en el trabajo y estaba de baja. La madre y la abuela habían tratado al chico con remedios anticuados, como atarle al pecho pieles de conejo recién muerto para «sacarle la tos». Receté penicilina y prácticamente pagué yo el preparado. Pero dudé de que llegaran a usarlo. Miraron el frasco con desconfianza, porque «no les gustaba aquel color amarillo». Me dijeron que su médico de cabecera era el doctor Morrison, y que su medicamento era de color rojo.