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Y en el acto se esfumó su aire aniñado. Dijo, con una voz dura y mundana:

– No le he preguntado por su viaje a Londres, ¿verdad? ¿Cómo le fue?

– Gracias. Fue bien.

– ¿Habló en la conferencia?

– Sí.

– ¿Y a la gente le gustó lo que dijo?

– Mucho. De hecho… -Vacilé otra vez-. Bueno, se habló de que volviera. De que vuelva para trabajar allí, quiero decir.

Su mirada cambió, pareció acelerarse.

– ¿Ah, sí? ¿Y tiene intención de hacerlo?

– No lo sé. Tendría que pensarlo. Pensar en lo que… perdería.

– ¿Y por eso ha tardado tanto en venir a vernos? ¿No quería que le distrajésemos? Vi su coche en el aparcamiento el domingo. Pensé que quizá pasaría por aquí. Como no vino supuse que habría ocurrido algo; que habría habido algún cambio. Por eso le he llamado hoy, porque no podía contar con que usted viniese de la manera normal. Como solía hacerlo, me refiero. -Se recogió hacia atrás el pelo caído-. ¿Pensaba volver a visitarnos?

– Por supuesto.

– Pero lo ha estado retrasando, ¿no?

Ladeó la barbilla al decir esto. No dijo nada más. Pero, como la leche testaruda que cede finalmente al movimiento de la mantequera, el enfado en mi interior pasó a convertirse en otra cosa completamente distinta. El corazón empezó a latirme más deprisa. Al cabo de un momento, dije:

– Tenía un poco de miedo, creo.

– ¿Miedo de qué? ¿De mí?

– En absoluto.

– ¿De mi madre?

Respiré.

– Escuche, Caroline. Aquel día en el coche…

– Oh, eso -Volvió la cabeza-. Me comporté como una idiota.

– Yo fui el idiota. Lo siento.

– Y ahora todo ha cambiado y va mal… No, por favor, no.

La vi tan triste que me había acercado e hice amago de abrazarla; y aunque se puso rígida y se resistió un momento, se relajó un poco cuando comprendió que sólo me proponía rodearla con los brazos. La última vez que la había estrechado así fue cuando bailé con ella; llevaba tacones y tenía los ojos y la cara a la altura de los míos. Ahora llevaba zapatos planos y era tres o cinco centímetros más baja: moví el mentón y mi barba de días entró en contacto con su pelo. Agachó la cabeza y su frente fría y seca se deslizó en el hueco debajo de mi oreja… Y entonces, de algún modo, se apretó de lleno contra mí, sentí el empuje y la morbidez de sus pechos, la presión de sus caderas y sus muslos poderosos. Le puse las manos detrás de la espalda y la atraje hacia mí con más fuerza aún.

– No -repitió ella, pero débilmente.

Y me asombró la erupción de mis sentimientos. Unos momentos antes había mirado a Caroline sin sentir otra cosa que exasperación y disgusto. Ahora, con la voz entrecortada, pronuncié su nombre encima de su cabello y apreté la mejilla ásperamente contra su cabeza.

– ¡La he echado de menos, Caroline! -dije-. ¡Dios, cuánto la he echado de menos! -Me limpié la boca, con un gesto inseguro-. ¡Míreme! ¡Mire en qué maldito imbécil me ha convertido usted!

Ella empezó a zafarse.

– Lo siento.

La agarré más fuerte.

– No lo sienta. ¡Por el amor de Dios!

– Yo también le he echado de menos -dijo, con un tono triste-. Siempre que se va sucede algo aquí. ¿Por qué? Esta casa, y mi madre… -Cerró los ojos y se tocó la frente con la mano, como si le doliera mucho la cabeza-. Esta casa te hace pensar cosas.

– Esta casa le pesa demasiado.

– He tenido casi miedo.

– No hay nada de que tener miedo. No debería haberla dejado aquí encerrada y sola.

– Ojalá… ojalá pudiera irme. No puedo, por mi madre.

– No piense en su madre. No piense en irse. No hace falta que se vaya.

Y yo tampoco, pensé. Porque de repente todo me pareció claro, con Caroline en mis brazos. Mis proyectos -el especialista, el hospital de Londres- se desvanecieron.

– He sido un idiota -dije-. Todo lo que necesito está aquí mismo. Piénselo, Caroline. Piense en mí. En nosotros.

