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– ¿A la policía?

– Sí. Está muerto.

– ¿Quién?

– El hombre de la habitación 402, Zhang Hong.

A su sonrisa le costó otros diez segundos evaporarse, luego él saltó hacia el teléfono. Otros recepcionistas corrieron de aquí para allá. Las cabezas empezaron a volverse, las voces se elevaron. Mei le dio a uno de ellos su tarjeta de visita y le sugirió que se la hiciera llegar a la policía.

Llamaron al director. Los huéspedes se arracimaban en torno a la recepción queriendo enterarse de lo que había ocurrido.

Mei se fue sin hacer ruido. Tenía que encontrar a Lili… rápidamente.

Capítulo 21

En el paseo de la Puerta de la Gloria, Mei empezó a encontrarse mal. Se arrastró hasta una calle lateral y vomitó. Rebaños de colegiales en chándal blanco con cordoncillo rojo iban de camino a sus casas para comer. Miraron a Mei con el ceño fruncido. Había un kiosco de pipas en la esquina de la calle; Mei se dirigió hacia él. Al extremo del mostrador, un cartel de cartón decía: «Teléfono, tres yuanes por minuto». Dos niñas en chándal se pararon a comprar dulces. Continuaron con su conversación, dándose aires de importancia y mirando con superioridad, riéndose, enganchadas del brazo como si fueran a ser amigas para siempre. Mei compró una botella de coca cola y se la cepilló de un trago. La bebida la ayudó a calmar la náusea. Tras unos pocos minutos fue capaz de volver al coche y seguir conduciendo.

Anduvo por el estrecho pasaje del Hutong Wutan. A la luz del día estaba desbordante de vida. Las abuelas charlaban unas con otras mientras tendían la colada. Sus conversaciones se interrumpían cuando pasaba Mei con sus altos tacones. Una mujer que aparentaba unos cien años estaba sentada en una banqueta de madera junto al muro, sola y sonriente. Dos viejos se habían embebido en una batalla de go junto a la puerta de un patio de casas. Tres niños en edad de gatear, con pantalones abiertos por el trasero, jugaban con el lodo y con las hormigas que vivían bajo los árboles resecos, sin prestar atención a Mei. Flores silvestres rojas se abrían inadvertidas en lo alto de tejados de ruinosas tejas.

El número 6 se componía de tres casas bajas que rodeaban un patio, formando una U. En otros tiempos aquello habría sido una vivienda unifamiliar. Ahora, tres familias vivían allí. La casa central, de frente a la entrada, era la más grande, y tradicionalmente habría sido la antesala principal. Las casas de los lados este y oeste, más pequeñas, serían los dormitorios.

En mitad del patio se alzaba un viejo árbol marrón. Una familia de urracas había anidado entre sus ramas desnudas. Bajo el árbol, un hombre de mediana edad con gafas de montura negra estaba sentado en un minúsculo taburete de madera con una jofaina de agua. Junto a la jofaina había una traqueteada bicicleta apoyada del revés, ruedas arriba. El hombre sostenía una cámara rosa dentro del agua y trataba de encontrar el pinchazo.

– ¿A quién busca? -interrogó a Mei.

– A Liu Lili.

Durante casi un minuto el hombre observó a Mei desde detrás de sus gafas. Finalmente señaló a la casa del lado oeste y escupió.

Mei le dio las gracias y se acercó a la puerta. Llamó varias veces, haciendo rechinar el estrecho marco de madera. A los dos minutos, una voz suave se alzó desde el interior:

– ¿Quién es?

– Me llamo Wang Mei. Me gustaría hablar contigo.

No hubo respuesta. Lo intentó otra vez:

– Es muy importante; se trata de Zhang Hong.

En la ventana, las cortinas de flores se separaron apenas unos centímetros. Apareció un par de ojos. Mei sonrió. Veinte segundos después, la puerta se abrió. Lo primero que notó Mei fue el olor, inconfundiblemente amargo y lo bastante fuerte para incomodar al vecindario. Era un olor que a Mei le resultaba conocido, o quizás incluso familiar. Le recordó los oscuros días de invierno de su infancia. De niña,

Mei era bastante enfermiza y su madre la llevaba con frecuencia a ver a los especialistas en hierbas chinos.

