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– Me siento como una perfecta idiota.

– Vamos, no diga tonterías -respondí, sonriendo-. ¿Qué tal ha dormido?

– Tan profundamente que…, en realidad no me acuerdo. Supongo que gracias a su medicina.

– ¿No ha tenido pesadillas?

– Creo que no.

– Bien. Ahora, lo primero es lo primero. -Tomé con suavidad su mano-. ¿Puedo mirar los vendajes?

Ella miró a otro lado, pero extendió dócilmente los brazos. Se había bajado los puños para ocultar las vendas, y cuando se los remangué vi que estaban manchados y que había que cambiarlos. Doblé el rellano para ir al cuarto de baño y volví con una jofaina de agua templada; sin embargo, tampoco con el agua era muy agradable la tarea de despegar las hilachas de las heridas. Caroline se quedó a un costado y observó en silencio cómo yo trabajaba. La señora Ayres soportó la cura sin un murmullo, conteniendo la respiración cuando las vendas le daban tirones.

En conjunto, los cortes se estaban cerrando bien. La vendé de nuevo cuidadosamente. Caroline se acercó para llevarse la jofaina de agua reñida yenrollar las vendas sucias, y mientras ella lo hacía le tomé con delicadeza el pulso y la tensión arterial a la señora Ayres, y luego le ausculté el pecho. Su respiración era un tanto trabajosa, pero comprobé complacido que sus latidos eran rápidos y muy firmes.

Le cerré las solapas de la bata y guardé mi instrumental. Volví a cogerle las manos suavemente y dije:

– Creo que está muy bien. Me alivia que sea así. Ayer dio un buen susto a esta casa.

Ella retiró los dedos.

– No hablemos de eso, por favor.

– Se llevó un susto muy serio, señora Ayres.

– ¡Me porté como una estúpida vieja, eso es todo! -Su voz, por primera vez, perdió parte de su calma. Cerró los ojos e intentó sonreír-. Me temo que se me fue la cabeza. Esta casa genera fantasías; pensamientos idiotas. Vivimos demasiado aisladas. Mi marido solía decir que el Hall era la casa más solitaria de Warwickshire. ¿No decía eso tu padre, Caroline?

Caroline seguía recogiendo las vendas. Dijo «sí» en voz baja, sin levantar la vista.

Aparté la mirada de su espalda y miré a su madre.

– Bueno, la casa, en su estado actual, es parcialmente responsable, desde luego. Pero ayer, cuando la vi a usted, dijo cosas muy alarmantes.

– ¡Dije una sarta de tonterías! Me avergüenza recordarlo. La verdad es que no me imagino lo que pensarán Betty y la señora Bazeley… Oh, por favor, no hablemos más de eso, doctor.

Repuse, cuidando mis palabras:

– Parece un asunto demasiado serio para pasarlo por alto.

– No lo hemos hecho. Usted me dio una medicina. Caroline me ha estado atendiendo. Es… estoy muy bien ahora.

– ¿Noha estado inquieta? ¿Hatenido miedo?

– ¿Miedo? -Se rió-. Cielo santo, ¿de qué?

– Bueno, ayer parecía muy asustada. Habló de Susan…

Se movió en su butaca.

– ¡Ya le he dicho que dije un montón de tonterías! Tenía… tenía muchas cosas en la cabeza. He pasado demasiado tiempo sola. Ahora lo comprendo. En adelante estaré más con Caroline. Por las tardes y otros ratos. Por favor, no me atosigue. Por favor.

Me puso la mano vendada encima de la mía, con la cara demacrada y los ojos oscuros y grandes, todavía bastante vidriosos. Pero su voz se había sosegado de nuevo y su tono parecía muy sincero. No había trazas de la mujer de mirada perdida y balbuciente que me había recibido la víspera. Al final dije:

– Muy bien. Pero ahora quiero que descanse. Le daré a Caroline una receta para usted; es sólo un sedante suave. Quiero que duerma ocho horas sin sueños cada noche, hasta que recupere las fuerzas. ¿Qué le parece?

– Como si fuera una inválida -respondió, con un tonillo travieso.

– Bueno, yo soy el médico aquí. Debe permitirme que decida quiénes son los inválidos.

