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Hubo algo extraño en el modo en que lo dijo; y mientras hablaba me miró y luego bajó la mirada, casi furtivamente.

– ¿Qué quieres decir, Caroline? -dije.

– Bueno, ¿no es evidente? -dijo ella-. ¡Hay algo en esta casa! Algo que ha estado aquí todo el tiempo y que ahora… ha despertado. O algo que ha venido a castigarnos y mortificarnos. Ya has visto cómo estaba mi madre cuando has llegado. Has oído lo que le ha ocurrido. Has oído a la señora Bazeley y a Betty.

Yo la miré incrédulo.

– No lo dirás en serio… No puedes creer… Caroline, escucha. -Extendí la mano para tomar la otra suya, y le apreté fuertemente los dedos-. Tú, tu madre, la señora Bazeley, Betty: ¡estáis todas al límite de vuestras fuerzas! Sí, esta casa os ha metido ideas en la cabeza. Pero ¿es tan sorprendente? Un desastre ha conducido clarísimamente a otro: primero Gyp, después Roderick y ahora esto. Lo ves, ¿no? Tú no eres tu madre, Caroline. Eres más fuerte que ella. ¡Caramba, me acuerdo de cómo lloraba hace meses ahí sentada, donde estás sentada ahora! Habrá estado dándole vueltas al recuerdo de tu hermana desde que aparecieron los malditos garabatos. No se encontraba bien, no dormía; la edad también le pesa. Y encima esa insensatez de la bocina…

– ¿Y la puerta cerrada con llave? ¿Los pasos?

– ¡Seguramente la puerta ni siquiera estaba cerrada! ¿Acaso no estaba abierta cuando tú y la señora Bazeley habéis subido al cuarto? ¿Y no estaba el silbato en su sitio? Y respecto a los pasos… yo diría que ha oído algún sonido. Una vez creyó que oía los pasos de Gyp, ¿te acuerdas? Sólo hizo falta eso para que su mente empezara a flaquear.

Ella movió la cabeza, contrariada.

– Tienes una respuesta para todo.

– ¡Una respuesta racional, sí! ¿No estarás insinuando seriamente que tu hermana…?

– No -dijo, con firmeza-. No estoy insinuando eso.

– ¿Qué, entonces? ¿Que algún otro fantasma está hostigando a tu madre? ¿El mismo, es de suponer, que hizo las marcas en la habitación de Roderick…?

– Pues algo las hizo, ¿no? -exclamó ella, zafándose de la presión de mis manos-. Hay algo aquí, lo sé. Creo que lo sabía desde que Rod cayó enfermo, pero tenía demasiado miedo para afrontarlo… Y también le doy vueltas a lo que dijo mi madre cuando vio la última serie de garabatos. Dijo que la casa conoce todas nuestras debilidades y las está tanteando una por una. Ya ves, la debilidad de Roddie era la propia casa. La mía…, bueno, quizá fuese Gyp. Pero la de madre es Susan. Es como si, con las letras, los pasos, la voz…, como si la estuvieran provocando. Como si algo estuviese jugando con ella.

– Caroline, no es posible que creas eso -dije.

– ¡Oh, para ti no hay problema! -respondió, enfadada-. Puedes hablar de alucinaciones, fantasías y esas cosas. Pero no conoces a esta familia; en realidad no la conoces. Sólo nos has visto como somos ahora. Hace un año éramos distintos. Estoy segura de que lo éramos. Las cosas han cambiado…, se han torcido…, han ido tan mal, tan rápido. Tiene que haber algo, ¿no lo entiendes?

Se había puesto pálida y estaba afectada. Le puse una mano en el brazo.

– Escucha, estás cansada. Todas vosotras estáis cansadas.

– ¡No paras de decir eso!

– ¡Porque por desgracia es verdad!

– Es algo más que mero cansancio, ¿no? ¿Por qué no quieres verlo?

– Veo lo que tengo delante -dije-. Y luego hago deducciones sensatas. Es lo que hacen los médicos.

Lanzó un grito que era en parte de contrariedad y en parte de aversión, pero fue como si hubiera consumido las fuerzas que le quedaban. Se tapó los ojos, se quedó callada y tensa un segundo y luego dejó caer los hombros.

