Me agarró los dedos, me los agarró tan fuerte que vi cómo la sangre, al reabrirse las heridas, afluía a los vendajes.
– Señora Ayres -dije, tratando de calmarla.
Pero ella no me escuchaba.
– Mi querida niña. Yo deseaba que viniera, ¿sabe? Lo deseaba con todas mis fuerzas. La he sentido aquí, en esta casa. Me he tumbado en la cama y la he sentido cerca. ¡Estaba tan cerca! Pero he sido codiciosa. La quería más cerca. La he atraído deseando que viniera. Y ha venido… y he tenido miedo. ¡Miedo de ella, y le he fallado! Y ahora no sé lo que me asusta más, la idea de que no vuelva nunca o la de que me odia porque le he fallado. ¿Me odiará, doctor? ¡Dígame que no!
– Nadie la odia. Tiene que calmarse -dije.
– ¡Pero le he fallado! ¡Le he fallado!
– No le ha fallado a nadie. Su hija la quiere.
Ella me miró a la cara.
– ¿Usted cree?
– Por supuesto que sí.
– ¿Me lo promete?
– Se lo prometo -dije.
Para calmarla habría dicho cualquier cosa en aquel momento; no tardé en prohibirle que siguiera hablando, le di un sedante e hice que se acostara. Estuvo nerviosa un rato, sin dejar de aferrar mis manos con las suyas vendadas, pero el sedante era fuerte y en cuanto se quedó dormida despegué mis dedos de los suyos y bajé a comentar el incidente con Caroline, la señora Bazeley y Betty. Se habían reunido en la salita, casi tan pálidas y temblorosas como la señora Ayres. Caroline había servido unos vasos de brandy y el alcohol, sumado a la conmoción sufrida, había puesto lastimosa a la señora Bazeley. La interrogué a ella y a Betty lo más minuciosamente posible, pero lo único que pudieron confirmar del relato de la señora Ayres fue que había subido sola al segundo piso; que había permanecido allí tanto tiempo -calculaban que unos quince o veinte minutos- que se habían inquietado yhabían salido en busca de Caroline; y que después las tres la habían visto gritar de aquella manera angustiada desde la ventana rota.
En cuanto hube reconstruido su versión de los hechos, subí al cuarto de día de los niños para inspeccionar el escenario por mí mismo. Nunca había estado en el segundo piso y subí con cautela, bastante alterado por el talante de la casa. La habitación desnuda me pareció espantosa, con sus ventanas rotas y sus regueros y salpicaduras de sangre cada vez más oscura. Pero la puerta se desplazó con facilidad sobre sus goznes y la llave también giró sin problemas en la cerradura. Probé a girar la llave tanto con la puerta cerrada como abierta; hasta di un portazo, para comprobar si dañaba el mecanismo: no lo alteró en absoluto. Apliqué de nuevo el oído a la maldita bocina y, al igual que antes, no oí nada. A continuación pasé a la guardería de noche, como había hecho la señora Ayres, y me quedé muy quieto y expectante -pensaba en Susan, la niña muerta; pensaba en mi madre; pensaba en un sinfín de cosas tristes-, y contuve la respiración, casi desafiando a que ocurriera algo, a que llegara algo o alguien. Pero no sucedió nada. La casa parecía mortalmente silenciosa y fría, la habitación desolada y tristona…, aunque totalmente desprovista de vida.
