Выбрать главу

No me preguntó por mi viaje, ni tampoco dio a entender que sabía que yo acababa de estar abajo, a solas con su hija. Se adelantó para cogerme de la mano y me condujo hacia la cama, señalando con un gesto el ovillo de ropas.

– Me sentía tan culpable, en plena guerra y yo aferrada a todo esto -dijo-. Regalé lo que pude, pero algunas prendas, ah, no pude desprenderme de ellas, para que las hicieran trizas y las convirtieran en mantas para refugiados, y Dios sabe qué más. Ahora me alegro muchísimo de haberlas conservado. ¿Le parece muy malvado por mi parte?

Sonreí, complacido por verla tan en forma, tan ella misma. La grisura de su pelo volvió a chocarme, pero se había vestido con especial esmero, aunque con un estilo curiosamente de antes de la guerra, casi con rulos alrededor de las orejas. Un toque suave de pintura coloreaba sus labios y llevaba las uñas pintadas de un rosa brillante, y la tez de su cara en forma de corazón casi parecía no tener arrugas.

Me volví hacia el montón de sedas anticuadas.

– Desde luego es difícil imaginar que estas cosas se donaran a un campo de refugiados.

– ¿Verdad? Mucho mejor guardarlas aquí, donde son apreciadas.

Cogió un delicado vestido de raso con una cascada de volantes en los hombros y la falda. Lo sostuvo en el aire para enseñárselo a Betty, que en ese momento salía del vestidor con una caja de zapatos en la mano.

– ¿Qué te parece éste, Betty?

La chica me miró y asintió con un gesto.

– Hola, Betty. ¿Va todo bien?

– Hola, señor.

Tenía la cara sonrosada; parecía emocionada. Era evidente que trataba de contener la emoción, pero al ver el vestido su boquita rellena esbozó una sonrisa.

– ¡Es precioso, señora!

– En aquella época hacían las cosas para que durasen. ¡Y qué colores! Ya no se ven hoy día. ¿Y qué tienes ahí?

– ¡Zapatillas, señora! ¡Doradas!

– Déjame ver. -La señora Ayres cogió la caja, retiró la tapa y después el papel que había dentro-. Ah, éstas valen hoy un potosí. Y me apretaban como demonios, me acuerdo. Sólo me las puse una vez. -Las levantó y luego dijo, como en un impulso-: Pruébatelas, Betty.

– Oh, señora. -La chica se ruborizó y me miró, vergonzosa-. ¿Puedo?

– Sí, anda. Enséñanos al doctor y a mí cómo te quedan.

Entonces Betty se soltó los cordones de sus zapatones negros y se calzó tímidamente las zapatillas de piel doradas; después, alentada por la señora Ayres, caminó desde la puerta del vestidor hasta la chimenea y viceversa, como una maniquí. Rompió a reír mientras lo hacía, y levantó una mano para taparse los dientes torcidos. La señora Ayres se rió también, y cuando la muchacha dio un traspié porque las zapatillas le quedaban muy grandes, rellenó la puntera con unas medias para que encajasen. Tardó varios minutos en hacerlo, y después vistió a la chica con guantes y una estola, y la hizo quedarse quieta, caminar y volverse, y aplaudió suavemente el desfile.

Pensé de nuevo en el paciente al que había relegado para ir al Hall. Pero al cabo de unos minutos la señora Ayres pareció cansarse de repente.

– Vamos -le dijo a Betty, suspirando, mirando la cama atiborrada-. Más vale que recojas todo esto o no tendré un sitio donde dormir esta noche.

– ¿Duerme usted bien? -dije, cuando ella y yo nos acercamos al fuego. Y al ver que Betty desaparecía en el vestidor con un montón de pieles en los brazos, dije en voz baja-: Espero que no le importe, pero Caroline me ha hablado de su… descubrimiento de la semana pasada. Supongo que la afectó mucho.

Ella se estaba agachando para recoger un almohadón. Dijo:

– Sí, la verdad. Qué tontería por mi parte, ¿no?