– ¿Estás enferma? -preguntó.

Lili se sentó junto a una mesa de comedor cuadrada cubierta con un blanco mantel bordado. Llevaba un chaleco masculino de lana sobre un escaso vestidito negro. Tenía una media melena permanentada y un gran flequillo alrededor de los ojos redondos. Con sus mejillas redondas y el mohín de los labios parecía una niña, aunque Mei no habría sabido decir qué edad tenía exactamente.

Lili echó una mirada al puchero de barro que hervía sobre el hornillo.

– Nada grave -dijo.

Vaharadas de humo negro salían del hornillo, se deslizaban a lo largo de la pared y se iban por un agujero abierto en las tablas que cubrían la ventana.

– Conozco un médico muy bueno en el Instituto de Investigación de Medicina China, por si necesitas una segunda opinión -dijo Mei. Los especialistas en hierbas chinos tenían fama de no estar nunca de acuerdo unos con otros.

La luz de la mirada de Lili era suave, igual que su voz:

– Siéntate, por favor. ¿Te ha hablado Zhang Hong de mí? -no estaba nerviosa ni especialmente solícita. Se peinó la melena con los dedos.

– No, no me ha dicho nada. ¿Estás enamorada de él?

Lili se echó a reír:

– ¿Es que no sabes que tiene la edad de mi padre?

– Pero te gusta.

– No sé. Es un jugador, con todo lo que eso implica. Pero me trata bien… quiero decir, con respeto.

Cruzó una pierna por encima de la otra y columpió la zapatilla con los dedos del pie.

– ¿Cómo os conocisteis?

– ¿Y tú quién eres? -Lili ladeó la cabeza y volvió a deslizar los rosados dedos por su melena.

Mei le pasó una tarjeta, que Lili leyó dos o tres veces.

– ¿Qué es una consultoría de información?

– La gente me paga por buscar algo o a alguien. Por ejemplo, un coleccionista me contrató para buscar una antigüedad de la que puede que Zhang Hong supiera algo. No, no me refiero a la vasija ritual de los Han.

– ¿Qué ha dicho él?

– No he tenido ocasión de preguntarle.

Lili jugueteó con la tarjeta y sonrió.

– Ha perdido todo el dinero que ganó con la vasija de los Han, ¿te lo puedes creer?

– ¿Que ha hecho qué? -se sobresaltó Mei.

– Oh, fuimos a apostar fuerte en un centro de ocio del distrito oeste. Tuvo la peor suerte del mundo. Pero no hay de qué preocuparse, ayer me dijo que muy pronto volverá a ser rico -Lili jugueteó con las flores de plástico que había en un jarrón sobre la mesa-. Cuando estuvo en el Venga la Suerte, de hecho ganó varias veces; cuando eso ocurría nos íbamos a comer a restaurantes caros y luego me llevaba de compras.

La conversación sobre el juego debió de recordarle algo. Se levantó de pronto.

– Disculpa -dijo. Desapareció tras una cortina azul en lo que Mei supuso que era su dormitorio.

Cuando volvió llevaba en las manos un paquete de tabaco y un mechero. Se paró junto al hornillo y levantó el puchero de barro con un atizador. Luego, con el mismo atizador, cogió una pesada tapa de hierro y cubrió el hornillo. Empujó y giró la tapa hasta asentarla perfectamente en la boca del hornillo. Luego colocó encima de ella el puchero de barro.

– ¿Podemos ir fuera? Me muero por fumar -dijo-. Mis padres no me dejan fumar dentro de casa.

Una vez fuera, se apoyó en el marco de la puerta y se rodeó de anillos de humo.

– ¿Sabes para qué es la medicina? -dijo de pronto.

Mei observó la cara de Lili y se preguntó qué edad tendría.

– Es para enfermedades femeninas. Me dan unos calambres horribles cuando tengo la regla, tan fuertes que a veces tengo ganas de morirme. Es una tortura que no se acaba nunca. Por eso siempre falto al trabajo cuatro o cinco días al mes. Ya nadie le da importancia a eso.

– ¿Y la medicina funciona?

– Espero que sí. Voy por la quinta dosis. Creo que el dolor va mejorando, pero no puedo estar segura. A veces me produce náuseas. El especialista en hierbas dice que es lo normal.