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Comprendió que estaba decepcionada, terriblemente decepcionada. Nada en la habitación parecía desear ni aceptar su presencia: miró alrededor, buscando alguna huella de la vida infantil que había discurrido allí, pero no había signo de los cuadros sentimentales o cosas semejantes que en otro tiempo colgaban de las paredes. Sólo quedaban vestigios mugrientos de la ocupación de los soldados, aros, rasponazos y quemaduras de cigarrillo, marcas en los zócalos; y al acercarse a un alféizar descubrió que en todos había grises y feos redondeles de chicle. Hacía un frío glacial delante de las ventanas de guillotina desajustadas, pero se quedó un momento mirando la vista del parque, levemente intrigada por la perspectiva alta y oblicua que ofrecía de la obra en la distancia, y que le permitió, poco después, divisar la figura de Caroline, que justo entonces emprendía el trayecto de regreso a casa. La imagen de su hija, una silueta alta y excéntrica, atravesando los campos, hizo que la señora Ayres se sintiese más desolada que nunca, y al cabo de un momento de observarla se apartó del cristal. A su izquierda había otra puerta que comunicaba con la habitación contigua, el cuarto de noche. Era la habitación donde su primera hija estuvo postrada en cama con difteria; de hecho, era el cuarto donde había muerto. La puerta estaba entornada. La señora Ayres comprendió que no podía vencer la oscura tentación de abrirla del todo y entrar en el dormitorio.

Tampoco allí había algo evocador, sino sólo incuria, deterioro y desechos. El marco de las ventanas se desmenuzaba alrededor de un par de cristales rajados. Un lavamanos colocado en un rincón despedía un olor acre, como de orina, y las tablas de debajo estaban casi podridas por el agua que goteaba de un grifo. Se acercó a examinar el daño; al inclinarse apoyó una mano en la pared. El papel de pared tenía un diseño en relieve de espirales y arabescos que en otro tiempo -recordó de pronto- había sido muy vistoso. Habían pintado encima con una insípida pintura al temple que la humedad estaba transformando en una especie de leche coagulada. Se miró con asco los dedos manchados, y luego se levantó y se frotó las manos para tratar de borrar de la piel la pintura. Ahora lamentaba haber entrado allí, haber subido a aquellas habitaciones. Fue al lavamanos y se enjuagó las manos con un borboteo de agua helada. Se enjugó los dedos contra la falda y se volvió para irse.

Al hacerlo sintió que se levantaba una brisa o, en cualquier caso, algo parecido a una brisa, un frío soplo de aire que la asaltó de golpe, le fustigó la mejilla, le revolvió el pelo y la hizo tiritar; y un segundo después, un portazo violento en la habitación contigua la estremeció y le puso los pelos de punta. Adivinó casi enseguida lo que había ocurrido: que una corriente filtrada por las ventanas desencajadas había movido la puerta que ella había abierto con la llave y permanecido abierta. Aun así, fue un ruido tan inesperado y tan estrepitoso en la habitación desnuda y silenciosa que le costó un momento recuperarse y aquietar su corazón palpitante. Temblando ligeramente, volvió al cuarto de día y, como esperaba, encontró la puerta cerrada. Llegó hasta ella y asió el pomo; y no pudo abrirla.

Se quedó quieta un segundo, perpleja. Giró el pomo a la derecha y la izquierda, en la suposición desazonada de que debía de haberse roto el eje, y pensó que la violencia con que se había cerrado la puerta debía de haber estropeado el mecanismo. Pero la cerradura era antigua, de las de reborde, encajada en la puerta y pintada encima: había una pequeña fisura, como suele haber, entre el cerrojo y el tope, y cuando se agachó y miró por el orificio vio muy claramente que el eje funcionaba como debía, y que el pestillo de la cerradura había girado hasta el punto de encaje, como si alguien al otro lado de la puerta hubiera dado deliberadamente una vuelta de llave. ¿Habría sido una brisa? ¿Podía un portazo dejar una puerta atrancada? Indudablemente no. Se inquietó un poco. Volvió sobre sus pasos hasta el cuarto de noche, para probar la puerta. También estaba cerrada con llave, pero en este caso no había razón para que estuviera abierta. Estaba firmemente cerrada, como todas las demás de aquel piso, para que no entrara el frío.

Volvió a la primera puerta y probó de nuevo; se esforzó en no perder la paciencia y los nervios; razonó consigo misma que la maldita puerta no podía estar cerrada, que simplemente se había alabeado, igual que un montón de puertas de Hundreds, y que se había pegado al marco. Pero la puerta había oscilado sin esfuerzo cuando ella la había abierto, y cuando volvió a mirar en la ranura entre el cerrojo y el tope vio el perno, inconfundible incluso en la penumbra. Mirando por el ojo de la cerradura, incluso distinguía el extremo redondeado del eje de la llave girada. Intentó descubrir si había algún modo de llegar a él -¿quizá con una horquilla?- y girarlo en el otro sentido. Seguía suponiendo que la puerta, de alguna manera extraordinaria, se había cerrado sola.

Entonces oyó algo. Se alzaba muy nítido en medio del silencio: el tamborileo rápido y suave de unos pasos. Y en la pulgada de luz turbia y lechosa que se veía por el ojo de la cerradura vio un movimiento. Dijo que fue como un destello de oscuridad, como de alguien o de algo que pasaba muy velozmente por el pasillo, de izquierda a derecha: en otras palabras, como si atravesara el pasillo de la guardería viniendo de la escalera trasera que había en la esquina noroeste de la casa. Como supuso, razonablemente, que la persona sólo podía ser la señora Bazeley o Betty, su primera reacción fue de alivio. Se puso de pie y golpeó la puerta con los nudillos.

– ¿Quién está ahí? -llamó-. ¿Señora Bazeley? ¿Betty? ¿Eres tú, Betty? ¡Sea quien sea, me ha dejado encerrada con llave, y si no eres tú ha sido alguien! -Sacudió el picaporte-. ¡Hola! ¿Me oyes?

Para su desconcierto, nadie respondió, nadie se acercó; y cesó el sonido de los pasos. La señora Ayres se agachó para mirar por el ojo de la cerradura hasta que al fin -y, nuevamente, con un notable alivio-, el sonido reapareció y se aproximó. «¡Betty!», llamó, porque comprendió que los pasos, tan rápidos y livianos, no podían ser de la señora Bazeley.

– ¡Betty! ¡Sácame de aquí, niña! ¿Me oyes? ¿Ves la llave? Ven a girarla, ¿quieres?

Pero, para su gran perplejidad, sólo hubo otro destello de oscuridad -que esta vez se desplazaba de derecha a izquierda- y, en vez de detenerse en la puerta, los pasos pasaron de largo. «¡Betty!», volvió a gritar, más fuerte. Siguió un momento de silencio y después volvieron los pasos. Y a continuación la veloz figura oscura pasó una y otra vez por delante de la puerta; la veía borrosa según pasaba; se movía como una sombra, sin cara ni rasgos. Lo único que acertó a pensar, con horror creciente, fue que la figura debía de ser en definitiva la de Betty, pero que la chica, por alguna razón, estaba fuera de sí y recorría de un extremo a otro el pasillo de los cuartos de los niños como una lunática.