– En absoluto.

– Al cabo de tanto tiempo -murmuró ella, sentándose, y al levantar la cara me sorprendió su expresión, que no mostraba huellas de inquietud ni de angustia, sino que, por el contrario, era casi serena-. Suponía que no habían quedado trazas de ella, ya ve. -Se puso una mano en el corazón-. Salvo aquí dentro. Aquí siempre ha sido real para mí. Más real, a veces, que cualquier otra cosa…

Mantuvo la mano sobre el pecho, alisando ligeramente la tela de su vestido. Su semblante se había vuelto grave, aunque cierto grado de vaguedad era habitual en ella y formaba parte de su encanto. Nada en su conducta me resultó extraño ni me alarmó; pensé que tenía un aspecto bastante saludable y contento. Pasé unos quince minutos con ella y bajé al piso de abajo.

Caroline estaba donde la había dejado, lánguidamente de pie ante la chimenea. El fuego en la parrilla era débil, la luz más tenue que nunca y de nuevo advertí el contraste que había entre la tristeza de aquella habitación y lo acogedora que era la de su madre. Y otra vez me disgustó inexplicablemente ver a Caroline con manos de criada.

– ¿Y bien? -me preguntó, alzando la vista.

– Creo que no hay motivo para preocuparse -dije.

– ¿Qué está haciendo mi madre?

– Estaba revisando prendas viejas con Betty.

– Sí. Esas cosas son las únicas que quiere hacer ahora. Ayer volvió a sacar aquellas fotografías que estaban estropeadas, ¿se acuerda?

Abrí las manos.

– Tiene derecho a ver fotografías, ¿no? ¿Puede reprocharle que quiera pensar en el pasado, cuando en su presente hay tan pocas alegrías?

– No es sólo eso.

– ¿Qué es, entonces?

– Es algo en su conducta. No sólo está pensando en el pasado. Es como si en realidad no me viera cuando me mira… Está viendo otra cosa… Y se cansa con tanta facilidad… No es tan mayor, ya sabe, pero ahora descansa como una anciana casi todas las tardes. Nunca menciona a Roderick. No le interesan los informes del doctor Warren. No quiere ver a nadie… Oh, no puedo explicarlo.

– Sufrió una conmoción al encontrar los garabatos que le han recordado a la hermana de usted -dije-. Tiene que haber sido un fuerte sobresalto.

Al decir esto caí en la cuenta de que ella y yo nunca habíamos hablado de Susan, la niña fallecida. Ella debió de pensar lo mismo: se quedó en silencio, se llevó los dedos sucios a la boca y empezó a tironearse el labio. Y cuando volvió a hablar, su voz había cambiado.

– Es extraño oírle decir «la hermana». Suena raro. ¿Sabe?, mi madre nunca la mencionó cuando Rod y yo éramos niños. No supe de su existencia durante muchos años. Y un buen día encontré un libro donde estaba escrito «Sukey Ayres» y le pregunté a mi madre quién era. Reaccionó de una forma tan extraña que me asusté. Fue entonces cuando mi padre me lo contó todo. Dijo que había sido una «mala suerte horrible». Pero no recuerdo haber sentido pena por él o por mi madre. Sólo recuerdo que me enfadé, porque todo el mundo me decía siempre que era la hija mayor, y pensé que no era justo, si en realidad no lo era. -Miró al fuego, frunciendo la frente-. Al parecer, de niña siempre estaba enfadada por algo. Era insoportable con Roddie; insoportable con las sirvientas. Se supone que un día dejamos de serlo, ¿no? Yo creo que nunca lo hice. A veces pienso que aquello sigue dentro de mí, como algo repugnante que engullí y se me atragantó…

En aquel momento tenía un poco el aire de una niña con rabieta, con las manos sucias y un par de mechones de pelo castaño despeinado que empezaban a colgarle encima de la cara. Sin embargo, como otras niñas de mal carácter, también parecía sumamente triste. Hice un ademán incompleto hacia ella. Al verlo levantó la cabeza y debió de captar mi vacilación.