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– Pero aquí, en este libro…

Puse mis manos sobre las suyas, con el libro entre los dos, y le dije:

– Caroline, por favor. Esto no tiene sentido. Tú lo sabes. ¡Es un cuento de hadas! Por el amor de Dios. Una vez tuve un paciente que intentó golpear a su mujer en la cabeza con un martillo. Dijo que aquélla no era su mujer; ¡otra mujer se la «había tragado» y tenía que romper la cabeza de la esposa falsa para liberar a la auténtica! Sin duda este libro le respaldaría. Un bonito caso de posesión de un espíritu. Sin embargo, ingresamos al hombre en un hospital y le dimos bromuro, y al cabo de una semana recuperó la cordura. ¿Cómo explicaría esto el libro? También a tu hermano le están dando bromuro. Ha estado muy enfermo. Pero sugerir que podría estar acosando a Hundreds como una especie de espectro…

Vi una chispa de duda en su expresión. Con todo, dijo tercamente:

– Si empleas palabras así, seguro que parece una estupidez. Pero tú no vives aquí. Tú no sabes. Anoche todo cobró sentido para mí. Escucha.

Abrió otra vez el libro y encontró otro pasaje que parecía demostrar su afirmación. Luego encontró otro. La miré a la cara, que ahora estaba realmente colorada y cuya afluencia de sangre era casi frenética. Vi su mirada agitada y penetrante. Y casi me pareció una desconocida. Le cogí la mano. No se dio cuenta, porque seguía leyendo en voz alta. Deslicé los dedos hasta su muñeca, tratando de palparle el pulso. Capté su rápido tic-tic.

Ella se percató de mi firme presión. Se zafó de ella, casi horrorizada.

– ¿Qué estás haciendo? ¡Para! ¡Para!

– Caroline -dije.

– ¡Me tratas como a mi madre! ¡Como tratabas a Rod! ¿Es lo único que sabes hacer?

– Bueno, por lo que más quieras -exclamé, dejando prevalecer mi cansancio y frustración-. ¡Soy médico! ¿Qué esperas? Estás leyéndome esos disparates… No eres una campesina supersticiosa. ¡Mira alrededor! ¡Mira lo que has conseguido! ¡Esta casa se está viniendo abajo! Tu hermano ha llevado la finca al borde de la ruina y culpaba de todo a una infección. ¡Ahora estás completando su obra, echando la culpa a espectros y espíritus! ¡No puedo seguir escuchando! ¡Me pone enfermo!

Me volví, casi temblando, asustado por la vehemencia de mis propias palabras. Oí que ella dejaba el libro e hice un esfuerzo para calmarme. Me pasé una mano por los ojos y dije:

– Perdóname, Caroline. No lo he dicho en serio.

– No -dijo ella, en voz baja-. Me alegro de que lo hayas dicho. Tienes razón. Incluso en lo de Roddie. No debería habértelo enseñado. No es tu problema.

Me volví hacia ella, inflamándome de nuevo.

– ¡Por supuesto que es mi problema! Vamos a casarnos, ¿no? Aunque Dios sabe cuándo… Oh, no me mires así. -La cogí de las manos-. ¡No soporto verte enfadada! Pero tampoco soporto ver cómo te engañas. Sólo te estás creando más preocupaciones. Ya tienes bastantes, ¿no? Quiero decir, cosas reales, del mundo real, sobre las que podemos hacer algo.

Otra vez vi duda en sus ojos. Repitió:

– ¡Anoche parecía lleno de sentido! Todo encajaba. Pensé tanto en Roddie que fue como si lo sintiera aquí.

– Hace unos días -dije-, escuchando por esa maldita bocina, ¡casi llegué a convencerme de que oía a mi madre!

Ella frunció el ceño.

– ¿Sí?

Le levanté las manos y se las besé.

– Esta casa -dije- nos está volviendo locos a todos; pero no de la manera que tú crees. Las cosas aquí se han… descontrolado. Pero tú y yo podemos arreglarlas. Mientras tanto…, bueno, es perfectamente comprensible que estés preocupada por Rod. Vamos… vamos a verle, si sirve de ayuda.

Ella tenía la cabeza gacha, pero al oír estas palabras la levantó y por primera vez en semanas vi un pequeño brote de vivacidad en sus ojos. Lo cual me produjo otra clase de punzada. Ojalá yo hubiera sido la causa de aquella vivacidad. Dijo:

– ¿En serio?

– Pues claro. No lo recomiendo. Por el bien de Rod, creo que no deberíamos. Pero ésa es otra cuestión. Ahora estoy pensando en ti. Siempre estoy pensando en ti, Caroline. Debes saberlo.