– No. Podría venir alguien…

Yo había empezado a buscar su boca con la mía. Pero ahora oscilábamos, y al oscilar movimos los pies para mantener el equilibrio, y acabamos separándonos. Dio un paso para ponerse fuera de mi alcance y levantó una mano sucia. Tenía el pelo más revuelto que antes a causa de la frotación con mi mejilla, y los labios abiertos, ligeramente húmedos. Parecía una mujer a la que acababan de besar y que, para ser sincero, quería que volvieran a besarla. Pero cuando me dirigí hacia ella retrocedió otro paso y vi que en su deseo había otro elemento mezclado: inocencia, o algo más fuerte: renuencia, incluso un poco de miedo. Así que no intenté abrazarla. No me atreví a hacerlo por temor a espantarla. Le cogí una mano, se la levanté y me llevé a los labios los nudillos sucios. Dije, con un estremecimiento de deseo y de audacia, al mirar sus dedos y frotar con mi pulgar las uñas ennegrecidas:

– Mira lo que te has hecho. ¡Eres una verdadera niña! No sucederán más estas cosas cuando estés casada.

Ella no dijo nada. Tuve una breve conciencia de que la casa estaba tan quieta y silenciosa a nuestro alrededor como si estuviera conteniendo la respiración. Luego Caroline volvió a agachar un poco la cabeza y yo, en un arrebato de triunfo, la atraje hacia mí para besarla, pero no en la boca, sino en el cuello, las mejillas y el pelo. Ella lanzó una carcajada nerviosa.

– Espera -dijo, medio en broma, medio en serio, casi forcejeando-. Espera. ¡Oh, espera!

Capítulo 10

Recuerdo ahora las tres o cuatro semanas que siguieron como las de nuestro noviazgo; aunque lo cierto es que lo que hubo entre nosotros no fue nunca tan estable ni tan sencillo para merecer realmente ese nombre. Por una parte yo seguía muy atareado y rara vez la veía, salvo en algunos ratos presurosos. Por otro lado, ella se mostró sorprendentemente escrupulosa a la hora de comunicar a su madre el cambio definitivo en nuestra relación. Yo estaba impaciente por adelantar las cosas, por hacer algún tipo de anuncio. Ella pensaba que su madre «todavía no estaba recuperada del todo»; que la noticia simplemente la «preocuparía». Me aseguró que se lo diría «cuando llegase el momento oportuno». El momento, sin embargo, parecía tardar siglos en llegar, y casi todas las veces que fui al Hall en aquellas semanas, acabé sentado con las dos mujeres en la salita, tomando el té y charlando tediosamente, como si en realidad nada hubiese cambiado.

Pero, por supuesto, había cambiado todo y, desde mi punto de vista, aquellas visitas eran a veces bastante insufribles. Ahora pensaba continuamente en Caroline. Al mirar su rostro recio y anguloso, me parecía increíble que en alguna ocasión la hubiese encontrado fea. Al cruzar con ella la mirada por encima de las tazas de té, me sentía como un hombre de yesca que podría arder con la simple fricción de su mirada contra la mía. Algunos días, después de despedirme me acompañaba hasta el coche; recorríamos en silencio la casa, rebasando una hilera de habitaciones sombrías, y yo pensaba en llevarla a uno de aquellos cuartos desaprovechados para estrecharla en mis brazos. De vez en cuando me aventuraba a hacerlo, pero ella nunca se sentía cómoda. De pie a mi lado apartaba la cabeza y dejaba colgar nacidamente los brazos. Yo notaba cómo sus miembros se ablandaban y calentaban contra los míos, pero despacio, lentamente, como si incluso les fastidiara ceder un poquito. Y si alguna vez yo, frustrado, presionaba más fuerte, sobrevenía un desastre. Caroline se ponía rígida, se tapaba la cara con las manos. «Lo siento», decía, como había dicho aquella noche helada en mi automóvil. «Lo siento. Sé que soy injusta. Sólo necesito un poco de tiempo.»

De modo que aprendí a no pedirle demasiado. Lo que más temía ahora era ahuyentarla. Presentía que, sobrecargada como estaba con los asuntos de Hundreds, nuestro compromiso sólo representaba una complicación más: supuse que aguardaba a que las cosas del Hall mejorasen antes de permitirse hacer planes para un futuro más lejano.