Se levantó, refunfuñando un poco, pero me dejó que la ayudara a acostarse. Le di otro Veronal, esta vez una dosis inferior, y Caroline y yo nos quedamos a su lado hasta que se durmió, entre suspiros y murmullos. Salimos de la habitación en cuanto estuvimos seguros de que dormía debidamente.

Nos quedamos en el rellano. Miré la puerta cerrada y meneé la cabeza.

– ¡Está mucho mejor! Es increíble. ¿Ha estado así toda la mañana?

– Sí -contestó Caroline, sin mirarme del todo.

– Casi parece la misma de siempre.

– ¿Tú crees?

La miré.

– ¿Tú no?

– No estoy tan segura. Madre es muy buena ocultando sus verdaderos sentimientos. Como toda su generación; sobre todo las mujeres.

– Pues la he encontrado mucho mejor de lo que esperaba. Con tal de que ahora podamos mantenerla tranquila…

– ¿Tranquila? -dijo, lanzándome una mirada-. ¿Crees que eso es posible aquí?

La pregunta me pareció extraña, dado que estábamos hablando en murmullos en el centro de la casa silenciosa. Pero antes de que pudiese responder, ella se separó de mí.

– Baja un momento a la biblioteca, ¿quieres? Quiero enseñarte algo.

La seguí vacilante hasta el vestíbulo. Abrió la puerta de la biblioteca y se hizo a un lado para que yo entrara.

La habitación olía a moho más que nunca, después de todas las lluvias invernales. Los anaqueles seguían envueltos en sábanas, y en la penumbra seguían mostrando una débil apariencia espectral. Pero ella o Betty habían abierto el postigo de una sola hoja y un fuego ceniciento humeaba en la rejilla de la chimenea. Habían colocado dos lámparas junto a un sillón. Las miré con cierta sorpresa.

– ¿Has estado aquí sentada?

– He estado leyendo mientras mi madre dormía -dijo-. Verás, anoche hablé con Betty después de haberte ido. Y me dio que pensar.

Retrocedió un paso hasta el vestíbulo y llamó a Betty. Debía de haberle dicho que aguardara en algún sitio, porque la llamó en voz muy baja, pero la chica apareció casi en el acto. Cruzó el umbral detrás de Caroline, me vio en la penumbra y titubeó. Caroline le indicó:

– Entra y cierra la puerta, por favor.

La chica se acercó, agachando la cabeza.

– Bien -dijo Caroline. Había juntado las manos y se pasaba los dedos de una de ellas por los nudillos de la otra, como si distraídamente intentara suavizar su piel áspera como papel-. Quiero que le digas al doctor Faraday lo que me dijiste ayer.

Betty vaciló de nuevo y luego musitó:

– No quisiera, señorita.

– Anda, no seas boba. Nadie está enfadado contigo. ¿Qué viniste a decirme ayer por la tarde, cuando el doctor Faraday se marchó a su casa?

– Por favor, señorita -dijo Betty, lanzándome una ojeada-. Le dije que en esta casa hay algo malo.

Debí de emitir algún sonido o de hacer algún gesto de consternación. Betty levantó la cabeza y adelantó la barbilla.

– ¡Lo hay! ¡Y yo lo sabía hace meses! Y se lo dije al doctor y él dijo que era una boba. ¡Pero no quiero ser boba! ¡Sabia que había algo! ¡Lo sentí!

Caroline me estaba observando. Cruzamos una mirada y le dije, fríamente:

– Es absolutamente cierto que le pedí a Betty que no mencionara esto.

– Dile al doctor Faraday lo que sentiste exactamente -dijo Caroline, como si no me hubiera oído.

– Yo sólo lo sentí -dijo Betty, más débilmente- en la casa. Es como un… criado malvado.

– ¡Un criado malvado! -dije.

Ella estampó el pie contra el suelo.

– ¡Lo es! Movía las cosas de un sitio a otro, aquí arriba; nunca hacía nada abajo. Pero empujaba cosas y las dejaba asquerosas…, como si las tocara con las manos sucias. Yo estaba por decir algo, después de aquel incendio. Pero la señora Bazeley me dijo que no debía, porque la culpa era del señor Roderick. Pero luego le sucedieron todas esas cosas raras a la señora Ayres, todos aquellos ruidos y golpes, y entonces sí lo dije. Se lo dije a la señora.