Y, como en otra ocasión, se disipó lo que quedaba de mi enfado y de algún modo se transformó en deseo. La atraje hacia mí. Se resistió un momento, pero luego sus brazos me rodearon, delgados y duros.

– Sí -murmuró, con voz cansada-. Lo sé.

Fuimos en coche a la clínica el domingo siguiente, dejando a la señora Ayres dormida en casa, al cuidado de Betty. Era un día seco pero oscuro; inevitablemente, fue un viaje bastante tenso. Yo había llamado antes para concertar nuestra visita, pero «¿Y si no quiere vernos?», me preguntó Caroline una docena de veces durante el trayecto. Así como «¿Y si está peor? ¿Si ni siquiera nos reconoce?».

– Entonces lo sabremos, por lo menos -respondí-. Ya será algo, ¿no?

Finalmente guardó silencio, mordiéndose las uñas. Cuando estacioné en el patio se quedó inmóvil un momento, reacia a apearse. Cruzamos la puerta de la clínica y me agarró del brazo, presa de un verdadero acceso de pánico.

Una enfermera nos condujo hasta la sala de día y vimos a Roderick esperándonos sentado, a una de las mesas, solo, y Caroline me dejó y corrió hacia él, riéndose de nerviosismo y alivio.

– ¡Rod! ¿Eres tú? ¡Casi no te reconozco! ¡Pareces un capitán de barco!

Había engordado. Tenía el pelo más corto que la última vez que le vimos y se había dejado una barba rojiza, irregular a causa de las quemaduras. El rostro parecía haber perdido su juventud, haber adquirido líneas duras y sin gracia. No correspondió a las sonrisas de su hermana. Le dejó que le besara en la mejilla y le abrazase, pero luego se sentó al otro lado de la mesa, poniendo las manos en el tablero -me fijé- de un modo intencionado, como si le gustara su solidez.

Me senté en la silla contigua a la de Caroline.

– Me alegro de verte, Rod -dije.

– ¡Es maravilloso verte! -dijo Caroline, riéndose otra vez-. ¿Cómo estás?

El se pasó la lengua por los dientes, con la boca seca. Se mostraba cauto, suspicaz.

– Estoy muy bien.

– Estás gordísimo. ¡Por lo menos te alimentan bien! ¿Sí? ¿Es buena la comida?

Él frunció el ceño.

– Supongo.

– ¿Y no te alegras de vernos?

En lugar de responder, Rod miró por la ventana.

– ¿Cómo habéis venido?

– En el coche del doctor Faraday.

Él movió otra vez la lengua.

– El pequeño Ruby.

– Eso es -dije.

Me miró, sin abandonar la cautela.

– Hasta esta mañana no me han dicho que veníais.

– Lo decidimos esta semana -dijo Caroline.

– ¿No está madre contigo?

Vi que ella vacilaba. Respondí yo por ella.

– Lamento decir que su madre tiene un poco de bronquitis, Rod. Sólo un poco. Pronto se pondrá bien.

– Te manda su cariño -dijo Caroline, con tono vivo-. Le… le da mucha pena no haber venido.

– No me lo han dicho hasta esta mañana -repitió él-. Son así, aquí. Guardan las cosas en secreto para no asustarnos. No quieren que perdamos la cabeza. Son iguales que en la RAF.

Cambió las manos de sitio. Entonces vi que temblaban. Mantenerlas apretadas contra la mesa debía de ayudarle a contener el temblor.

Creo que Caroline también lo advirtió. Puso las manos encima de las de Rod.

– Sólo queríamos verte, Roddie -dijo-. No te vemos hace meses. Queríamos asegurarnos de que estás… bien.

Él miró ceñudo los dedos de su hermana y por un momento guardamos silencio. Ella expresó de nuevo su asombro por lo que había engordado. Le hizo preguntas sobre su vida cotidiana y él nos contó con palabras sencillas cómo pasaba el tiempo: las horas de «artesanía», haciendo figuras de arcilla; las comidas, los ratos de recreo, de canto, de jardinería ocasional. Habló con lucidez, pero sin que sus facciones perdieran en ningún momento sus nuevas líneas rígidas y tristes, y sin abandonar su actitud recelosa. A partir de entonces las preguntas de Caroline fueron más titubeantes -¿De verdad estaba bien? ¿Lo diría, en caso de que no lo estuviera? ¿Quería algo en particular? ¿Pensaba a menudo en casa?-, y él empezó a mirarnos con una fría suspicacia.