Barajé una explicación: que alguien había organizado todo aquel montaje para atormentar a la señora Ayres, como una especie de broma horripilante, o por simple maldad. Difícilmente podía sospechar de Caroline; y como no podía creer culpable a la señora Bazeley, que había servido en la casa desde antes de la guerra, mis sospechas recayeron forzosamente en Betty. Era posible que, al fin y al cabo, estuviese detrás de aquel tinglado, empezando por la bocina; y la propia señora Ayres había dicho que los pasos que oyó, y que iban de un lado para otro detrás de la puerta, eran livianos como los de un niño. Según la señora Bazeley, Betty había estado con ella en el vestíbulo durante todo el episodio, aunque también admitió que, en su preocupación por la señora Ayres, había subido un tramo de la escalera, mientras que Betty no se había atrevido. ¿Habría podido correr hasta la escalera de servicio, subirla velozmente y cerrar con llave la puerta de la guardería, y después deambular sonoramente de un lado a otro del pasillo, sin que su compañera hubiera notado su ausencia? Parecía muy improbable. Yo mismo había subido por la escalera trasera y la había examinado a conciencia a la luz de la llama de mi encendedor. Estaba cubierta de una fina capa de polvo, que mis zapatos esparcieron al instante, pero me aseguré de que no había otras huellas, pesadas o ligeras. Además, la desazón de Betty por el incidente parecía muy sincera; yo sabía que tenía afecto a su ama; y finalmente, desde luego, estaba la palabra de la señora Ayres desmintiendo la culpabilidad de Betty, porque la había visto con la señora Bazeley fuera de la casa mientras seguía sonando la bocina…
Consideré todo esto mentalmente, mientras miraba la habitación inhóspita, aunque pronto me resultó excesiva la opresión del lugar. Mojé mi pañuelo en el lavamanos y limpié la sangre que pude. Encontré unas planchas sueltas de linóleo y taponé con ellas los cristales rotos de la ventana. Después bajé pesadamente la escalera. Bajé por la principal y en el primer rellano me encontré con Caroline, que salía en aquel momento de la habitación de su madre. Se puso un dedo en los labios y fuimos juntos en silencio a la salita.
Una vez dentro, con la puerta cerrada, dije:
– ¿Cómo está?
Ella se estremeció.
– Está durmiendo. Sólo que me ha parecido oír que me llamaba. No quiero que se despierte y se asuste.
– Bueno -dije-, debería dormir horas con el Veronal que ha tomado. Ven a sentarte al lado del fuego. Tienes frío. Y Dios sabe que yo también.
La llevé a la chimenea, junté las butacas delante de la lumbre y nos sentamos. Apoyé los codos en las rodillas y la cara en las manos. Rendido y harto, me froté los ojos.
– Has estado arriba -dijo ella.
Asentí, mirándola adormilado.
– ¡Oh, Caroline, es una habitación horrible! Parece la celda de un demente. He cerrado la puerta con llave. Creo que deberías dejarla así. No subas.
Ella apartó la mirada y miró al fuego.
– Otra habitación cerrada -dijo.
Yo seguía frotándome los ojos irritados.
– Bueno, eso es ahora la preocupación más secundaria. Tenemos que pensar en tu madre. Me cuesta creer que haya ocurrido esto, ¿a ti no? ¿Y ella estaba normal, esta mañana?
Sin apartar la mirada de las llamas, Caroline dijo:
– No estaba cambiada con respecto a ayer, si te refieres a eso.
– ¿Ha dormido bien?
– Que yo sepa… Supongo que yo no debería haber bajado a la obra. No debería haberla dejado.
Bajé las manos.
– No seas tonta. ¡Si alguien tiene la culpa soy yo! Llevas semanas diciéndome que tu madre no es la misma. Ojalá te hubiera hecho más caso. Lo siento mucho, Caroline. No sabía que estuviera tan perturbada. Si esos cortes hubieran sido más profundos habrían llegado a una arteria…
Ella parecía asustada. Le cogí la mano.
– Perdóname. Es terrible para ti. Ver a tu madre en ese estado… Con esas… esas fantasías. -Lo dije a regañadientes-. Esas ideas sobre tu hermana, que tu hermana ha estado… visitándola. ¿Lo sabías?
Ella volvió a mirar al fuego.
– No. Pero ahora tiene sentido. Ha pasado mucho tiempo sola. Creí que era cansancio. Pero ahí arriba, en su habitación, habrá estado pensando en eso, en esa Susan… ¡Oh, es grotesco! Es… indecente. -Sus pálidas mejillas se habían coloreado-. Y es culpa mía, digas lo digas. Sabía que ocurriría algo así. Que era sólo una cuestión de tiempo.
– Bueno -dije, entristecido-, entonces yo también tendría que haberlo sabido. Y podría haberla vigilado más de cerca.
– No importa cuánto la vigiles -dijo-. Vigilamos a Roderick, ¿recuerdas? Debería habérmela llevado… de inmediato de Hundreds.