– No lo sé -dijo-. A veces parece claro. Otras veces es… demasiado. Es superior a mis fuerzas.

La atraje para besarla y alisarle el pelo. Después le hablé en voz baja y sosegada.

– Cariño, lo siento muchísimo. Es duro, lo sé. Pero a nadie le servirá de nada, y a tu madre aún menos, que evitemos lo obvio… Es evidente que las cosas se le han puesto muy difíciles. No hay nada extraño ni sobrenatural en esto. Creo que ha intentado refugiarse en una época en que tenía una vida más fácil. ¿Cuántas veces ha hablado del pasado con nostalgia? Debe de haber convertido a tu hermana en una especie de símbolo de todo lo que ha perdido. Creo que la cabeza se le despejará si descansa. Lo creo de verdad. Creo que también la ayudaría que la finca volviese a ser lo que era. -Hice una pausa-. Si nos casáramos…

Ella se apartó.

– ¡No puedo pensar en casarme, con mi madre así!

– ¿No crees que la calmaría ver las cosas arregladas? ¿Verte a ti asentada?

– No. No, no estaría bien.

Combatí un segundo mi propia frustración; después moderé mis palabras.

– Muy bien. Pero tu madre va a necesitar ahora cuidados especiales. Va a necesitar toda nuestra ayuda. No hay que asustarla ni alarmarla con cualquier fantasía. ¿Me comprendes? ¿Caroline?

Tras un ligero titubeo, ella cerró los ojos y asintió con la cabeza. Después guardamos silencio. Ella se cruzó de brazos y se inclinó hacia delante en la butaca, mirando otra vez al fuego como si meditara sobre las llamas.

Me quedé con ella todo el tiempo que pude, pero al final tuve que marcharme al hospital. Le dije que descansara. Le prometí volver a primera hora de la mañana siguiente, y entretanto debía llamarme si su madre mostraba indicios de malestar o agitación. Después volví sin hacer ruido a la cocina para decirles lo mismo a Betty y a la señora Bazeley, añadiendo mi deseo de que estuvieran pendientes de Caroline, que a mi juicio «sufría un poco de tensión».

Y antes de marcharme fui a ver a la señora Ayres. Estaba profundamente dormida, tenía extendidas sus pobres manos vendadas y el pelo largo revuelto sobre la almohada. Empezó a removerse y murmurar mientras yo estaba al borde de la cama, pero le puse la mano en la frente y le acaricié la cara pálida e inquieta; y pronto se quedó tranquila.

Capítulo 11

No sabía a que atenerme cuando volví a Hundreds Hall a la mañana siguiente. La vida en la casa había llegado a un punto en que me parecía que en mi ausencia podía suceder cualquier cosa. Pero cuando entré en el vestíbulo, alrededor de las ocho, encontré a Caroline que bajaba a recibirme con aspecto cansado, aunque con signos reconfortantes de vida y de color en las mejillas. Me dijo que todas habían pasado la noche sin percances. Su madre había dormido profundamente y desde que había despertado estaba muy serena.

– ¡Gracias a Dios! -exclamé-. ¿Y qué aspecto tiene? ¿No está confusa?

– Parece que no.

– ¿Ha hablado de lo que sucedió?

Ella vaciló, luego se dio media vuelta y empezó a subir la escalera.

– Habla tú mismo con ella.

La seguí al piso de arriba.

Me complació comprobar que la habitación estaba luminosa, con las cortinas descorridas de par en par, y que la señora Ayres, aunque todavía en camisón y bata, se había levantado y estaba sentada junto al fuego, con el pelo recogido en una trenza suelta. Miró con aprensión cómo se abría la puerta cuando entramos, pero la alarma se le borró del semblante cuando nos vio a Caroline y a mí. Al mirarme a los ojos parpadeó, como avergonzada. Dije:

– ¡Bueno, señora Ayres! He venido temprano, por si me necesitaba. Pero veo que no. -Me acerqué a ella y saqué el taburete acolchado de debajo del tocador para sentarme a su lado y examinarla. Dije en voz baja-: ¿Cómo se siente?

Vi desde cerca que tenía los ojos oscuros y todavía vidriosos del sedante que le había administrado la víspera, y que su aspecto era bastante débil. Su voz, en cambio, era clara y serena. Bajó la cabeza y dijo: